PRIMER BAT – Hablemos de cine: BLADE RUNNER

Posted on enero 01, 2018, 10:52 am
Sinopsis: Los Ángeles, 2019. La ciencia ha sido capaz de crear unos androides, los replicantes, con un aspecto idéntico al de los seres humanos. Algunos de estos replicantes han tomado conciencia de su condición y son hostiles con sus creadores. Rick Deckard es un blade runner, un encargado de localizarlos y eliminarlos.

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

Philip K.Dick, autor de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en la que está basada la película (1982) y a cuya memoria la dedicó el director Ridley Scott, falleció poco antes de su estreno, por lo que nunca llegó a verla. Conjeturar entonces sobre si hubiese estado de acuerdo o no con la adaptación parece un asunto tan nimio como preguntarse la opinión de Shakespeare sobre los numerosos films en los que se basaron a partir de sus textos literarios.

Dick fue muy hostil con las primeras versiones del guión, pero cuando leyó la que Ridley Scott dio por buena y con la que comenzó a trabajar, parece ser que su opinión cambió radicalmente. La obra de Dick es esencialmente compleja y su lectura no suele resultar fácil para quienes no son aficionados al género de ciencia-ficción. En la última versión del guión, con un tratamiento de los personajes menos desesperanzador, la historia se hace mucho más equilibrada, pues el pesimismo atroz de la obra original habría sido, llevado a la pantalla, un lastre difícil de soportar para los espectadores.

No obstante, y pecando en esta ocasión por exceso, la productora impuso un final edulcorado en el que los dos protagonistas -interpretados por Harrison Ford y Sean Young- salen de la ciudad hacia una nueva vida fuera de esa lluvia perpetua que reina en la gran urbe. En la actualidad, y gracias a la recuperación del montaje original, la cinta ha recuperado su verdadero final, mucho más coherente con el desarrollo previo de los acontecimientos.

Pero, ¿qué es lo que hace de Blade Runner una película con un prestigio creciente que ha llevado a considerarla ya por parte de la crítica y de los fanáticos del género como un clásico moderno?

En su estreno fue recibida con frialdad. Era demasiado elaborada para gran parte del público y tenía demasiados efectos especiales para la crítica más conservadora. Hoy en día está no solo está considerada como la mejor película de Ridley Scott por encima de obras igualmente excelsas como Alien, el octavo pasajero (1979), Gladiator (2000) o American Gangster (2007), sino la mejor película de la década de 1980.

En la votación publicada en la revista “Nickel Odeon” en 1997 entre 150 críticos y profesionales del cine, Blade Runner ocupaba el puesto vigésimo primero de sus preferencias, empatada a puntos con obras clásicas como El apartamento y Con faldas y a los loco, ambas del gran Billy Wilder. Esto, que habría sido impensable diez años antes, es hoy una tendencia consolidada en el mundo de la crítica del séptimo arte.

La ambientación es insólita y magistral. Ya se habían hecho películas que reflejan una sociedad futura post-apocalíptica, ahora etiquetadas como “distópicas”. Por ejemplo TXH 1138 de George Lucas (1971), pero Blade Runner es en este sentido mucho más elaborada y tiene una factura visual que para aquel momento fue pionera. En un mismo plano, conviven los elementos más futuristas con otros que podríamos considerar hoy como cotidianos, evitando el recurso pueril de mostrar un futuro en el que el pasado reciente (es el año 2019, o sea el año que viene) no ha dejado ninguna huella.

El cambio climático, ahora tan anunciado y denunciado, ya ha tenido lugar, y cae una lluvia mansa y permanente sobre una ciudad superpoblada en la que son mayoría las razas oriental e hispana, algo que en Los Ángeles ya empieza a ser totalmente real. Los temibles riesgos de la ingeniería genética y la clonación mal aplicadas desde el punto de vista ético también han tenido lugar.

Siguen existiendo la opresión, la explotación gratuita del hombre por el hombre y la miseria humana, la suciedad de una urbe maloliente, los coches de gasolina, el tabaco, la comida china, la publicidad (siempre omnipresente y pesadillesca pero aquí más), y sobre las ciudades patrullan pequeñas naves volantes en las que la policía cumple su vieja obligación de vigilar.

En ese mundo onírico pero tangible, el hombre ha sido capaz de crear unos androides, los “replicantes”, que no solo son indistinguibles a simple vista de los humanos: es necesario el test Voight-Kampff para desenmascararlos, sino que han tomado conciencia de sí mismos y de la certidumbre de su muerte pre-programada, lo que les confiere bastante angustia existencial y les obliga a buscar la forma de prolongar sus “vidas”, extinguibles exactamente a los cuatro años después de su fecha de fabricación.

El líder de estos replicantes (los Nexus-6) Roy Batty, certeramente interpretado por Rutger Hauer, es un curioso paradigma del amor por la vida; en la maravillosa secuencia en la que perdona y salva a un derrotado Rick Deckard, se lamenta de la inminencia de su propia muerte con un argumento escalofriantemente humano y poético, que ha quedado ya en los anales imperdibles de los mejores parlamentos o monólogos la historia del cine, rodado con una estética visual y sonora enormemente bella:

He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar; naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir.

La forma final del soliloquio fue escrita por el propio Rutger Hauer, quien eliminó algunas líneas del guion original y agregó «all those moments will be lost in time, like tears in rain», pues las del guión le parecía que no se acoplaban bien con el tono de la película.

A la crítica de hace más de 30 años le pareció inadecuada la presencia de Harrison Ford en el papel protagonista y le sonó estridente la música de Vangelis; eran concesiones a la taquilla, y eso siempre ha sido imperdonable para la crítica más purista. Hoy Harrison Ford es uno de los actores norteamericanos más valorados por su eficacia y profesionalidad y está destinado a ocupar un lugar entre las pocas verdaderas estrellas de las últimas décadas a pesar de que nunca ha sido premiado por la Academia de Hollywood: American Graffiti, Han Solo en Star Wars, