PRIMER BATEL ENEMIGO EN CASA: LA TELEVISIÓN

Posted on octubre 23, 2017, 7:59 am

ERNESTO RAMÍREZ

Mi padre, que fue productor de informativos de Televisión Española (TVE) durante más de 30 años, me dijo un día que la televisión tiene más fuerza que los tanques. Luego me confesó que esa expresión no era de su cosecha, sino que la había dicho un día el entonces presidente de Francia Charles de Gaulle, cuando le preguntaban cómo había gestionado con bastante eficacia la masiva rebelión social desatada en su país con motivo de las movilizaciones estudiantiles y obreras durante el glorioso mes de mayo de 1968.

El impacto y la trascendencia cultural de la televisión son equiparables a la aparición de la imprenta en 1450, pero en direcciones opuestas. Si el descubrimiento de Guttemberg abrió el océano a la alfabetización, la televisión lo hizo a la analfabetización aceptada.

Me atrevería a decir -como hipótesis- que a lo mejor no es pura cháchara lo que dijo De Gaulle. Al contrario. Qué casualidad que los años 70, cuando la televisión desbancó definitivamente a la radio y al cine como mecanismo de comunicación de masas, fueron los años, además de la recesión económica derivada de la crisis de los precios del petróleo, también del inicio del agotamiento del Estado del bienestar como ejemplo de las políticas sociales del capitalismo y del inicio del fin de las sociedades abiertamente subversivas y contestatarias por la influencia perversa y burguesa de la televisión.

La sociedad de consumo que engendró ese mismo Estado de bienestar encontró en la televisión, ese aparente amigo que se introdujo en la intimidad de todos los hogares, el cómplice perfecto para difundir a modo de bombardeo un particular modo de concebir el mundo y la felicidad a través del marketing publicista: consumir de manera compulsiva.

La humanidad tiene en su mano la tecnología. La ha elaborado y debe utilizarla en beneficio de su supervivencia. Por el contrario, la manipulación que la sociedad misma hace y recibe de los medios de comunicación, manejados por unos pocos, hace que tanto la libertad de conciencia de la especie humana como su cultura se vean amenazadas.

Los medios de comunicación y en concreto la televisión  no deben convertirse, como la energía nuclear, en un peligro público. Para ello la sociedad en general y el sistema educativo en particular, deben tomar la responsabilidad tecnológica necesaria que permita convertir a los medios de comunicación, de instrumentos ajenos y en algunos casos peligrosos para la humanidad, en indispensables mediadores entre la sociedad y el ciudadano.

La televisión está en todas partes, posee un poder de penetración cada vez mayor en los hogares, en los establecimientos, en los bares, en la misma calle y en los centros de enseñanza. Esta realidad implica un desafío para el sistema educativo y para los responsables más directos de la educación.

Los medios de comunicación, partícipes responsables de gran parte de la cultura de los grupos humanos de nuestro tiempo, crean opinión, lenguaje, mitos y costumbres. Pueden del mismo modo crear monstruos ingobernables; irrealidades y fantasías con negativa incidencia en la misma cultura en la que participan. La sociedad está en gran medida a merced de los impactos vertiginosos de la imagen; recibe la visión parcial de los que tienen en su mano el poder de la información; se encuentra condicionada por la intencionalidad de quienes programan, filtran unos datos y dan prioridad e impulsan otros. Detrás de los medios de comunicación hay personas, grupos de poder, ideologías e intereses.

Quien dio por primera vez el apelativo de “caja tonta” a la televisión, no se equivocaba en lo de caja ni en lo de tonta, ya que todas las cajas lo son. Zeus ordenó a Hefestos que fabricase a Pandora, una bellísima mujer para que con sus encantos arruinara al género humano en venganza por el robo del fuego. Pandora abrió su caja para mal de los pecados de la humanidad, pues a pesar de que la caja estaba repleta de bienes para los hombres, lo que sembró, por mala utilización, fueron los males -truenos y tempestades- donde no eran necesarios.

