CUARTO BAT – EN EL DESAMPARO

Posted on noviembre 30, 2017, 7:38 am

VALENTINA GUTIÉRREZ*

El primer encuentro con la delincuencia fue a bordo del transporte público. El segundo, también. Y así, sin saber, se duplica y multiplica la tasa de crímenes que le corresponde a cada víctima según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Seguridad Pública 2016: 1.3.

Anualmente, según estimaciones oficiales, en territorio mexicano se cometen alrededor de 30 millones de delitos. Bajita la mano, los delincuentes dejan tras de sí unas 24 millones de víctimas (no suma la cifra negra, justo por desconocida).

Una pesadilla numérica.

Parece que entre más escandalosa una cifra, es más grande el horror. Pero se puede ver al revés: el horror radica en que la mayoría de nosotros ha sido blanco —una y hasta más veces—, de un delito. No hay que escarbar en grandes sumas, sino en los temores más profundos y la desazón de no saber cuándo será la próxima vez.

Un ejemplo de ese horror se vive a diario a bordo de unidades de transporte público, en las que viajan millones de personas —entre 2 y 6 millones según el estado de ánimo del generador de estadísticas— desde algún punto del Estado de México a la capital (para trabajar o estudiar), quienes se enfrentan al peligro de ser asaltados.

De acuerdo con una nota de Javier Salinas, publicada en 2016 en La Jornada, a diario se cometen asaltos en unidades del transporte público de pasajeros en el Estado de México, obvio, en ruta a o desde la Ciudad de México.

Las autopistas México-Pachuca (tramo Tecámac-Ecatepec), México-Puebla y México-Querétaro, además de la federal Texcoco-Lechería, eran desde entonces consideradas por la Comisión Estatal de Seguridad Ciudadana las vialidades de la zona metropolitana donde se cometen más robos a bordo de transporte. La Organización Otro Ecatepec es Posible, cree, incluso, que en la México-Pachuca se cometen entre seis y ocho asaltos ¡al día!

Causas posibles hay muchas. Una de ellas es que miles de unidades de transporte público irregulares están en circulación y, ante la falta de control, con frecuencia los conductores se coluden con los asaltantes. Puede ser cierta –y lo es–, pero no es la única.

De acuerdo con el Observatorio Ciudadano, durante abril de 2017 se iniciaron 16 mil 564 carpetas de investigación por robo con violencia en todo el territorio mexicano. De estos, 16 mil 314 fueron robos comunes y 221 ocurrieron en carreteras. Esas son las denuncias, pero la mayoría de los casos, sobre todo los crímenes cometidos a bordo de camiones y “peseras”, no se denuncian. ¿Quién tiene tiempo y paciencia?

“Este es el 4° mes con más carpetas de investigación por robo con violencia desde febrero de 2014”, dice el reporte del Observatorio Ciudadano, que registra un aumento de 7.38% en este delito en comparación con el promedio de los 12 meses previos.

Y mientras que en el Estado de México se denunciaron 3 mil 830, en la Ciudad de México fueron 1 mil 796, así como mil 128 en Puebla, los tres puntos de México que reportaron las mayores cantidades de carpetas de investigación por robo con violencia. Es decir, 4 de cada 10 delitos (el 40.78 por ciento para mantener la datitis) se reportaron en estas tres entidades.

Hasta ahora todo son datos. Cifras que entre la falta de denuncia y la impunidad, no significan gran cosa, salvo alarma. Aún faltan los pormenores más importantes: cada vez resulta más frecuente que en estos crímenes las víctimas pierdan más que la cartera o el teléfono celular: los asaltantes, de plano, les arrancan la vida.

Lo cierto es que caen de los dos bandos; unos por resistirse a perder lo que obtienen con enormes dificultades y los otros porque ya nadie los aguanta.

En el primero de los asaltos, que ocurrió a pleno mediodía mientras la tía de la vecina cruzaba la Sierra de Santa Catarina, sólo se perdió, des-pa-ci-to, un reloj. El trago amargo fue rápido. En el segundo, a las 5:30 de la madrugada, los asaltantes, armados con pistolas, subieron detrás de ella a la unidad de transporte público. Las pérdidas fueron mayores: la esperanza de que alguien frene la violencia.

El modus operandi de los ladrones es el mismo: subir a la unidad de transporte en células de tres o más, repartirse y soltar, palabras más palabras menos, el mismo discurso intimidatorio de ya valió subrayado pistola en mano. Reparten zapes y amenazas, despojan y se van. Otros, incluso, vejan, violan.

Los perjudicados están en la indefensión, en el desamparo. Incluso los que se dan el chance de denunciar no obtienen ninguna respuesta.

Rutas, horarios, modo de actuar. Todo está ahí y nadie hace nada. Ni en territorio mexiquense ni en territorio de la Ciudad de México. Los asaltantes sueltos no son pocos ni son invisibles.

Por eso resulta tremendamente ocioso que te lancen advertencias –suenan, incluso, a amenaza— porque lo peor está por llegar, pues dentro de nada habrá más delincuentes en las calles. De hecho, ladrones (y sí, también presuntos ladrones) premiados, quienes regresarán a la calle gracias a una boleta de libertad anticipada.

La inacción gubernamental es tal, que no hace nada con los de afuera, pero mucho menos con los que están adentro, a no ser abrirles la puerta.

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* Valentina Gutiérrez es licenciada en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y maestrante de Periodismo Político por la misma institución. En tres décadas de ejercicio profesional ha nutrido su espíritu en redacciones de la Ciudad de México, Sonora y Tamaulipas.

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