PRIMER BAT – EL LABERINTO CATALÁN

Posted on octubre 12, 2017, 6:30 pm

ERNESTO RAMÍREZ

Una de las mayores dificultades que entraña escribir sobre el nacionalismo es el logro de la ecuanimidad argumental, amenazada siempre por la influencia del aspecto emocional que subyace históricamente y ha subyacido siempre en esta cuestión en España.

Trataré de reflexionar a partir de los acontecimientos ocurridos en Cataluña después de la convocatoria y celebración de un referéndum que se ha convertido después del 1 de Octubre de 2017 en uno de los focos mundiales de atención política, sobre todo por la represión del gobierno central del acto, más allá del resultado final: muy superior en el SI, con un 90%.

También hay que tener en cuenta que ha habido bastantes irregularidades en las votaciones, en las que, por poner un ejemplo, en varios municipios se han registrado más votos que habitantes censados.  O las urnas en los bares, en cualquier calle; urnas que ya venían llenas, con las papeletas marcadas y otros dantescos detalles más propios de un jardín de infancia.   

Efectivamente, cuando uno recibe las imágenes de la brutal represión contra algunos ciudadanos catalanes que querían ejercer su voluntad de expresar un sentimiento o una idea política a través del voto -y esto incluye a jóvenes, mujeres y ancianos jubilados- lo primero en que se piensa es que la estrategia secesionista está teniendo éxito, porque nos ponemos, queramos o no, del lado de las víctimas oprimidas por el ejercicio de una violencia estatal desproporcionada e inútil, como también han sido desproporcionadas e inútiles las agresiones de sujetos radicales a las fuerzas de seguridad estatales y autonómicas.

De todas maneras consideremos también que las fuerzas del orden catalanas igualmente reprimieron en varios puntos –por ello les increpan de fascistas los separatistas- y esas mismas autoridades son las mismas que la alcaldesa Ada Colau no alertó sobre la amenaza terrorista previa al atentado de Barcelona y que derivaron en la masacre de las Ramblas y que después capturaron a los asesinos. ¿Se trata de disolver las fuerzas del orden público?  

El gobierno de Mariano Rajoy se ha equivocado gravemente en la gestión de este problema y no ha hecho nada para anticiparse a estos hechos, sin duda. Como en casi todo. Y el movimiento independentista ha salido claramente reforzado a los ojos de España y del mundo. Me pregunto: ¿si el resultado del referéndum no era vinculante jurídicamente, para qué arrestar, reprimir, golpear y prohibir? Si tienes la ley de tu parte, no cometas el error de transgredir tú las normas para abrir el camino a los mártires.

Y hubiera sido como el referéndum que convocó el derechista Artur Mas el 9 de noviembre de 2015, que supuso un grandísimo gasto para una economía en galopante crisis y el desvío nuevamente de la atención de todo el país a un problema que parecía superado al menos en teoría. De cualquier forma el resultado fue ligeramente mayor para el SI a la autodeterminación pero no dirimió nada legalmente.

Pues ese ha sido el problema básico: dos posiciones histéricas igualmente intolerantes que se han olvidado de la convivencia democrática y del diálogo. En estos casos, comparto la idea de que -como dijo el cantante Sting- “el nacionalismo es la causa de todas las guerras” o como dijo Samuel Johnson, “es el último refugio de los cobardes”.

Por ello, hay que situar el ojo crítico también en el asunto de la independencia per se y no entregarle tan rápido todas las credenciales de la libertad, la honestidad democrática y la revolución desobediente ¿civilizada? a una demanda política que es muy antigua -y precisamente- no construida sobre esos principios tan “dignos”, sino que han sido tradicionalmente cooptados -como suele suceder- por un grupo, una minoría de poder, una oligarquía que utiliza el viejo mito de la patria para traficar con intereses particulares y no del interés general -ni catalán, ni nacional, ni español- como parecería ser a todas luces según una visión maniquea de la historia que se ha convertido en un cínico mantra. Me explico.

Es condición sine qua non considerar el asunto como la implosión de algo que se viene cocinando, como casi todos los procesos, conflictos y contradicciones políticas de nuestra especie, desde la historia misma, desde la contingencia histórica, algo que solemos esconder en la comodidad de la rapidez y en una percepción exclusivamente “presentista” y parcial de los conflictos culturales, económicos, sociales y políticos que nos rodean.