Sin embargo no tiene nada de tonta la intención y el trabajo de quienes deciden, programan, producen y emiten lo que se ve en la pequeña pantalla. La televisión se hace la tonta para que la tengamos en cuenta. Así puede engañarnos. Como en el caso de Pandora, en que de la misma manera que envía inundaciones a lugares en que sobra agua deja sin gota zonas en que la necesitan. La televisión puede ser tanto caja de agua mansa como caja de rayos y truenos.

Hay una intención en quienes crean programas y otra intención en quien los oye y ve. No hay lectores o telespectadores inocentes, pero sí puede haber lectores o telespectadores indefensos. Queda el derecho de prepararse para afrontar y enfrentar el mundo de la imagen. Es necesario transformar la intención comercial de quien produce los impactos visuales en fuente y objetivo de investigación, de reflexión y de conocimiento crítico.

Don Quijote dio más importancia de la necesaria a unos molinos, convirtiéndolos en su demencia en gigantes amenazadores. La televisión es un gigante -o molino- con pies de barro que se puede conocer y por lo tanto analizar. Esto lo hace vulnerable y susceptible de ser conducido por los propios espectadores y sobre todo por los sectores sociales responsables, que pueden y deben tomar parte en la tarea. El magnificar la importancia de la televisión, el creer que es algo lejano, intangible, o de difícil acceso a los profanos, puede originar situaciones de inferioridad que como a Don Quijote, conduzcan al fracaso.

La cultura entra en el cerebro humano a través de millones de estímulos exteriores en su mayoría no controlados. La sociedad tampoco puede dominar los impactos que sus miembros reciben desde el mundo exterior hacia su propia cultura. En una familia, por ejemplo, se entremezclan pautas culturales recibidas por cualquiera de sus miembros desde diferentes espacios por infinidad de cauces incontrolables.

El que en una casa no se permita ver por ejemplo, un contenido concreto  a los hijos no impide que el argumento, la violencia, los desastres internos de una familia, los amores y los odios y sobre todo el morbo añadido no sean introducidos a través de compañeros de colegio, que a su vez la reciben de sus familias, vecinos o vecinas.

Lo que es lo mismo: la influencia de la televisión en la cultura de esa familia y por su efecto multiplicador en la de toda la sociedad, no es en absoluto controlable por medios coactivos o represivos.

El día en que alguien apaga el televisor para leer un libro -un ejemplo- mientras se juega un importante partido de fútbol, seguirá las incidencias del partido, goles sobre todo, por el griterío del vecindario. Conocerá en cada caso qué equipo metió el gol, qué miembro del equipo lo hizo, y con un poco de suerte tendrá noticia de las circunstancias más importantes de cada jugada.

Los índices de audiencia, o lo que es lo mismo la comercialización de la televisión, hacen que la competitividad sea el elemento prioritario en la planificación, decisión, producción y mantenimiento de los programas televisivos. Las diversas cadenas, incluidas las estatales o locales, luchan por aumentar en varios miles sus números de audiencia, que significan minutos u horas más de publicidad, que es de lo que las televisiones viven.

Anunciantes, agencias de publicidad y responsables de las cadenas, están preocupados por esta situación, un círculo vicioso, en la que se encuentran en lucha constante y de la que no pueden salir. Un programa sin audiencia suficiente reduce irremediablemente la publicidad, lo que obliga a suprimirlo. El fenómeno está ahí, pero la audiencia somos nosotros.

¿Cómo se puede potenciar lo que es mejor y rechazar lo que no interesa? La única salida es -a largo plazo- el que los espectadores -consumidores- ejerzamos nuestro derecho de intervención y logremos mejorar la calidad de la programación.

La televisión actúa en gran cantidad de ocasiones imponiendo sus propias reglas de juego; el espectador entra como si de su propia cultura se tratara. Las risas enlatadas que sirven de fondo a la mayor parte de los telefilms o series en clave de comedia, están condicionando cada situación cómica o chiste con los criterios de quien produce la serie, con independencia de que la cultura sea anglosajona o latina.

En los programas con público todo está preparado. Las risas, los aplausos y las actuaciones en apariencia espontáneas, incluyen meta-mensajes que conforman subliminalmente las pautas básicas de la cultura. Estas intervenciones programadas reducen en los espectadores la posibilidad de opinión o criterio propio.

