PRIMER BAT – CUANDO EL ESTADO ES EL ENEMIGO DEL PUEBLO

Posted on diciembre 16, 2017, 2:44 am

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

Perdónenme, pero vivimos manipulados. Un mito cultural cotidiano, que se construye desde la Atenas de hace 2,500 años -y sobre todo desde las revoluciones burguesas de hace 200 años- es que los países occidentales “vivimos en una democracia”.

A pesar de que los políticos y las plataformas que sirven a sus intereses hegemónicos nos repiten una y otra vez las falacias de la igualdad, de la movilidad social, de la desaparición de las clases y de todo lo demás, en los países capitalistas avanzados -y no avanzados- ha seguido siendo un hecho fundamental el que la gran mayoría de hombres y de mujeres de estos países ha sido gobernada, representada, administrada, juzgada, educada y mandada en la guerra por personas procedentes de otras clases económicas socialmente superiores y relativamente distantes.

Si ejercitamos mental y emocionalmente una retrospectiva histórica de lo que ha significado y significa la política y lo político desde el Neolítico, a uno le queda la sensación de que las civilizaciones, la Occidental sobre todo, han evolucionado -políticamente- a un paso muy diferente del que hubiéramos deseado hoy, a pesar de lo que digan los demócratas.

¿Cuándo se han auto-gobernado los pueblos desde abajo? ¿Dónde encontramos en la Historia una sociedad donde el criterio de autoridad sea horizontal y no naturalmente jerárquico? Ya sean investidos directamente por la divinidad, la Corona o elegidos democráticamente por las urnas: reyes, faraones, emperadores, tlatoanis, cónsules, papas, señores feudales, dictadores, primeros ministros, presidentes, diputados y senadores, han simbolizado -y aunque no nos guste simbolizan todavía- la cúspide de una jerarquía de poder que gobierna a una masa -para ellos- “amorfa y oprimida” de gobernados.

Una vez que comprendemos mejor la arquitectura esencial y moral de la política y del poder somos más conscientes de que la gestión de la vida democrática, por muy diversas circunstancias históricas, y a pesar de que se ha creado la ilusión de la representatividad, jamás ha estado directamente en manos de los gobernados, cuando la propia naturaleza del poder democrático, etimológica y cabalmente es “eso”: el “poder reside en el pueblo”.

Mejor deberían decir claramente todos los días que vivimos en una democracia “representativa”: los que ocupan el poder, elegidos por el pueblo a través de elecciones “democráticas”, a través de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, se supone que representan y custodian los intereses y demandas del pueblo -verdadero, único, legítimo y “soberano”.

Pero recordemos que los votantes solo eligen a representantes del poder legislativo-del que sale el presidente- pero NUNCA eligen los representantes del poder judicial ni a los jueces, ni la justicia: con este simple hecho ya se pervierte de facto esa susodicha y gastada frase de que vivimos en un “estado de derecho”.

Evidentemente, ha habido gobernantes comprometidos, bondadosos, honestos y eficaces, pero la soberanía representativa, en sentido amplio y si se puede utilizar ese adjetivo, ha sido “decepcionante” si pensamos en términos de libertad, igualdad y fraternidad en el conjunto de las sociedades.

La corrupción originaria de lo político, que denominaremos –como el filósofo Enrique Dussel, el fetichismo del poder- consiste en que el actor político (los miembros de la comunidad política, sea ciudadano o representante) cree poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución  en la que cumple alguna función (de allí que pueda denominarse «funcionario») -sea presidente, diputado, juez, gobernador, militar, policía- como la sede o la fuente del poder político.

De esta manera, por ejemplo, el Estado se afirma como soberano, última instancia del poder; en esto consistiría el fetichismo del poder del Estado y la corrupción de todos aquellos que pretendan ejercer el poder estatal así definido. Si los miembros del gobierno, por ejemplo, creen que ejercen el poder desde su autoridad autorreferente (es decir, referida a sí mismos), su poder se ha corrompido.

La corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder y de la comunidad política que se lo permite, que lo consiente, que se torna servil en vez de ser actor de la construcción de lo político.