En otro artículo publicado en este portal ya he hablado del nacionalismo como una construcción “limitada” e “imaginaria”. España es una idea, una quimera, un concepto, pero que, mal que bien y a trompicones, se ha hecho jurídico formalmente a partir de la Constitución de Cádiz de 1812. España no nació con los Reyes Católicos. Aquello fue la semilla, el embrión de ese “ser español” que sigue -y seguirá- siendo un feto no dado a luz.

Hay varias Españas dentro de una, y eso es lo que la Constitución de 1978 dejó abierto: la posibilidad de una convivencia plurinacional aprobada por todas las ideologías que tenían representación en el Parlamento en ese momento histórico: socialistas, conservadores, comunistas, centristas… llegaron a un punto en común.

Aunque el franquismo tratase durante 40 años, de homogeneizar a base de águilas imperiales, nostalgia feudal, crucifijos y mamporros inocular la idea y el pensamiento único del nacional-catolicismo de la España “Una, Grande y Libre”, sigue siendo una verdad como un templo que no tiene tanto -o nada- que ver esencialmente un andaluz con un vasco, un asturiano con un navarro, un castellano del norte con un castellano del sur, ni un catalán con un extremeño o un balear. O un canario. Y eso, no tiene por qué ser un problema.

La historia

España, en la historia, ha sido un territorio permanentemente conquistado, colonizado, invadido y explotado, como tantos otros. Su privilegiada posición geográfica entre dos continentes (algunos andaluces dicen hoy que Europa empieza más al norte de ellos y que son más africanos) y su enorme litoral explican una mayor variedad de “pueblos” que vinieron para quedarse por las buenas o por las malas: Íberos, celtas, celtíberos, vacceos, griegos, fenicios, romanos, hispanorromanos, visigodos, suevos, vándalos, árabes, alanos, musulmanes, almorávides, almohades, judíos, conversos y marranos viejos, etc.  

¿Y quiénes eran los catalanes? Pues un grupo de personas que vivían en la zona noreste de la península que fueron, poco a poco, mirando por sus intereses terrícolas desde aproximadamente la conversión de ese terruño en la llamada “Marca Hispánica” del Imperio de Carlomagno hacia el siglo IX d.C.

A partir de ahí, Cataluña (etimología incierta) un condado, que no un reino, tuvo la cabeza muy alta y una mirada estrábica y periférica: miraban más allá de los Pirineos -esto es, Francia- pero también más acá -esto es, España y su costa mediterránea. Es decir, que el asunto se trataba de expandir tierras de vasallaje y acumular poder y privilegios, con la divina anuencia, claro, de la Iglesia, la otra gran latifundista además de la Corona. Fuera esto en España que no existía como entidad territorial o fuera en “Andorra”, el Mediterráneo o el reino de la Corona de Aragón, al cual estaban integrados claramente desde finales del siglo XII. Por su parte, la Generalitat (Parlamento o Cortes catalanas) estaban integradas ya plenamente en las Cortes del reino de Aragón desde el año 1192 de Nuestro Señor.

No olvidemos que por entonces los árabes ocupaban casi la mitad de la península ibérica. Lo que añadía a las ambiciones un peligroso componente espiritual. En un mundo estático como lo era el Antiguo Régimen en Occidente, el dinamismo económico y sobre todo político se encarnaba en las monarquías y en la aristocracia hereditaria: reyes, condes, duques, archiduques, marqueses y todos esos títulos nobiliarios eran los dueños de todo junto con los equivalentes de la jerarquía eclesiástica. Todo el mundo diplomático internacional y “nacional” se fraguaba, por tanto, en función de dinastías y matrimonios monárquicos que unían o separaban a su antojo unos territorios de otros. Las guerras en Europa ocurrían por lo mismo, salvo en el asunto con los protestantes o los ya habituales sarracenos musulmanes, que dirimían en ese caso de forma bélica al ser supremo más adecuado para someter a sus sociedades bajo dogmas monoteístas concretos.

Pues bien, las primeras nociones de un territorio “catalán” las construyeron dichos estamentos dominantes. Lo mismo pasará en la modernidad: los rebaños serán manejados por unos pastores o por otros. Pero no nos adelantemos.

En este orden de cosas, para el siglo XVI un personaje llamado Carlos (Primero de España y Quinto de Alemania) heredaría legalmente un inmenso territorio que incluía por supuesto las montañas de la sierra tramontana catalana. Comenzaba el reinado de la Casa de Austria o Habsburgo llamada así por su origen austríaco o borgoñón-flamenco, que disfrutaría del mayor botín geográfico hasta entonces del mundo con la incorporación de los descomunales y ricos territorios de América.

