PRIMER BAT – DE MUROS Y FRONTERAS

Posted on enero 29, 2018, 7:03 am

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

Imagina que no hay países. Nada por lo que matar o morir. Imagina que no hay cielo, ni tampoco infierno. Que las aduanas, los visados, los pasaportes y los permisos de libre tránsito, residencia o trabajo ya no se fabrican porque no son necesarios.

Ciertamente, uno de los lados oscuros de la geografía humana se traduce en la burocratización e idealización política de los territorios. La frontera es un concepto humano, abstracto e imaginado, así como las naciones. Si se observa una fotografía satelital de nuestro planeta es imposible identificar ni una sola evidencia de la división territorial de las sociedades humanas. Son, sin duda, convenciones y construcciones culturales e históricas.

Un comercial televisivo reciente de la cerveza mexicana “Corona”, una de las cinco más vendidas del mundo -en relación a la posible ampliación, que no nueva construcción porque el muro ya existe, del muro fronterizo entre Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos- alude a la idea de des-fronterización como un mensaje fresco de libertad, de ruptura, de romper con los prejuicios y las fronteras que dividen literal y físicamente a las sociedades.

Grupo Modelo, dueño de la cerveza Corona, utilizó el eslogan del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, «Make America Great Again», para lanzar una campaña publicitaria en la que resalta los valores de todos los países del continente, su cultura y las distintas nacionalidades que conviven en la región.

«América somos todos», le responde la empresa cervecera al mandatario. «América es la tierra de las oportunidades, una tierra de más de mil millones de habitantes, América salvaje, América multicultural, América unida. Basta de usar nuestro nombre para generar divisiones, eso no es lo que somos», recalca el comercial de la mexicana Modelo, comprada por la cervecera belga-brasileña AB InBev.

«Somos la tierra de la mezcla y nos enorgullecen nuestros colores… somos el ombligo del mundo y también sus pulmones… somos un continente que ruge», afirma el comercial.

La mayoría de los ciudadanos de EE.UU tienen en sus mentes una concepción fronteriza generada por un imperio que se ha construido a sí mismo explotando al máximo la idea de frontera desde sus orígenes. Al respecto, pueden leer otro de mis artículos publicado en esta página llamado La cara siniestra de Estados Unidos (http://www.gacetaciudadana.com/elpuntog/primer-bat-la-cara-siniestra-de-estados-unidos/).

Los yankees, los gringos, se han apropiado unilateralmente de la idea de América, cuando en realidad son un territorio más de lo que se llama América. No es nada nuevo, pero con el tiempo ha calado hondo en la mentalidad simbólica anglosajona, excluyente y xenófoba como pocas si miramos la historia y hasta el día de hoy auto-considerados como individuos algo así como superiores al resto de los mortales.

Esto solo puede ocurrir a través de mecanismos culturales educativos, o más bien des-educativos, que promueven la diferencia y los prejuicios racistas más recalcitrantes y anacrónicos. Solo así pueden llegar a la presidencia o a puestos de poder público sujetos como Donald Trump, Mariano Rajoy en España, Enrique Peña Nieto en México, Carles Puigdemont en Cataluña, u otros representantes de la exclusión basada en la primacía subjetivada de una etnia sobre otra.

La discriminación a partir de la etnia es una idea muy primitiva, totalmente desfasada, que no tiene bases científicas ni justificación, pero sigue teniendo una eficacia asombrosa para manipular y coaccionar a las masas o determinados grupos que no usan el cerebro para pensar sino para obedecer o para conseguir privilegios de “algo”, como diversos son los deseos revestidos de cuotas de poder, placer o riqueza: los auténticos motores del llamado “progreso humano”.

Es curioso que los que defienden el liberalismo político como posición ideológica lo reduzcan dogmáticamente al libre comercio. Para ellos es más importante la libre circulación de mercancías que la libre circulación de las personas por el mundo. Es el claro ejemplo de que la libertad se materializa en intereses estrictamente económicos, valorizando el capital y des-valorizando la condición humana a algo utilizable, y sobre todo, desechable, donde la igualdad y la fraternidad son desterradas al olvido.

La libertad es mucho más que eso y ellos lo saben, pero no la promueven en todos sus aspectos y complejidades. Al contrario. Cada vez les aterroriza más hacerlo. Así va el mundo. Por ejemplo, ¿cómo puede Estados Unidos adjudicarse la etiqueta de líder del mundo libre? Qué estupidez y además qué hipocresía.

En todo el mundo los migrantes, y más aún los refugiados, por diversas razones, para la ideología política de las instituciones supranacionales son personas con todos los derechos, pero para ideología política interna de las naciones no deja de ser un problema incómodo que gestionar de manera poco coherente si nos apegamos estrictamente a los derechos humanos de dichas personas. Se olvida que son personas y se remarca la jerarquización y la distinción entre personas: las hay legales y las hay ilegales. Aquí, francamente, el lenguaje jurídico es totalmente kafkiano.