México: ejemplos de un fetichista “Estado enemigo”

Ya desde su elección fraudulenta, que reedita los escandalosos robos electorales presidenciales de 1996 y 2006 con el mismo vencedor, el PRI o el PAN -se inició en 2012 otra calumnia más: la designación del incompetente para el cargo, demostrado con creces, Enriquito Peña Nieto. La falsa victoria electoral de su primito Alfredo del Mazo en el Estado de México, en 2017, ha vuelto a demostrar que siguen manejando como quieren las estructuras democráticas.

Exponer a detalle, todas y cada una de las decisiones, negligencias y arbitrariedades de este gobierno requeriría de muchas más páginas, por lo que me limitaré a comentar brevemente las acciones o inacciones que este gabinete -flagrante e impunemente- ha cometido en sus ya largos 5 años de desgobierno.

La venta de PEMEX: la mascarada de la reforma energética, además de significar un atraco a los consumidores y a la Constitución -porque se encarece todo: desde la comida, pasando por el turismo hasta tomar un tequila- abre la puerta a los capitales extranjeros y privados en la administración de un bien público, que por lo demás siempre ha sido mal gestionado por las élites gubernamentales. Es un claro ejemplo de traición a la patria. En la campaña electoral se engañó a la gente. No bajó ni el precio del gas ni de las gasolinas, más caras que en Estados Unidos o España, que no es productor. ¿Por qué México no forma parte de una condenada vez de la OPEP y tiene que estar siempre dependiendo de las decisiones de otros países productores y de la nefasta volatilidad de los precios de los energéticos? Es una gran negligencia institucional, económica y política que perjudica claramente a los intereses generales y a la riqueza nacional en beneficio de una camarilla plutocrática que especula con un bien nacional.

La reforma educativa: problema heredado del calderonismo, ni es reforma educativa ni mejora la educación ni de los mexicanos ni de nadie. Es una reforma laboral impuesta, no dialogada ni negociada, que busca precarizar y presionar al colectivo de maestros, constantemente demonizado por los medios de comunicación. En Nochixtlán, Oaxaca, hubo muertos en 2016 por reprimir las legítimas manifestaciones. Y aquí no pasó nada. ¿Ese es un gobierno democrático?

Ayotzinapa: una de las mayores traiciones de un gobierno hacia sus ciudadanos. Desaparecer y asesinar estudiantes no tiene adjetivo que le haga justicia. Y ahí siguen los responsables. Manipulando, mintiendo e inventándose verdades históricas. Ningún organismo nacional ni internacional ha podido ni ha querido tomar cartas de verdad en este escabroso e inmundo asunto que salpica demasiados intereses políticos y económicos. Una impunidad intolerable que demuestra la verdadera cara de un Estado que no representa al pueblo, y además, lo asesina. Por si no fuera bastante, el presidente de la República tiene la desfachatez de espetar públicamente al pueblo “Ya supérenlo”.

La aprobación de la ley de seguridad interior, el 13 de diciembre de 2017: relacionado con esta concepción fascista y represora del Estado por parte de estos falsos demócratas lo que busca es legalizar y legitimar inconstitucionalmente la militarización del país. Es el sueño dorado de los dictadores y los fascistas, aplicar la fuerza y la violencia arbitraria amparándose en la inseguridad que ellos mismos han generado. La comunidad internacional ha recomendado su no aprobación y la sociedad ha expresado y expresado su absoluto rechazo. Les importa un carajo. Creen que el país es su rancho. Lo que buscan en el fondo, es preparar otro golpe de estado, ahora duro, ante su inminente derrota electoral en 2018.

La gestión de las donaciones de los sismos: cuando parece que el Estado no puede ser más cabrón, llega la desgracia natural a enseñarnos que sí puede serlo. Ni siquiera estos eventos han conseguido modificar ni un ápice la falta de ética de unos gobernantes, confirmando la terrorífica verdad de la falta de alma de la ambición y la deshumanización de una clase política no ya podrida, sino totalmente descompuesta hasta sus entrañas.

Los aguinaldos y el salario mínimo: un Estado mínimamente coherente hubiera adaptado las desgracias presupuestales generadas por los terremotos a las necesidades básicas de la sociedad, afectada ya de por sí a estrecheces económicas. Pues no. Los diputados aprueban una nueva subida de sus prestaciones personales y sus bonos -se premian por joder bien al pueblo- de navidad. Y a la vez, se descojonan del pueblo aumentando 8 míseros pesos al día el salario mínimo profesional. Un auténtico despropósito y una falta de respeto insultante hacia las clases humildes, obreras y trabajadoras, también de las clases medias. En fin, hacia todos los que son el pueblo.