Ya en estos años, hubo unas revueltas de tipo popular y burgués conocidos como los movimientos de los Comuneros y las Germanías en contra de un poder absolutista de origen centroeuropeo en Castilla (Segovia, Valladolid, Burgos) y Aragón (en lo que hoy son las islas Baleares y Valencia). Ambas rebeliones fueron aplastadas sin piedad por el poder central de Carlos V. A grandes rasgos significó la reafirmación del poder de la aristocracia y de los “grandes de España”  sobre los sectores de origen campesino y pequeño-burgués que se puede decir se mantuvo sin cambios drásticos en país agrario y poco industrializado como fue España hasta bien entrado el siglo XX. Precisamente el dinamismo industrial catalán ha sido factor de gran relevancia para explicar sus posiciones reivindicativas frente a la Castilla agraria y tradicional.

Después de Carlos, llegó Felipe (II). Después, Felipe (III) y después Felipe (IV). Con este último aparecen por primera vez de manera clara los catalanes rebeldes en contra del poder central. Después, los integristas, evidentemente, como ya hicieron los vascos intransigentes, se han inventado una tradición genealógica, revolucionaria y subversiva catalana “pura” mucho más lejana en el tiempo. Pero no. Fue a partir de 1640 y un episodio brutal, pero puntual.

Este asunto se originó porque la Monarquía imperial exigía un pago de impuestos extraordinarios -como a todos los castellanos- para sufragar los gastos bélicos en Europa que eran muy elevados y los metales que se explotaban y llegaban de América ya no eran tan redituables. El caso es que se armó un conflicto violento que duró casi una década hasta que la brutalidad restableció el orden y todo volvió a la misma situación, con Cataluña subordinada a la Corona de Aragón y por supuesto a la Corona de Castilla. Recordemos que en ese entonces había 4 reinos: la Corona de Castilla, la Corona de Aragón, el reino de Navarra  y el reino de Portugal, que precisamente después de 60 años se separó definitivamente de la Monarquía española.

Después, con el reinado del último de los Austrias, Carlos II, y la no sucesión del trono por falta de hijos biológicos, llega la llamada Guerra de Sucesión entre 1700 y 1714 entre la Casa de Austria y la Casa de Borbón francesa. Aquí los catalanes, curiosamente, después de haber mirado toda la vida a Francia con buenos ojos, deciden apoyar el bando austriaco, que a la larga sería el perdedor. La consecuencia inmediata fue el advenimiento en España de la dinastía borbónica (Felipe V) y las pérdidas para Cataluña de una serie de privilegios (Fueros) por su apoyo anterior a los Austrias en los llamados Decretos de Nueva Planta, eternos justificantes del argumento de la represión centralista del Estado hacia Cataluña.

A partir de aquí, la historia de Cataluña ya no pudo convivir cabalmente con la historia castellana en términos políticos, pero el resentimiento histórico le ha proporcionado -a base de insistir con una versión por momentos real y por momentos hasta cómica- una serie de prebendas y privilegios que ningún territorio español, salvo los vascos, han podido disfrutar. Esto no lo explica la solidaridad y fraternidad entre los ciudadanos patriotas, sino la habilidad a la hora de hacer negocios de las clases dominantes con el poder central, por muy absolutista y centralista que este fuera, que lo era. Y lo era con todos los súbditos.

Para no hacer el cuento muy largo, por el siglo XIX avanzado, el catalanismo va tomando el cuerpo simbólico necesario de todo nacionalismo. Además de la Generalitat, se crea la actual bandera (la Senyera), las festividades populares del 11 de septiembre (por el recuerdo de la derrota en la Guerra de Sucesión), el divino patrón San Jordi (héroe de míticos orígenes medievales que mataba dragones) y la matrona, la Virgen de Montserrat.

Esto, coincidiendo con la caída final del Imperio colonial español sumado a la penetración de ideas anarco-sindicalistas y marxistas, daría como resultado, por un lado, el nacionalismo burgués de toda la vida producto de la fortaleza industrial, con la variante, por otra, del nacionalismo republicano de izquierdas producto del avance del movimiento obrero, siempre en contra del poder estatal central. A todo esto se le metió en el saco de la llamada Reinaxenca (Renacimiento) de la nación catalana.

El siglo XX

Definiría bastante los perfiles de lo que estamos viviendo hoy. España era una monarquía parlamentaria, seguía siéndolo a pesar del fugaz e insólito periodo republicano de 1873 (Hubo 4 presidentes del gobierno en un año). La crisis de 1898 generalizó un deseo de cambios en el desprestigiado sistema político de la Restauración (=monárquica).

