CUARTO BAT – EL VOTO DEL HAMBRE

Posted on junio 05, 2017, 7:25 pm

VALENTINA GUTIÉRREZ*

Un joven estudiante de Comunicación preguntaba qué es más fuerte, si el voto duro o el voto útil. En esa lógica, cuál es el voto inútil y en qué categoría entra el voto nulo.

En menos de dos minutos salieron a relucir cuatro ejemplos de que el sistema político mexicano puede ser brutalmente imperfecto y estar terriblemente podrido, pero no aburrido.

Cada jornada electoral nos deja, junto con una dosis de frustración y desesperanza, sin hablar de la sangría financiera, un legado lingüístico. Ahí es donde se inscribe la Operación Pecera, incubadora del voto rosa. El voto del hambre.

El domingo 4 de junio estuvo marcado como día crucial, cuando más de 11 millones de mexiquenses, el padrón más nutrido del país, debieran salir a votar para elegir al Gobernador que tendrá en sus manos el destino de casi 20 millones de personas durante los siguientes seis largos años. Con la responsabilidad adicional de dar, o no, la vuelta de tuerca que cambie el rumbo del país.

Obvio que no saldrían todos. Nunca lo han hecho y no había nada que hiciera pensar que esta vez sería distinto. A menos que las tarjetas Salario Rosa hayan llegado, mínimo, a uno de cada 10 de los hogares mexiquenses. Pero entonces, todo será igual.

En el amplio vocabulario electoral están inscritos famosos mecanismos como “el ratón loco”, “la operación tamal”, “la urna embarazada”, “la caída del sistema”, “operación carrusel”, a través de la cual los partidos políticos (se incluye a todos por un principio de democracia y equidad), suelen cooptar votos incluso al pie de las urnas sin que alguien los note.

Para las elecciones de 2017, el PRI se sacó de la chistera la Operación Pecera.

El anzuelo, la llamativa tarjeta Salario Rosa. A menos de diez días del cierre de las campañas electorales, medios de información revelaron que promotores del voto a favor del candidato a la gubernatura del Estado de México por el PRI, Alfredo del Mazo, ofrecían el plástico a cambio del voto.

La tarjetita, dicen, se habría puesto en circulación el lunes 15 de mayo en municipios como Ecatepec, Jaltenco y Coacalco. Sólo que también fue vista en Tlalnepantla, municipio donde el candidato comenzó su campaña el 3 de abril, día en que hizo público su interés por “dignificar el trabajo de las amas de casa con un salario rosa”, su primera promesa sólo después de “convertir al Estado de México en la entidad más segura del país”.

Los promotores de la candidatura del primo del presidente habrían entregado la tarjeta a cambio de dos copias amplificadas de la credencial para votar del potencial sufragador.

Como dato morboso: en el Estado de México hay poco más de 11 millones 300 mil electores, de los cuales 5 millones 930 mil 843 son mujeres. Medio millón y pico más que los hombres inscritos en el padrón.

La supremacía numérica, ligada al hecho de que cada vez hay más mujeres que se tienen que hacer cargo de mantener a la familia, nos da un norte de por qué el equipo de campaña de Alfredo del Mazo enfocó sus arpones al sector femenino, sector que ya probó en 2012 que es muy capaz de salir a las urnas para regalar su voto a un candidato cuyo mérito podría reducirse a la estética.

La tarjeta Salario Rosa es propagandística. Pero lo que nadie sabía entonces es que el plastiquito inofensivo está vinculado a una tarjeta, esa sí con chip y todo, que Banorte se encargaría de activar en favor del beneficiario cuando el candidato Alfredo del Mazo sea confirmado como Gobernador.

La Operación Pecera es tan burda y tan criminal como cualquier otra estrategia, pero no es tan sencillo como recibir dinero electrónico en una tarjeta de Soriana. Impuso un reto para quien quisiera recibir, al final de esta mascarada, un bono de 2 mil 500 pesos en efectivo.

Sí. A primera vista el PRI se volvió más generoso y más desesperado. Pero no más dadivoso.