Esto pasa porque hay países. Porque existen naciones. Pero sobre todo porque no hay verdaderas democracias que cumplan a rajatabla las leyes constitucionales que promulgan y además presumen en los foros internacionales. La sola existencia de las políticas migratorias ya es una evidencia de que la ideología de la frontera, simple y llanamente, es una construcción política, que normalmente atiende las prioridades de sus ciudadanos o compatriotas por encima de las que puedan tener los extranjeros, que básicamente, son las mismas: alimentación, empleo, sanidad, educación, vivienda…

Las banderas, como dice el cantante Jorge Drexler, son un pedazo de tela triste, que sirve, entre otras cosas, para justificar la violencia hacia al género humano por el solo hecho cultural de pertenecer jurídicamente a lugares no comunes. Y cuando digo violencia no solo me refiero a la violencia bélica, sino a la violencia simbólica cotidiana de sentirse orgulloso de un lugar, a la violencia que confunde ser de un lugar con poseer ese lugar.

El territorio, entendido así, es la fuente de una conflictividad basada en criterios totalmente subjetivos. ¿De verdad por ser de un lugar, el lugar te pertenece? Es una inversión perversa, basada en el miedo a perder lo que tenemos, lo que consideramos que “tenemos”.  Desde mi punto de vista, sigue vigente el viejo dicho castellano de que “uno no es de donde nace, sino de donde pace”.

Uno, siempre que se pueda, compra un terreno y ya es suyo. Legalmente es así, cómo no. Incluso no hace mucho se vendían y se compraban territorios inmensos entre los gobiernos de los países: Alaska, Luisiana, Florida, etc. Es la esencia de la propiedad privada, que tiene cuerpo jurídico porque se puede comprar o vender. Es la esencia del capital, incluso de la etapa pre-capitalista, donde hasta las personas se podían vender, comprar o alquilar de manera legal.

En fin, que la idea de que “des-fronterizarse” se convierta en legal suena tan interesante como utópica. La verdadera igualdad económica, jurídica, social, racial y de género es una ilusión en la mayoría de las naciones del planeta. Pero sin utopías no podremos alcanzar jamás como especie mayores niveles evolutivos de humanidad en cuanto a la consumación real de la ética como valor inherente primordial de la inteligencia individual y social de los seres humanos.

Sin duda, es compleja la gestión comunitaria de la convivencia social y la creación de fronteras desde tiempos inmemoriales buscaba, paradójicamente, evitar el conflicto directo y respetar los límites “pactados”, además de construir identidades artificiales que hay que rellenar de historia oral y escrita. La idea de este escrito es simplemente abrir las fronteras de nuestras pequeñas y limitadas cosmovisiones, de nuestras verdades asumidas, de nuestras propias miserias, impuestas y modeladas casi siempre por estructuras políticas que hablan de libertad pero que finalmente no la ejercen y menos, la toleran.

Construir muros y proteger de manera neurótica las fronteras no es progresar. Es involucionar. Es desconfiar. Es poner en duda nuestra supuesta capacidad para desarrollar habilidades sociales, para comunicarnos como supuestos seres racionales, para convivir, para cohabitar y confiar abiertamente los unos en los otros.

“Ama a tu prójimo” predicaba Jesucristo. Sin embargo, lo convertimos en una utopía que no practicamos de manera cabal, de manera humana. Construimos muros al interior de nuestras conciencias y de nuestros corazones, ya sea por miedo, por interés, por ignorancia o por egoísmo puro y duro. Esa es la realidad.

Hoy en día las fronteras, ya sea en Tijuana, Tapachula, Ciudad Juárez, Gibraltar, el estrecho de Mesina o Chechenia nos remiten más a situaciones y contextos de muerte, intolerancia, violencia, conflicto, contrabando, incomprensión, burocracia, abusos y tensión social que a espacios consagrados a la armonía. Los mexicanos que emigran a Estados Unidos demandan con toda razón mayor libertad y seguridad para poder entrar a ese territorio. Sin embargo, es tristemente paradójico el trato altamente vejatorio que reciben  los centroamericanos y suramericanos a su paso por México cuando lo hacen de manera ilegal. O dicho más educadamente, irregular.

Solo nos pertenece –y relativamente- lo que podemos comprar o adquirir mediante una transacción con otra persona o entidad contractual. Ni siquiera los hijos nos pertenecen, ni tampoco los animales aunque lo creamos cuando los cuidamos. La Tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la Tierra, en cualquier esquina del mundo.

Si aún teníamos alguna razón libre de prejuicios confiscaríamos todas las fronteras que el miedo o la desconfianza han levantado a lo largo de la Historia. Habría de ser una revolución humanista la que trajera al orden del día, primero, la idea de una cultura global y pacífica; como teorizó el filósofo Kant en La paz perpetua. Después, el empuje, el entusiasmo, en fin, la creencia en la solidaridad como arma definitiva para solucionar los problemas mundiales y para reafirmar lo poco que sirve a la paz el establecimiento de fronteras.

El mundo fantástico de la Ciudadanía global ya existe: es el que cotiza en bolsa.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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