PRIMER BAT – DROGAS: ENTRE TABÚ, CIENCIA, POLÍTICA Y ADICCIÓN

Posted on septiembre 04, 2017, 5:52 pm

ERNESTO RAMÍREZ

¿Por qué se permite el uso de unas drogas y otras no? ¿Qué daños a la salud causa una droga en el consumidor? ¿Y en su entorno? ¿Tienen en cuenta las leyes antidroga esos daños? ¿En qué consiste una adicción?

El consumo de narcóticos es una de las cuestiones sociales, históricas, económicas y culturales más controvertidas ya desde su propio descubrimiento en los albores de la civilización. El uso de psicoactivos es consustancial al género humano y ha estado presente en todas las culturas desde el principio de los tiempos.

Las drogas han cumplido, desde entonces, una triple función: sacramental, recreativa y terapéutica, que se ha expresado de forma distinta en cada uno de los grupos humanos desde el principio de la Historia. Los derivados de la planta del opio y del cáñamo han tenido tanto usos terapéuticos como recreativos en casi todas las civilizaciones del continente indoeuropeo desde hace al menos diez mil años y muchas culturas han utilizado psicoactivos como vehículo para entrar en contacto con lo trascendente.

Hoy en día, en casi la totalidad de las culturas y sociedades continúa siendo un problema de proporciones variables dependiendo del contexto sobre el que nos detengamos a reflexionarlo; pero sin duda, ya se trate de legislaciones concretas o de prácticas comunales extra-occidentales, es un fenómeno cultural que no puede pasar desapercibido, ya sea por tabúes o por razones de lucro, que en el caso de México, impactan de manera dramática a todo el tejido social, económico y político. Incluso se podría admitir que el peor flagelo de los últimos 30 años en América Latina se debe a las consecuencias del narcotráfico entendido como vasto circuito criminal.

Con el asunto de las drogas es relativamente sencillo ser testigo de opiniones basadas en prejuicios así como de cínicas legislaciones que tienen más que ver con la moral que con lo estrictamente científico. La no legalización o prohibición del consumo de unas sustancias u otras responde, finalmente, más a un tabú que a una decisión política racionalmente estudiada. Y ello tiene consecuencias de un calado muy profundo. En el imaginario colectivo, las drogas se siguen percibiendo como un conjunto de riesgos, peligros y problemas a evitar. Es evidente que éstos existen, pero las drogas son, además, mucho más que eso.

Salvo en los países de mayoría musulmana, en los que está radicalmente prohibida y sancionada, una sustancia que convive naturalmente con los hábitos cotidianos y lúdicos es el alcohol. En estos casos, se puede hablar de una antropología que tiene que ver -en origen- con rituales, mitos, supersticiones y creencias religiosas cuya aceptación es legitimada o penada social e históricamente por la autoridad de lo sagrado y de la tradición.

En nuestra sociedad se ha decidido -¿democráticamente?- que el uso de sustancias psicoactivas sea un tabú. La única excepción es aquella situación en la que el objetivo vaya dirigido a curar una enfermedad y sea suministrado a través de una farmacia con receta médica. En esa situación -además de la excepción mencionada del alcohol- se considera que el uso es lícito, pero en cualquier otra existen sanciones de tipo legal y social que pretenden evitar su uso. En castellano, al primer grupo de sustancias se las denomina como “fármacos” y al segundo “drogas”. Pero esta distinción es tan artificial que en otros idiomas existe un único término (drugs en inglés, drogue en francés) para definirlas.

En el caso de España, que me tocó de cerca, la irrupción de los consumos recreativos de drogas entre la juventud convirtió a la familia en el principal baluarte antidroga. Se la conceptualizaba como la institución más importante a la hora de proteger a sus vástagos de la terrible amenaza que suponía “la Droga”. Durante los setenta, ochenta y novena, los padres y madres de los adolescentes y jóvenes estaban generalmente extremadamente alejados de la realidad de los consumos de drogas.

Lamentablemente el ocio juvenil de estos papás había sido escaso, por no decir nulo, y las únicas sustancias conocidas era el alcohol y el tabaco. La única información disponible era la ofrecida por los medios de comunicación en clave tremendista y alarmante. El miedo era habitualmente una emoción inoculada para entender el fenómeno de las drogas y el rechazo la única estrategia viable para mantener las drogas alejadas de los hijos/as. Hoy, sin duda, y no solo en España, perviven esas atávicas tendencias basadas en el miedo irracional.