Los primeros años de la monarquía de Alfonso XIII se caracterizaron por los intentos de los nuevos líderes de los partidos dinásticos de reformar el sistema, pero los proyectos de regeneración y de modernización fracasaron. Es normal si consideramos el atraso económico, social y cultural general, la ineficacia de un bipartidismo joven y falso, y la pervivencia de un sistema caciquil y represivo.

Aun así, el catalán era el nacionalismo de mayor relevancia en las primeras décadas del siglo XX. Estuvo dominado por la Lliga Regionalista, fundada en 1901, y liderada por Enric Prat de la Riba, autor de La nacionalitat catalana (1906), y Francesc Cambó. Esta formación política consideraba que se de­bía compatibilizar la regeneración política y la modernización económica con su reivindicación de la autonomía de Cataluña.

La naturaleza moderadamente reformista de la Lliga Regionalista le convirtió en el partido de la burguesía y de las clases conservadoras ur­banas y rurales catalanas, y extendió su influencia a toda Cataluña. Pero no contó con el apoyo de las clases obreras por la ausencia de un programa serio de reformas sociales. Practicó una política pactista colaborando en ocasiones con los partidos del turno. Su creciente conservadurismo llevó a un sector de nacionalistas de izquierda a formar el Centre Nacionalista Republicà.

Un momento decisivo del catalanismo fue 1906, con la ley de jurisdicciones. Considerada como un instrumento para reprimir el catalanismo, suscitó un movimiento de protesta generalizado de la sociedad catalana contra el in­tervencionismo militar. Ese año todas las fuerzas catalanistas formaron un frente común llamado Solidaridad Catalana, que obtuvo en las elecciones generales de 1907 un espectacular éxito (41 de los 44 escaños correspon­dientes de Cataluña).

Pero este movimiento se truncó a raíz del apoyo de Cambó al presidente del gobierno Antonio Maura y de los sucesos de la Semana Trágica Catalana (un conflicto político, antimilitarista y antirreligioso que acabó con fusilados en 1909). Desde ese momento el catalanismo fue capi­talizado por la Lliga, cuyo dirigente, Prat de la Riba, presidió la recién cons­tituida Mancomunidad de Cataluña, órgano político y administrativo al que la Ley de Mancomunidades de 1912 permitía que las diputaciones provinciales se mancomunaran solo con fines administrativos. Significó un cierto reconocimiento de la personalidad de Cataluña y un instrumento al servicio de la Lliga, que entró en vigor en 1913.

El periodo de 1917-1923 marcó la crisis definitiva de la Restauración. La inestabilidad política, el creciente protagonismo de los militares, la aguda conflictividad social y el problema colonial en el Protectorado de Marruecos crearon el clima favorable a una solución autoritaria que sobrevino con el golpe de Estado del general Primo de Rivera.

La Lliga se puso al frente de un movimiento popular en favor de un gobierno autónomo y elaboró un proyecto de estatuto. El fracaso de la campaña autonomista produjo su escisión. Jóvenes nacionalistas más radicales fundaron Acció Catalana en 1922. Por su parte, la izquierda catalanista desarrolló nuevas propues­tas frente al conservadurismo burgués de la Lliga. Ese mismo año Lluis Companys fundó el sindicato Unió de Rabassaires y Francesc Macià for­mó Estat Catalá, un partido claramente independentista.

Un Directorio Militar proclamó el estado de guerra durante 1923-1925, sus­pendió la Constitución de 1876 y las garantías constitucionales, disolvió las Cortes, implantó la censura de prensa y prohibió las actividades de los par­tidos políticos y de los sindicatos. Impuso el orden público con duras medidas represivas contra la CNT (Central Nacional de Trabajadores) y el PCE (Partido Comunista de España, recién creado). Se reprimió cualquier manifestación del nacionalismo, tacha­do de separatista, y se prohibió el uso del catalán en el ámbito oficial. Con el Estatuto Provincial (1925) desapareció la Mancomu­nidad, lo que potenció el nacionalismo radical e incluso separatista.

El fracaso del “regeneracionismo” autoritario de la Dictadura de Primo de Rivera, de claro corte autoritario y fascista (inspirado especialmente en la Italia de Mussolini) arrastró a la propia monarquía y abrió paso a la implantación de la República en 1931. Las elecciones municipales del 12 de abril dieron el triunfo, en las grandes ciudades a la coalición de republicanos y socialistas. Alfonso XIII sin apoyos, abdicó y se proclamó la república.