Se está asistiendo al acontecimiento de la homologación de la cultura en todo el territorio nacional y mundial. De la misma forma que se homogeneiza el vestuario, los peinados, el lenguaje o el estilo de vida, se convierte en igualitario el humor en un país entero. Algo propio como la broma, autóctono como el doble sentido, la ironía y el chiste, que suelen ser la quinta esencia de cada lenguaje se transforma en un producto único, sin competitividad gracias a la televisión.

El horario de emisión es un modo de dirigir al espectador en uno u otro sentido. El que películas clásicas, mesas redondas o debates temáticos se posterguen hasta  medianoche o la madrugada, es indicativo de la importancia que las empresas productoras otorgan a cierto tipo de programas.

La televisión engendra monstruos. Se imponen problemas, argumentos, estrellas o divos. Las campañas de marketing para lograr suficiente índice de audiencia pueden durar años.

La serie «Scarlett», en España, ejemplifica este hecho. Se ha intentado repetir en la pantalla pequeña un colosal éxito cinematográfico, promoviéndolo como una gran campaña de marketing y repitiendo algunas de las características de la producción de la película «Lo que el viento se llevó». Se ha hecho publicidad de la novela y de la búsqueda de actrices por todo el mundo; ha batido también record de desembolso económico. La venta -no ya la calidad- estaba asegurada antes de su presentación. Los telespectadores han tenido en sus manos el hacerla triunfar o fracasar. Aparentemente, según los datos, ha triunfado en audiencia, superando con creces las previsiones más afortunadas. No es malo preguntarse -lectura crítica del medio- si se ha analizado el hecho, si se ha leído la primera novela, visto la primera película, o si nos hemos convertido, sin interrogantes, en consumidores acríticos del producto televisivo.

Algunos de los llamados programas de divulgación se enmascaran bajo la apariencia de ciencia, presentando cultura, estadística, consulta a expertos y participación popular. Son verdaderas manipulaciones en las que la ciencia es superficial, la cultura es la que promueve el productor, la estadística se presenta de forma parcial, los expertos consultados en directo se ven forzados a entrar -muchas veces a costa de ellos- en el juego propuesto o son desautorizados por los mismos presentadores.

El bien o mal social que este tipo de programas puede crear, depende del grado de preparación de los espectadores, de su capacidad crítica, y de la credibilidad que le proporcionen los monstruos creados por la pequeña pantalla, que son en numerosas ocasiones los mismos que presentan los programas.

El ritmo de la televisión es a veces más rápido que el de la vida real, por muy vertiginosa que esta sea. En la pantalla todo se soluciona o termina en poco tiempo, a diferencia de la vida real en que los procesos son más largos. En una película o serie televisiva se soluciona un crimen, un problema familiar, o una situación, en un espacio fílmico de tiempo generalmente muy corto: de hora a hora y media. En la vida real las soluciones tardan mucho tiempo, años, o no llegan nunca.

Por lo tanto, inconscientemente pedimos más velocidad a las respuestas sociales. La cultura pide resultados inmediatos: si se oye la información sobre -por ejemplo- la resolución de hacer determinado tramo de carretera, y se hace un viaje al poco tiempo se espera que dicha carretera esté terminada. No se admite el tiempo real porque estamos acostumbrados al tiempo visual. La vida real se mide en tiempo real, y el tiempo real se hace eterno, cuando nuestra ideología, cultura, hábitos y costumbres se han hecho al tiempo de la imagen televisiva.

Es imprescindible analizar la dualidad entre imagen real y fílmica. La disociación cultural creada presenta un grave problema, ya que puede convertirse en una múltiple visión patológica de la realidad, en una esquizofrenia cultural y social o en una percepción maniquea de los valores éticos y morales. En todos los casos se hace necesario aceptar, profundizar, analizar y enfrentar la dualidad como un hecho de carácter tecnológico que tiene repercusiones sociales.

Otra consecuencia de la multiplicidad de ópticas es la dualidad creada entre realidad y ficción. El espectador ve una tras otra escenas reales y ficticias sin atender a explicaciones ni comentarios. Ver sin análisis violencia auténtica y violencia simulada crea insensibilidad a ambas. Niños y adolescentes pueden creer inconscientemente que todo tiene truco. No hay problema con los muertos pues más tarde «reviven».