Quien aspiraba a conseguir de un solo tache un salario rosa equivalente a 31 veces el salario mínimo vigente, tendría que enredar a 9 personas más, pues los 2,500 pesos compraron no uno, sino 10 votos de un solo jalón, según la promesa de los operadores, que todavía el sábado 3 de junio realizaron reuniones de emergencia con sus pescadoras.

La misión de las mujeres fue reunir en su pecera a 10 electores, comenzando con la pareja e hijos, siguiendo con familiares si viven cerca y completando con vecinos. Durante la jornada electoral del domingo, la pescadora no podría recoger la red hasta constatar que cada uno de los peces había ido a sufragar.

Como 31 salarios mínimos no son pocos, menos si se multiplican por millones, la pescadora estaba obligada a demostrar, selfie de por medio, que el sufragio de todos los peces fue emitido.

Los electores mexicanos tenemos un comportamiento difícil de desentrañar. Hasta quienes no votaron esta vez dieron lecciones de civismo, un civismo cargado, instando a los mexiquenses a votar en contra del PRI, pero dando por hecho que el partido del Presidente había ganado a priori. Se vota por cumplir con un deber, por obligación, por interés, por enojo, por ignorancia, por miedo… cada cabeza es un mundo. En el Estado de México, como en el resto del país, tristemente también se ha votado por hambre.

La cuna del Presidente de México, Enrique Peña Nieto, no está precisamente forrada de seda: en ella viven ahora mismo poco más de 8 millones de personas (el 49.6% del total) en situación de pobreza, según los datos más recientes del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), que ubica a otro 7.2 por ciento en pobreza extrema.

El 20 por ciento de los mexiquenses vive en carencia de alimentación e igual porcentaje sin servicios de salud, además de que casi el 60 por ciento no tiene seguridad social (ahí sí, igualito que en todo el país).

Además, 23 municipios rurales y 12 metropolitanos concentran los índices más altos de marginación: Chalco, Valle de Chalco, Chimalhuacán, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Naucalpan, Toluca, San Felipe del Progreso, San José del Rincón, Villa de Allende y Temoaya, entre ellos.

No menos preocupante es el contexto de inseguridad, donde 4 de 6 delitos de alto impacto registran tasas mayores que los indicadores a nivel nacional. Es el caso del secuestro –el doble de la tasa nacional con 453 víctimas en un año–, la extorsión, el robo de vehículo y el robo con violencia, según datos del Observatorio Nacional Ciudadano.

No todo el Estado de México es, pues, Atlacomulco.

De acuerdo con la revista Expansión, la elección costó 2,368.14 millones de pesos, a razón de 209 pesos cada voto. Hay que agregarle el plusvalor de la Operación Pecera, las despensas que prometieron repartir los perredistas a favor de Juan Zepeda, los tinacos que dicen regaló Morena para promover a Delfina Gómez y las bolsitas de pan que repartió Josefina Vázquez Mota.

La respuesta que más urge, entonces, no es cuál voto es más fuerte.

La respuesta es cómo podemos sacudirnos ese lastre que hunde a un pueblo apático, desunido, desnutrido, que cierra los ojos a la realidad y no sale a votar; el que sale a votar y desperdicia el sufragio anulándolo o “razonándolo” con toda la estadística en contra, y el que lo vende por algo así como 20 kilos de carne, suponiendo que el precio se mantuviera estable.

Vistas así las cosas, no importa si las personas electoras salen a ejercer un voto razonado, uno convencido, de castigo, de miedo, pusilánime o de hambre. En realidad, el voto más pinche, más inútil, es el que no se ejerce.

(Por cierto, las pescadoras que se unieron a la Operación Pecera recibieron al final del ejercicio, 500 pesos en efectivo. Menos de 5 kilos de carne).

***

* Valentina Gutiérrez es licenciada en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y maestrante de Periodismo Político por la misma institución. En tres décadas de ejercicio profesional ha nutrido su espíritu en redacciones de la Ciudad de México, Sonora y Tamaulipas.

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