El mismo día 14 de abril Francesc Maciá, líder de Esquerra Republicana, proclamó la república catalana como Estado independiente que se integraría en una “federación de pue­blos ibéricos”. Pero el gobierno republicano logró un compromiso por el que se restauraba la Generalitat, como gobierno autónomo de Cataluña, hasta la aprobación del estatuto de autonomía. La república se configuraba como un Estado integral compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones. Varias provincias podrían organizarse en región autónoma. La distribución de competencias entre el Estado y las regiones autónomas se hizo primando la supremacía del Estado. Finalmente, cada estatuto de autonomía debía ser aprobado por las Cortes.

En el caso de Cataluña el proyecto de estatuto sufrió importantes recortes respecto a las pretensiones de Maciá a su paso por las Cortes. La intervención de Azaña y la reacción de consenso que pro­vocó entre todos los sectores republicanos el fracaso del golpe de Estado del general Sanjurjo en 1932, facilitaron su aprobación. Las instituciones autonómicas (la Generalitat, el Parlamento y el Tribunal de Casación) obtuvieron competencias exclusivas en derecho civil y régi­men administrativo, en la red secundaria de transportes y sanidad y ser­vicios sociales; también obtuvieron competencias compartidas en educa­ción, orden público y hacienda.

No obstante, el desarrollo del estatuto autonómico nuevamente tensionó las relaciones entre el gobierno republicano y los catalanes a raíz sobre todo del progresivo avance electoral de la recién creada Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), nuevo partido político que aglutinó a las derechas regionales y comenzó a penetrar en el gobierno autonómico, que para los catalanes era una amenaza.

Entonces aquí ocurre algo muy importante: Lluís Companys, presidente de la Generalitat, proclama unilateralmente el Estado Ca­talán dentro de la República Federal Española, quebrantando con ello la le­galidad republicana. La intentona de rebelión armada fue rápidamente abortada por la guarnición militar de Barcelona. O sea, la izquierda republicana metiendo los tanques. ¿Por qué? Porque se quebrantó la legalidad. ¿Les suena familiar? Ya no fue el fascismo rancio de la derecha, sino la izquierda, la que impuso por la fuerza las condiciones de la democracia.

Ante las elecciones de febrero de 1936, se adoptaron una serie de medidas urgentes en cumplimiento del programa electoral republicano. Se concedió una amnistía general para los encarcela­dos por los acontecimientos de octubre de 1934, entre ellos Lluís Companys, que fue repuesto como presidente de la Generalitat, y se restable­ció la autonomía de Cataluña.

El 17 de julio de 1936 comenzó la sublevación militar en las guarniciones del Protecto­rado de Marruecos y al día siguiente se sumaron otras guarniciones de la Península. El fracaso de la rebelión militar en la mayor parte de las grandes ciudades derivó en una trágica y sangrienta guerra civil que duró tres años. La guerra civil finalizaba el 1 de abril de 1939 con Franco convertido en generalísimo de los ejércitos, jefe del Estado, del gobierno, del partido único y caudillo de España. Inmediatamente empezaba una larga posguerra marcada por la revancha y la represión. Para Cataluña la dictadura (la real) significó la extirpación súbita y salvaje de todos los logros que se habían conseguido en materia de autonomía en casi un siglo.

Entre el siglo XX y el XXI

Franco fallece el 20 de noviembre de 1975. Juan Carlos I de Borbón juraba su cargo como rey el 22 de noviembre de ese mismo año con la voluntad de ser el rey de todos los españoles. Había sido educado bajo la tutela de Franco y elegido para continuar su obra cuando muriera con el apoyo del ejército y de los políticos reformistas del régimen. La oposición antifranquista cuestionó la legitimidad del rey y de la monarquía por considerar que provenía de la victoria militar y apostó por la ruptura del franquismo.

No obstante, el consenso entre los políticos reformistas provenientes del régimen y los antifranquistas facilitó una ruptura pactada que permitió el tránsito de una dictadura a un régimen democrático en un tiempo bastante breve.

El 6 de diciembre de 1978 la Constitución se sometió a referéndum tras una intensa campaña favorable al sí. Votó el 67 % del electorado censa­do y fue aprobado por el 87 % de los votantes. Tras ser sancionado por el rey y publicado en el Boletín Oficial del Estado, se disolvían las Cortes y se convocaban nuevas elecciones legislativas.