Es difícil cambiar esta forma dual de apreciar la realidad si no se hace a partir de la reflexión, la madurez personal, el estudio o la investigación, ya que lo que en principio es problema de orden técnico o artístico, se convierte en cambio cultural de valores.

La televisión misma, en una forma de dar respuesta y cumplimiento al problema de la sensibilidad, al mismo tiempo que aumentar los índices de audiencia, ha inventado con implantación mundial lo que se llama «reality show», realidad-espectáculo.

Los reality show son espectáculos montados sobre hechos reales o sus reconstrucciones. Tanto pueden ser animadores del morbo, enfermedad o patología nacional como instrumentos de bien público. La televisión nos enmascara de tal forma sus contenidos e intereses que es muy difícil entrar en ellos objetivamente.

En las aulas se aprende lenguaje escrito y oral y se realizan análisis de textos escritos. Sin embargo no existen todavía sistemas completos estructurados, normativa o lineamentos metodológicos claros, que enfoquen sistemáticamente un análisis de los medios de comunicación. Algunos programas educativos presentan la teoría sin plantearse el análisis de la imagen, de la información, del sonido o de la técnica. En escasas ocasiones se llega a propiciar la práctica real.

La base ideológica que sustenta la pedagogía y la didáctica actual tiene sin embargo en cuenta los medios de comunicación como elementos, medios y estrategias transversales a todos los demás procesos de aprendizaje. Esto exige el aprendizaje de la lectura, comprensiva primero y posteriormente crítica y práctica, de los medios de comunicación y de sus procesos.

La televisión es necesario conocerla, interpretarla, desmitificarla, producirla y desenmascararla: un esfuerzo que deben realizar todos aquellos que tienen que ver con el mundo de la educación. Para ello hay que analizar sus contenidos -profundizarlos y leerlos críticamente- con el fin de adaptarlos a nuestra cultura. Hay que comprender el medio en sus aspectos técnicos con el fin de dominarlo y si es necesario «defenderse» de sus impactos negativos.

Por ser la televisión un medio tecnológico y comunicativo de primer orden hay que actuar positivamente ante sus posibilidades y consecuencias. Es necesario que la televisión contribuya a la educación permanente, que complemente con sus procedimientos la investigación y apoye los fundamentos del conocimiento y del aprendizaje.

A veces se ha confundido programa educativo, cultural o pedagógico con emisiones plomizas de sesudos eruditos busto-parlantes. Se han realizado abundantes intentos a lo largo de la historia de la televisión -en el caso de España- de proporcionar a niños y adolescentes programas culturales o educativos. Algunas de estas tentativas tuvieron cierto éxito. En la actualidad, gracias a los índices de audiencia, se hace improbable que se pueda repetir el experimento a no ser que organismos, asociaciones, o ciudadanos organizados, presionen a las cadenas de televisión para establecer este tipo de programas.

La telebasura en México

La tele-basura, es denominada así porque utiliza temas de interés humano que apelan emotivamente y explotan elementos de atracción para la audiencia como: el sensacionalismo, el morbo, el escándalo, el sexo, la violencia y el sentimentalismo.

La parrilla de la TV abierta en México se sustenta básicamente en los contenidos que aparecen en una inconcebible y excesiva apuesta por las telenovelas. A todas horas hay telenovelas. Y lo que es peor, vista una vistas todas: traición, clasismo, lloriqueos, machismo, histeria, infidelidades, ambición, racismo, hipocresía, manipulación, crueldad…

Es evidente que este tipo de programación entretiene a una gran parte de la audiencia, pero a través de contenidos mediocres. Los conductores de dichos programas aparentan preocupación por la sociedad, pero lo único que hacen es exhibir el sufrimiento, sentimientos y comportamientos íntimos de otras personas. Así, mientras los protagonistas de estos programas son la misma sociedad, los responsables de generar este tipo de televisión obtienen grandes ganancias. Este tipo de programación tiene efectos importantes en la sociedad, ya que la mantienen ajena a la realidad y la vuelven acrítica, sin motivar el desarrollo de una opinión libre y fundamentada; por lo contrario, forman un obstáculo. Así, mientras una de las funciones de la TV es comunicar y difundir programas éticos y de calidad, se presentan este tipo de programas en total crecimiento.