Las miradas tremendistas sobre las drogas provocan que en el seno familiar se construya un tabú sobre ellas. Los padres y madres dicen “no os droguéis” y la única opción válida es hacerlo o hacer ver que te abstienes. En ocasiones, el tabú era (y aún es así en algunas familias) tan acentuado que casi no hacía falta decir nada porque ya estaba todo dicho. Este tipo de lecturas provoca que la cuestión de las drogas se convierta en un asunto de orden moral. El bien es abstenerse y el mal drogarse. Por tanto, los hijos/as consumidores de las familias donde reina el tabú se quedan desprovistos del apoyo familiar, y más allá de esto, las madres y los padres se convierten en tristes policías caseros.

Cuando la cuestión de los consumos planea por la vida familiar, entonces empieza el juego del gato y el ratón: los hijos esconden su relación con los psicoactivos y los padres/madres están al acecho de cualquier indicio que los delate. Situación que provoca, normalmente, que los progenitores conozcan los consumos cuando la adicción ya ha hecho acto de presencia. En consecuencia, el tabú hacia las drogas posibilita la prevención basada en el rechazo y el miedo a todo aquello que remita a drogas. La comunicación es inexistente (ya de por sí muy escasa en familias autoritarias y patriarcales) y la distancia emocional y simbólica entre padres, madres e hijos/as es, en muchos casos, insalvable.

Más allá de la familia, a principios del siglo XX, una serie de condicionantes históricos, políticos y socioeconómicos dieron lugar a las primeras restricciones globales. La Ley Seca, que prohibió en la práctica el alcohol en Estados Unidos durante la década de los años 20 del siglo pasado supuso tal desastre en cuanto a adulteración, mercado negro e incremento de la población penitenciaria que tuvo que ser derogada en 1932. Pero las prohibiciones que inicialmente sólo afectaban al opio y al cáñamo se internacionalizaron y desde entonces la lista de sustancias prohibidas, fiscalizadas internacionalmente a través de las Convenciones de Naciones Unidas sobre Drogas no ha parado de crecer, hasta llegar a varios cientos en la actualidad.

Es importante señalar que ninguna de estas listas de drogas prohibidas se atiene a criterios objetivos, científicos o a escalas racionales que midan la peligrosidad o los efectos para la salud de las sustancias. La prohibición está basada en criterios estrictamente morales y el hecho de que una droga sea capaz de producir efectos psicoactivos agradables es suficiente para fiscalizarla y demonizarla si no tiene un uso terapéutico demostrado. Este es uno de los primeros problemas que impiden mejoras: condenar las experiencias que abren la percepción y permiten otras posibilidades a la conciencia humana.

Desde mi punto de vista, compartido con el del psico-farmacólogo inglés David Nutt, si hay tal cantidad de sustancias distintas consumidas por millones de personas en todo el mundo, debería existir una clasificación, basada en la evidencia científica, en función de los riesgos que implica consumir una droga u otra: desde los efectos en la salud hasta las repercusiones sociales. Este científico propone que un parámetro fronterizo para situar la peligrosidad de las sustancias sea el mismo alcohol, que es la droga aceptada: ¿es más, o menos dañina que el alcohol? Otro problema mal enfocado: ¿es que acaso el alcohol no es una droga? Se habla de  alcohol y tabaco como realidades distintas, cuando en realidad también son drogas; pero su regulación legal las ha desprovisto de esa peligrosidad tan mortal.

Si una droga se considera científicamente menos perjudicial que el alcohol, en una sociedad que permite el alcohol, no tiene sentido prohibirla. No tiene sentido prohibir ciertas drogas que son más seguras que el alcohol. Otras que no, como el crack, la metanfetamina o la cocaína sí tiene más sentido prohibirlas… pero se mete todo en un mismo saco sin criterio, a lo bestia.

El mero hecho de promulgar leyes no hace que las sustancias o los problemas desaparezcan. Hemos de considerar, además, que muchos de los políticos de los parlamentos que se toman su profesión como un entretenimiento o peor aún, como un negocio personal, no son casi nunca científicos. Esto explica que a menudo se obstaculice el camino de la investigación científica con las drogas. Mientras los políticos ególatras no reconozcan que las políticas antidroga actuales están equivocadas desde hace un siglo, va a ser complicado que algo cambie.