La Carta Magna recogía en sus 169 artículos las característi­cas esenciales de las democracias occidentales y del constitucionalismo es­pañol con el fin de establecer una “sociedad democrática avanzada”. El ar­ticulado del Título Preliminar definía a España como un “Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo po­lítico”. La libertad se convertía en el valor de valores. Proclamaba que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los po­deres del Estado”, cuya forma política es la monarquía parlamentaria. Se fundamentaba en la “indisoluble unidad de la Nación española”, al mis­mo tiempo que reconocía y protegía el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.

Esta última cuestión de las nacionalidades es lo que hay que resolver de forma madura y no policial: constitucional y pactada. ¿Pero quién lo pacta? Las formaciones políticas autonómicas del gobierno catalán, de una parte y el Estado representado por las principales fuerzas políticas votadas, de otra. Que lo pacte el global de los ciudadanos es, de momento, una utopía trasnochada. Como todo en estas democracias.

Aquí es donde el laberinto catalán comienza a ser una pesadilla. ¿Acaso creen los independentistas o secesionistas que una vez lograda la independencia la democracia va a ser popular, horizontal, directa y universal? ¿Que el poder va a ser más transparente y cercano porque no hay monarquía?

El asunto de la legalidad del referéndum convocado de forma unilateral vuelve a ser casi lo mismo que ocurrió en 1934. Lo que no es legal no es el referéndum. Es que la Constitución no reconoce ni prescribe una consulta de carácter independentista o secesionista. Eso es lo que se está confundiendo, y mucha gente cree que lo que se prohíbe es la libertad de expresión, la autodeterminación, el voto popular, la democracia y el derecho a decidir. Y si no hay un referéndum de tal naturaleza, menos aún se permite desde la Carta Magna la declaración formal unilateral de independencia de cualquiera de las provincias autonómicas de España.

En este caso, una proclamación de independencia de una de las autonomías, el artículo 155 de la Constitución española otorga a las fuerzas del orden y de seguridad del Estado la potestad de aplicar la ley con la intervención policial y militar e incluso el arresto de las personas implicadas en un cargo reconocido jurídicamente como sedición o traición a la patria. ¿Me siguen? Claro, para los catalanes eso es fascismo. ¿Se imaginan a la policía nacional y la guardia civil rodeando un parlamento catalán para arrestarlos? ¿Qué diría el mundo sin conocerse este trasfondo legal? Sin embargo, desde esta situación… ¿Quién ejerce el fascismo primero?

Los políticos secesionistas quieren aparentar que son progresistas, y además de izquierda, cuando sus tácticas, estrategias y discursos están más cerca no ya de la derecha neoliberal, sino de la ultraderecha xenófoba y racista que ha alimentado el Brexit en el Reino Unido y que quiere liquidar la Unión Europea a través de sus líderes más rancios e intolerantes como por ejemplo en Francia, en los Países bajos, en el Piamonte italiano o la Baviera alemana.  En Cataluña todo aquel que no comulga con el independentismo es insultado, marginado, despreciado y acusado de fascista cómplice del fascismo. Afortunadamente el anti-independentismo está empezando a rebelarse contra eso, y de forma pacífica.

Mientras no se convoque una nueva Asamblea Constituyente y las Cortes Generales y el Parlamento español -no solo el catalán- que son los sistemas básicos de la legislación nacional de esta democracia, aprueben nuevos artículos respecto a la legalización de un “referéndum secesionista” nada de este despropósito de ambas partes va a llegar a ninguna parte, o al menos no debería llegar.

El señor Rajoy y el señor Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, se enfrascaron en posiciones casi irreconciliables. El problema ya viene desde, sobre todo, el comienzo de la crisis en 2007, con una Cataluña en la que se han hecho políticas de austeridad internas que han provocado una situación muy complicada en todos los sentidos.

Desde 1982, con los gobiernos de Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y el propio Rajoy, el Estado Central y Cataluña llegaban a acuerdos en los que se negociaban prerrogativas a cambio de apoyo parlamentario para los presupuestos generales u otras cuestiones nacionales. Por muy cuestionables que fueran dichos acuerdos y chantajes mutuos por los que pagaba todo el país, se llegaba a acuerdos.

En democracia no hay cabida para el unilateralismo, porque entonces no es democracia, es fascismo. El referéndum del Govern catalán se ha saltado a la torera la Constitución española de 1812, la de 1876 y sobre todo la de 1978. Y sobre todo este proceso histórico no tiene en cuenta algo fundamental: al resto de españoles en la decisión. Ellos deciden que el país pierda un quinto del territorio, un quinto de la población y un quinto de la riqueza económica y cultural.