La violencia estructural y feminicida: la impunidad galopante anima a los cobardes y a los machistas a seguir cometiendo atrocidades. Pero esto no les importa. Al contrario, desde las élites se protege el patriarcado, responsabilizando -desde jueces, hasta obispos y policías- a las mujeres de su propio sufrimiento y muerte. La violencia asociada al narcotráfico y a la trata de personas explica en parte el problema, pero explicarlo no es suficiente y en ninguno de estos rubros hay una política de Estado ni articulada ni confiable.

La crisis de los refugiados en Chiapas: en las poblaciones de Chichalhuatán y Chenahló se ha recrudecido un conflicto territorial que el mismo Estado Federal alimentó desde los años 70. A las disputas tradicionales entre los campesinos hay que añadir una tendencia del gobierno central, estatal y municipal a amparar las prácticas criminales de despojo para favorecer intereses extractivistas mineros o de otra índole económica –especulación- que una vez más, perjudican al pueblo. Por los desplazamientos forzosos provocados por paramilitares ya han fallecido varias personas desde finales de noviembre, entre ellas niños, que están deambulando por las sierras sin techo, comida ni agua. El gobernador de Chiapas prefirió ir a un bautizo a la capital. El candidato Jose Antonio Meade dio un mitin el otro día en San Juan Chamula, no muy lejos de ahí, hablando de las maravillas que hará su gobierno y la actitud de los zapatistas y su candidata Marychuy en esto no parecen muy zapatistas. Está bien claro: lo que importan son las elecciones de 2018. Lo demás importa una mierda.

La democracia -verdadera y directa-, claramente, aún está por construirse, conscientes de que este sistema: parlamentario, liberal y burgués desde las Revoluciones inglesa, americana y francesa, y en el que Gramsci ya depositó toda su desconfianza hace más de 80 años, requiere de una profunda transformación. Creo en la factibilidad institucional, a pesar de que el horizonte y las condiciones de posibilidad puedan proyectar en ocasiones un aroma de sana utopía por la dura oposición que plantean los dominadores.

¿Podemos aventurarnos a decretar la muerte de lo político o la defunción de la democracia como sistema coherente? ¿O abandonar la lucha política? En absoluto. Si se produce una auténtica consumación cultural –en lo político- de lo que Dussel describe como hiper-potentia (pueblo) y la potestas (poder) se ejerce obedeciendo, como debe ser, la liberación de los pueblos no es imposible. Es factible, a través de una serie de mecanismos de participación colectiva que no solamente se “incluyen” en la potestas tradicional, sino que deciden de qué manera se transforma constantemente dicha potestas  en virtud de un nuevo humanismo.

Hay un elemento fundamental sobre el que me gustaría llamar la atención para lograr una transformación: una revalorización de la olvidad ética. Hay que incorporarla no solamente como una cosmovisión universal de lo válido desde el punto de vista estrictamente moral, sino también subsumirla en lo político. Lo válido en ética es lo legítimo en política. Me parece muy sugerente y sobre todo, humana, está operación cultural, que sin embargo brilla por su ausencia en las planeaciones curriculares del decrépito sistema educativo que tenemos.

¿A quién no le agradaría poder destituir un mal gobierno como el que padecemos? ¿O decidir sobre muchas cuestiones y que nuestra voz fuera vinculante por ejemplo sobre protección del medio ambiente, presupuestos públicos, impuestos, salarios, jornada laboral, modelo pedagógico y contenidos de la educación, pensiones, la paz con las demás naciones, la gestión de las migraciones, los programas de los medios de comunicación, los miembros que ocupen el poder legislativo-ejecutivo y judicial, o la administración de la salud?

No es exagerado decir que la revolución tecnológica en las comunicaciones es tan importante como la Revolución Industrial para la democratización, siempre y cuando, como dijo el gran Umberto Eco, no sirva para encumbrar la ignorancia y la estupidez intolerante que ya se observa en varias redes “sociales”.

Pervive aquella vomitiva realidad del siglo XVIII de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Mentira. Todos somos el pueblo. Solo falta que podamos serlo de verdad de una vez por todas.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

Leave a Reply

  • (not be published)