Es imprescindible que todos seamos conscientes que las emisoras de televisión podrían ser uno de los ejes básicos para el fomento de la educación de los telespectadores.  Y en el caso de este género televisivo, es evidente que  este tipo de programación niega las posibilidades de la información audiovisual como fuente de formación. Anula la capacidad de reflexión del ser humano.

La telebasura, además de causar efectos de irracionalidad a la sociedad, afecta directamente al público infantil puesto que se encuentran en una etapa de formación y suelen ser más fácil de manipular. Así pues, la telebasura motiva falsas expectativas, ya que promueve el sueño de una fama fácil, que no requiere esfuerzo y donde se obtienen ganancias rápidamente a costa de ventilar su propia intimidad o la de otras personas.

Los psicólogos han destacado que entre los efectos nocivos para la audiencia infantil que conlleva ver muchas horas de TV se encuentran los siguientes:

-Presenta la violencia como parte normal de su entorno, a tal grado que se entienda como única vía para dar solución a un problema o conflicto.

-Influye en la adopción de formas de pensar y de consumo.

-Sustituye la TV por otra actividad diaria, llámese deporte, juego o tareas educacionales.

-Alienta la frivolidad e indiferencia, en torno a los sufrimientos y dolor de otras personas.

-Promueve los estereotipos y los prejuicios.

Cierto es que la violencia existía antes que la Televisión, muchísimo antes. Pero igualmente cierto es que ella se ha apropiado de los temas violentos para convertirlos en su leit motiv, y que los distribuye en cantidades industriales, a diestra y siniestra, sin mirar quién los recibe ni qué se hace con ellos. Y no deja de ser curioso verificar que cuando se le hace notar (a «la Televisión»), que el material que pone en el aire viola preceptos éticos, que produce daños graves en las mentes infantiles, que altera su comportamiento, que los desensibiliza y que los confunde, siempre se halla más dispuesta a autocensurar los contenidos sexuales que los violentos, como si fuese infinitamente más grave contemplar la desnudez que la muerte gratuita o la tortura.

Los productores no tienen los conocimientos que se necesitan para desenvolverse en el campo televisivo y por tal razón, las producciones tienen poca planificación y baja calidad. La industria cultural promueve productos dirigidos a la cultura de masas, a través del medio televisivo; por ejemplo, transmiten programas con baja calidad en su contenido y ayudan a estimular la irracionalidad de los espectadores; van degradando de forma peyorativa la conciencia social que pudieran tener, a fin de convertir dichos productos televisivos en una mercancía cultural que les permita obtener más ganancia a un bajo costo de producción.

Este fenómeno pseudo-cultural mantiene alienados a los espectadores, y los convierte en actores protagonistas de un consumismo en el que se asumen en un entorno del que probablemente no pertenecen. La telebasura trasmite programas fragmentados, ya que son simples y no hay necesidad de razonar en torno a ellos.

Además, transmite mensajes uniformes y estandarizados por destinar un bajo presupuesto para su producción, pues resulta más sencillo y pretencioso a favor del poder, tener menor variedad de contenidos con calidad que estimulen la racionalidad del espectador. Más bien, promueven con su programación basura, valores y estereotipos que a ellos benefician.

Estimulan la mediocridad y van disminuyendo la racionalidad, además la mantienen ajena a la realidad social.

La telebasura es como una fuga a la realidad. Crea gente irracional e irreflexiva con poca crítica. La telebasura es un claro ejemplo que nos demuestra que al gobierno no le conviene tener individuos pensantes que reclamen una mejor programación televisiva por ejemplo, mejores condiciones sociales o un mejor país, y por eso suelen decir el dicho “circo y pan al pueblo”, que equivale a tener una sociedad alienada cada domingo con futbol y un reality show, cada noche con una novela, cada tarde con chismes del espectáculo o todos los días con noticieros que sirven a su voluntad. La telebasura no tiene pretensiones de realizar producciones artísticas o educativas, sino simplemente “llamativas”.