¿Eso es demócrata? Entonces mañana se va a querer independizar el pueblo de mi abuelita o el barrio del tendero de la esquina. Porque tienen el derecho a decidir. Olé. Que venga entonces la Guerra de los Balcanes y la atomización suicida. Dicen los catalanes independentistas que “las urnas por encima de todo”. Pero sus urnas. ¿Por encima de todo? A mí, eso me huele a cortina de humo, es tergiversar la cuestión de forma esquizofrénica.

Por supuesto, también hay que pensar que existe subjetivamente el derecho de sentir el independentismo y el deseo de autodeterminación, sentir que ése es el verdadero espíritu de la libertad de los pueblos, de la digna rebelión, de la auténtica desobediencia civil, del anticapitalismo emancipador, de la heroica anarquía popular, del heroico republicanismo antimonárquico contra un gobierno decrépito, intolerante y autoritario como es el gobierno del PP desde 2011. Y esto puede ser verdad. Eso puede estar muy bien. Por eso muchos jóvenes y catalanes más mayores tradicionalmente españolistas se han pasado al bando separatista.

Ahora bien. La cuestión es más complicada que eso. Por ejemplo, ¿no ha tenido nada que ver en esta radicalización el adoctrinamiento permanente del sistema educativo catalán y la presión directa o indirecta de los sectores proselitistas del poder que cuentan con sus medios propios de comunicación y de propaganda para promover un nuevo pensamiento único? Porque manipulación no solo hay en el gobierno central. ¿O sí?

Preguntémonos por algunas cosas y por algunos escenarios posibles de aprobarse legalmente la Independencia en un futuro:

¿Cuál ha sido la dinámica del chantaje económico catalán al Estado español históricamente?

¿Realmente es defendible hoy la construcción de una versión de agravio histórico por parte del Estado represor cuando Cataluña ha sido la región mejor tratada económicamente de la democracia moderna?

¿Por qué no se hace pública del todo la cuantía y el costo de la corrupción de la Generalitat presidida por Jordi Pujol por más de 20 años?

¿Por qué precisamente se reactivó el separatismo con la crisis económica cuando en 40 años nunca fue una cuestión tan crucial y sobre todo factible para ellos?

¿Por qué el gobierno catalán, no el español, recortó brutalmente el presupuesto en salud, empleo y educación a partir de 2008?

¿Es casualidad que a fecha de 31 de julio de 2017 los cargos imputados por corrupción en Cataluña sea el mayor del país con 303 de acuerdo con datos del Consejo General del Poder Judicial?

¿Qué perspectivas concretas de libertad, fraternidad y prosperidad económicas ofrece el independentismo?

¿Cómo van a gestionar la autodeterminación? ¿Sin instituciones tradicionales?

¿Ya no son suficientes las competencias autonómicas trasferidas en Justicia, Legislación, Salud, Vivienda, Empleo, Hacienda, Educación, Seguridad o Televisión…?

¿Qué significaría estar fuera de la Unión Europea?

¿Es que Cataluña de la noche a la mañana dejó de ser europeísta?

¿Por qué junto a la Senyera aparece la bandera de la UE en los actos oficiales?

¿No son conscientes de que si triunfan podrían inaugurar procesos similares de desintegración continental en la propia España y en la Unión Europea de consecuencias bastante sombrías de ese calibre?

¿Separarse es resolver la crisis económica y ser inmunes a la dinámica financiera mundial y la globalización capitalista?

¿De verdad tienen un modelo económico alternativo consensuado con sus seguidores? ¿Por qué no son más claros en eso?

¿Cómo van a gestionar la virtual salida de las inversiones extranjeras y nacionales de Cataluña producto de esta decisión?

¿Qué va a pasar con los bancos catalanes -La Caixa, Banco Sabadell- que no están en Cataluña?

¿Qué van a hacer los catalanes que trabajen o tengan empresas fuera de Cataluña?

¿Pretenden alejarse de otras lenguas y culturas, de otras nacionalidades porque piensan que su cultura es superior?

¿Pretenden reprimir o marginar a los catalanes que no son independentistas como ellos?

¿Piensan que no es posible que una minoría oligárquica de poder con fantasías igual de totalitarias superiores a las que supuestamente el Estado español represor también se fosilice en la Cataluña libre?