Un ejemplo: cuando se descubrió el LSD (ácido) en la década de los cincuenta, se utilizaba mucho para ayudar a comprender cómo funcionaba el cerebro y para ayudar a tratar a los enfermos de cáncer terminal. Y entonces los jóvenes empiezan a consumirlo, se produce un cambio social, el Gobierno lo prohíbe y se paraliza la investigación. Así que durante cincuenta años no ha habido investigación sobre ese tipo de droga, si bien estamos convencidos de que permitiendo su estudio, podríamos responder a una de las preguntas más importantes sobre el funcionamiento de las drogas en el cerebro: sobre cómo estas drogas cambian la conciencia. Y hoy, respecto al LSD, hemos llegado a un punto en que estamos seguros de que deberíamos situarlo por debajo de la frontera de lo peligroso. Pero conseguir que un gobierno acepte esto es muy difícil. Una vez ilegalizan una droga, la mayoría de los gobiernos piensan que cualquier cambio de legislación es una señal de debilidad. Deja de ser un argumento científico y se convierte en un tema moral o político, y a los políticos les cuesta mucho admitir que se equivocaron.

Mucho menos eficaz -ya se ha visto- es la militarización y la guerra abierta como ha sucedido con la nefasta política de la muerte que se desató con la llamada “guerra contra el narco” impulsada por el gobierno panista de Felipe Calderón, secundada y financiada en gran parte por Estados Unidos con el Plan Mérida, entre 2006 y 2012. No obstante, fue su promesa estrella en la campaña electoral y eso le proporcionó gran número de votos a pesar de que la elección había sido fraudulenta.

Recuerden aquella frase que se repetía constantemente en un slogan de televisión justificando la masacre firmada por el Gobierno de la República: “para que la droga no llegue a tus hijos”, relegando de manera implícita a las familias -y sobre todo a los propios consumidores- de la responsabilidad moral de prohibir o reprimir a como diera lugar el consumo de drogas. (Pero eso sí, el día del grito, en navidades o en una botana festiva cualquiera, los nenes y nenas sí se pueden echar un traguito de vino, sidra o tequila). Es más, deben hacerlo si no quieren sentirse “rechazados” afectivamente por familiares o amigos. Una “peda” de vez en cuando, incluida la del Presidente de la República, no está mal vista per se.

Luego, los presidentes de México y Estados Unidos se pasan la pelota el uno al otro con la cantinela de que “si los productores aquí y los consumidores allá… Que si vendemos armas allá y que se maten mientras otros se meten las líneas acá”. Un circo totalmente absurdo e hipócrita.

En la actualidad, como sabemos, las drogas no están controladas por los Estados, cooperativas, empresas farmacéuticas o compañías privadas sino que son un monopolio de narcotraficantes. Las sustancias llegan al consumidor sin ningún control sanitario o de calidad y los beneficios económicos que producen van directamente a manos de productores y distribuidores favoreciendo la delincuencia internacional, el terrorismo, el tráfico de personas y armas, o la proliferación de abyectas redes de explotación sexual. ¿No son estas razones estructurales de peso para pensar seriamente en un cambio de dirección política en la legalización controlada de las drogas? Parece ser que no.

En España, la crisis de la heroína produjo decenas de miles de muertos y diezmó a toda una generación entre finales de los 70 y principios de los 90, en la crisis social y sanitaria más grave que ha vivido el país en el último siglo. Al respecto, conviene destacar que la gran mayoría de muertos no lo fueron por consecuencia directa de sus efectos farmacológicos sino en relación con condiciones sociales y circunstancias derivadas de su ilegalidad. No hay nada en la molécula de la diacetilmorfina (nombre químico de la heroína) que produzca SIDA o hepatitis, sino que estas enfermedades están relacionadas con el uso de jeringuillas sucias. Las muertes por sobredosis y por adulteración guardan más relación con el hecho de que el producto no tenga ningún control sanitario que con otros factores. Y el incremento en la delincuencia callejera y la criminalidad es la consecuencia directa de que un producto muy adictivo que cuesta pocos céntimos se venda a precios astronómicos en la calle.

En definitiva, la crisis de la heroína no estuvo tanto en relación con la sustancia en sí como con la forma en la que está presente en la sociedad y la manera de gestionar sus problemas asociados. En los países que han implantado programas de reducción de riesgos (intercambio de jeringuillas, programas de metadona y tratamiento…) la situación ha mejorado, pero en otros como China o Rusia la situación es catastrófica.