Quiero hacer hincapié en que a los grupos de poder les interesa seguir transmitiendo programas telebasura que fomenten la a-culturización de la sociedad, ya que no es conveniente para ellos tener individuos pensantes con una ideología crítica de los diferentes acontecimientos sociales y políticos que pudieran presentarse, puesto que si eso sucediera, serían liberados de esa alienación en la que se mantienen y serían partícipes de la realidad social en la que nos encontramos. Si analizamos la ideología de la sociedad desde el capitalismo, y el capitalismo responde a una sociedad en la que el poder tiene la última palabra así, la industria cultural responde a las necesidades del capitalismo.

Todos estos programas siembran en la sociedad los estereotipos que a ellos conviene, la mujer ama de casa, el hombre intelectual, la mujer delgada, el hombre metrosexual, y dichos estereotipos responden sencillamente a la conveniencia del poder, ya que se promueven en la TV que es un medio de comunicación que tiene mucha más influencia de la que nos imaginamos ante nuestra sociedad.

En cuanto a la educación política televisiva, evidentemente NO existe como tal y lo que se ofrece está completamente dirigido a manipular. Los comerciales (curioso término para este asunto) del gobierno de la República, de la Secretaría de Gobernación, o donde aparecen políticos, son de plástico, no son creíbles. Son una tomadura de pelo, un insulto. Pero como dijo el nazi Joseph Goebbles, a base de repetir las mentiras mil veces se cocinan como verdades en nuestra mentalidad.

Por otra parte, NO hay debate político real en televisión, ni en ningún medio. Lo que hay es descalificación e insultos. Un despropósito totalmente inmaduro. Con razón la sociedad ya no distingue entre los partidos políticos porque no hay comunicación de estos con la sociedad a través de la televisión. Para un televidente común es lo mismo el PRI que el PAN que el PRD o MORENA. No nos informan, no sabemos a ciencia cierta cuáles son sus propuestas y proyectos políticos, lo que demuestra que la televisión es un enemigo, no un aliado, porque desinforma y genera una nula visión social de la política.

Las entrevistas televisadas a los políticos suelen ser igualmente decepcionantes, porque el formato conservador que las envuelve impide que la subversión y la crítica del poder alcance a las audiencias.

El descomunal e inmoral gasto público que los partidos despilfarran en publicidad, elección tras elección, no se orienta en dar a conocer los problemas económicos, sociales y culturales del país y las posibles estrategias para solucionarlos sino que importa más hacer un par de promesas electoreras que no son más que migajas de lo que debe ser una coherente difusión de las políticas públicas. Esto finalmente lo que produce son votantes confusos, desconfiados y sobre todo indiferentes a la práctica política. Perfecto para las plataformas de dominación.  

Pero no basta con preguntarnos ¿qué está pasando? o ¿cómo hemos llegado a esto? La solución está en detenernos a observar la realidad y a pensar el futuro de la televisión de manera más crítica y racional.

Falta interés por parte del estado y de nuestra sociedad, en una verdadera apuesta por la calidad, que cultive valores más dignos del espíritu humano, y esto puede conseguirse con simple profesionalidad y sentido de responsabilidad social. Pero respecto a esta problemática es evidente que a muy pocas personas les preocupa este reflejo social de nuestro país, que a nadie parece interesarle lo que está ocurriendo, hasta el extremo que estamos llegando: el adocenamiento estático.

La televisión es una de las culpables de la deshumanización de nuestra sociedad, creando seres irracionales, irreflexivos y sobre todo, pasivos. Es evidente que este tipo de género televisivo -basura- es muy responsable de la creciente degradación de los valores humanos y de la proliferación de la violencia en todos sus órdenes. De los nuevos estereotipos de nuestra sociedad y de las consecuencias que todo esto conlleva: agresividad, psicopatías, egoísmo, consumismo, brutalidad.

Mejor apaguemos esos artefactos y optemos por otras fuentes de alimentación cultural más saludables, que no nos denigren, porque parece que todos pusimos el cerebro a dieta para no pensar.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

Leave a Reply

  • (not be published)