¿Serán capaces y libres de generar una moneda propia y una economía de mercado interno funcional al margen del circuito económico nacional e internacional? ¿Y los aranceles?

¿Van a dejar de recibir las pensiones de jubilación pendientes de las que se hace cargo el Estado?

¿Pedirán pasaportes a los turistas españoles y catalanes?

¿Pedirán permisos de estancia a los catalanes que viven en el resto del país?

¿Ya no se acuerdan de lo que supuso para el nacimiento de una nueva Cataluña la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92?

¿Se desligarán del lucrativo negocio que supone el deporte español, europeo y mundial en todas sus modalidades?

¿Van a querer que el Futbol Club Barcelona compita en categorías locales?

Cataluña ya es una región increíble y un pueblo maravilloso sin necesidad de separarse de España. Catalanes, no se dejen engañar por embaucadores oportunistas que confunden la libertad, la lealtad y la democracia con el absolutismo integrista que ellos mismos llevan en las venas y que es tan abyecto como el que profesan los abyectos neoliberales que gobiernan España y gran parte del mundo.

Sus mensajes doctrinarios ya parecen sacados de aquellas escuelas -ikastolas- vascas que hacían proselitismo de ETA con los niños. Las juventudes catalanas no están muy lejos de las juventudes hitlerianas. El señor ex pro-etarra de Arnaldo Otegui está por ahí apoyando la bronca catalana. ¿De verdad ya no se acuerdan de los muertos causados por la banda terrorista ETA en Cataluña? ¿Casualidad o afinidad de estrategias?

No se trata de que España está bien y el Estado central en todo tiene razón. Yo no defiendo eso. Está horrible… y de eso tienen mucha responsabilidad los gobiernos del PP y del PSOE, con una lamentable gestión de la crisis económica en favor de las inmorales políticas de austeridad europeas, de la precariedad, del paro crónico, del amiguismo, de la mediocridad competitiva, de la desigualdad creciente, de las puertas giratorias, la ultra-temporalidad laboral y una corrupción insólita por sus descomunales dimensiones. Hay mucho descontento generado por la crisis, similar al que ha provocado el voto de los que han seguido a la “libertad” que no representa Donald Trump en Estados Unidos. Y creo que es un factor clave de la radicalización y el aumento de la crispación social en la última década.

Tampoco soy, personalmente, partidario de la monarquía, un residuo histórico totalmente anacrónico y parasitario que ya no ejerce su función pretérita y supone un cuantioso gasto público, además de generar descontento por su cercanía con el mantenimiento de un statu quo de privilegiados y no privilegiados y, sobre todo, un motivo para problematizar la cuestión de su naturaleza hereditaria e impuesta del Jefe del Estado y no popular vía comicios electorales. Obviamente la Casa Real no va a ofrecer un referéndum en este sentido. La nación debe generar las condiciones para ello si la mayoría es partidaria de otro régimen parlamentario como la República. Aquí la democracia también virtualmente posee los instrumentos para que se hagan efectivas las demandas populares. Otra cosa es que se oculte.

Se requiere, sin duda, urgentemente un cambio de rumbo político, económico, social y cultural en toda la nación. También en la “Europa del malestar”. Un nuevo pacto social integrador y no fragmentador como el que representa el anti-pactismo catalán radical del señor Puigdemont o el anti-pactismo radical del Partido Popular del señor Mariano Rajoy.

El conflicto no es tan complicado de resolver siempre y cuando haya verdadera voluntad política y responsabilidad –democrática- de ambas partes. Con nuevas elecciones, en ambos contextos, y sobre todo con una negociación de un nuevo referéndum, esta vez vinculante, en la que la voz de todos los españoles sea escuchada también, podríamos hablar de seguir construyendo democracia en España, aunque radicales siempre haya y habrá en todas partes. Ahora bien, si la clase política catalana insiste en hojas de ruta chantajistas para obtener privilegios la relación política se complicará y la situación social se crispará todavía más si recurren a actos tan antidemocráticos como estos.

Solo piensen y reflexionen en el daño que se harían a ustedes mismos y a sus compatriotas -por cierto… ¿les consideran compatriotas?- si finalmente logran la Independencia aun incluso de forma democrática y formal…

Creo que se quedarían en un páramo desierto y se aislarían en la muralla de su propio resentimiento. Y de muros de odio ya tenemos y hemos tenido bastante. Es hora de que dejemos a un lado las diferencias prejuiciosas y nos enfoquemos más en lo que nos une sin enterrar esas diferencias.

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*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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