El mercado de la cocaína es otro ejemplo del rotundo fracaso de las políticas actuales europeas -y no europeas- sobre drogas. La coca es un arbusto que crece en unas condiciones de humedad, luz y altura muy estrictas y en la práctica sólo se cultiva en determinadas zonas de Perú, Colombia, Bolivia y Brasil. La superficie total donde el cultivo de coca es posible en el mundo es un área geográfica menor del 1% del globo y a pesar de todas las medidas legislativas y policiales el precio del gramo de coca en Europa permanece invariable. Las drogas son los únicos bienes de consumo que no incrementaron su precio con la entrada en vigor del euro y si a finales del año 2000 un gramo de coca en la calle se pagaba en torno a 8,000 pesetas (de las de entonces) en la actualidad es sencillo encontrarla en torno a 50 euros.

El caso del éxtasis es aún más llamativo: de las 5,000 pesetas que costaba una pastilla a mediados de los noventa del siglo pasado el precio ha descendido hasta 5 euros, bastante menos de lo que cuesta una copa en cualquier discoteca.

Desde cualquier punto de vista mínimamente objetivo se constata que las consecuencias de la Prohibición han sido un desastre. Si la Lucha Antidroga fuera una empresa y estuviera sometida a los criterios del mercado hace años que habría quebrado. Cada vez son más las voces que piden un cambio de rumbo en las políticas internacionales de drogas. El objetivo de “un mundo sin drogas” ha resultado ser una quimera irrealizable y sus consecuencias negativas han sido mucho mayores que los males que pretendía atajar. Además ¿por qué despilfarrar el dinero de los contribuyentes en medidas carcelarias y de “securitización” represiva, que en muchos casos empeoran la situación?

En foros internacionales la discusión está cada vez más centrada en cómo salir de este atolladero aunque las presiones en sentido contrario siguen siendo importantes. Ya no se trata sólo de los narcotraficantes y la industria de lavado de dinero procedente de sus negocios, sino también de los narco-burócratas de la ONU, de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, un organismo cuyos miembros no han sido elegidos democráticamente y que siguen dictando las políticas de drogas que todos los países deben seguir. La reciente legalización de la marihuana en algunos Estados de EE.UU., en la Ciudad de México y en Uruguay son los primeros aunque tímidos pasos de este cambio.

Los partidarios de la Prohibición pronostican el infierno en la tierra el día que se legalicen las drogas. Pero es difícil imaginar una situación más desastrosa que la actual. Defender la necesidad de un cambio radical en las políticas de drogas no implica necesariamente que tengan que convertirse en productos de venta libre ni que se esté a favor de que todo el mundo se drogue sin responsabilidad. Los tomates, el tabaco y los antibióticos son ejemplos de productos perfectamente legales que tienen reguladas distintas condiciones para su venta. Si hemos empleado los cien últimos años en políticas de drogas que se han demostrado ineficaces, podemos dedicar los próximos cien a ensayar distintos modelos.

A lo largo del siglo XIX, las drogas generaban más bien indiferencia y era la sexualidad la que aglutinaba el pánico moral. Prostitutas, homosexuales y otra gente de vida disoluta eran frecuentemente condenados a penas de cárcel, tratamientos obligatorios o al ostracismo social. En este momento la situación es la contraria y a poca gente le importa que un médico, abogado o ministro sea gay o divorciado pero se sorprendería como mínimo si se entera que toma otras drogas que no sean alcohólicas cuando se va de fiesta. En demasiadas ocasiones olvidamos que el alcohol es una droga potencialmente más nociva para la salud y socialmente más devastadora que la marihuana o el hachís.

También, hoy se tolera de manera natural que una persona se atiborre de todo tipo de fármacos porque son prescritos por un médico o un psiquiatra cuando los efectos secundarios de los mismos son terribles y además, no está garantizada, en muchos casos, la sanación. De hecho, es habitual que no curen, sino que únicamente ralentizan o “parchean” el dolor o prolongan la enfermedad porque es un negocio muy lucrativo para el sector privado sin importar los costes que supone a la sanidad pública. Las multinacionales farmacéuticas saben de lo que hablo.

Como muchas otras conductas humanas, el uso de drogas es una actividad en la que se ponen en juego potenciales consecuencias positivas (gratificación, placer) y consecuencias potenciales negativas (riesgos, problemas). En este sentido el uso de drogas no es muy distinto a actividades como la hípica, el montañismo, el submarinismo o la espeleología. Las posibilidades de tener un problema grave al subir a un caballo o escalar una montaña dependen en gran medida de una preparación previa y tomar medidas adecuadas para evitar los riesgos. De la misma forma, en el consumo de drogas existen formas para reducir riesgos que tienen eficacia científica demostrada.

Quisiera destacar el concepto de la “prevención basada en la normalización”. Considero que es cabal para aplicar prácticas preventivas sensatas y eficaces en un escenario de los consumos de drogas dominado por el escenario de la normalización. Representa un vuelco a la prevención fundamentada en la alarma y el rechazo. Se entiende por prevención basada en la normalización como el conjunto de prácticas y acciones fundamentadas en el discurso político que ofrece herramientas preventivas para manejar asertivamente los riesgos asociados a las drogas.

Sus premisas son:

  • Los consumos de drogas deben analizarse sin juicios morales.
  • Drogarse es una acción que entraña riesgos como tantas otras prácticas sociales.
  • Consumir es asumir riesgos, pero hacerlo sin conocerlos es potencialmente más peligroso.
  • Debido a la desigualdad social las drogas continuarán generando problemas.

Sus objetivos son:

  • Potenciar la abstención mediante información verosímil.
  • Mostrar una mirada elaborada sobre el contexto, las dinámicas de consumo, los efectos y las consecuencias de las sustancias.
  • Fomentar el consumo sensato y el manejo asertivo de los todos los riesgos asociados a las drogas, también los derivados de la fiscalización.
  • Promover la responsabilidad y el autocontrol a la hora de afrontar los consumos.
  • Explicar los riesgos y los daños desde la sinceridad, con intención de no despertar la curiosidad ni connotar positivamente los consumos.
  • Advertir que las sustancias se utilizan con múltiples finalidades y provocan disfuncionalidades si se abusa de ellas.
  • Superar los enunciados maniqueos centrados en la abstención o en la adicción.
  • Reducir la incidencia de consumidores problemáticos.
  • Ahuyentar los miedos irracionales.
  • Desterrar la atracción por lo prohibido.
  • Desmontar los mitos asociados a los consumos de drogas.
  • Fortalecer la igualdad de género.
  • Trabajar para mantener abiertos los puentes de comunicación con el objetivo de que padres y madres continúen funcionando como referente educativo.
  • Eliminar el tabú que impide los abordajes sensatos.
  • Analizar todas las situaciones, también las más novedosas y emergentes, para conseguir ofrecer un discurso netamente preventivo.
  • Amortiguar la estigmatización y la criminalización del consumidor/a.
  • Convertirse en el discurso utilizado en la prevención escolar, comunitaria y familiar.

Es probable y deseable que estemos ante un cambio de ciclo: el acceso democrático a la información, el constatado fracaso de las políticas actuales, el interés de los Estados en recaudar impuestos y el progresivo cambio de las mentalidades pueden dar lugar a políticas de drogas que produzcan menos problemas sanitarios y sociales y que sean más respetuosos con los derechos humanos. Hay que desmitificar el asunto de una vez por todas y enfrentar el poder de sugestión que tiene el miedo nacido de la ignorancia y actuar de manera más madura y responsable aceptando que cada persona es libre de tomar lo que quiera sin que eso tenga que convertirle inevitablemente en un criminal o en un marginado porque un grupo de poder -ya sea político, ya sea familiar, ya sea social- lo decrete así.

En cualquier caso, muchos se preguntarán, ¿pueden la bioquímica y los principios psicoactivos de las drogas hacernos felices? ¿Es posible modificar los niveles químicos del cerebro para sentir siempre placer y felicidad?

El problema es que cualquier cosa que usemos para manipular el cerebro puede acabar siendo muy adictivo. Aunque de entrada cause mucho placer, con el tiempo puede alterar los circuitos y los receptores de los neurotransmisores cerebrales que nos hacen sentir bien, por lo que una persona necesita cada vez más estimulación para conseguir el mismo nivel de placer: esa es la base de la adicción.

Pero ojo, la adicción no surge solo en el caso del consumo de drogas, fomentada habitualmente por una huida a corto plazo de los problemas y aburrimientos cotidianos de forma incontrolada. Su espectro cultural y bioquímico es infinitamente mayor y se manifiesta de muchas maneras: en el amor, en el sexo, en la dieta, en el cuidado del aspecto personal, en prácticas como el juego,  en el deporte, en el trabajo, en el uso de las redes sociales… todos son ámbitos en los que se puede caer en cuadros adictivos severos igual de profundos y preocupantes que con el consumo de drogas.

Varios neurólogos llaman a la búsqueda incesante del placer y de la satisfacción humana la tiranía de la felicidad y aseguran que para disfrutar de una buena vida necesitamos el contraste entre emociones positivas y negativas. Y para una vida rica en emociones positivas es necesario el fomento consciente y no inducido de esas emociones.

Estoy de acuerdo.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

Leave a Reply

  • (not be published)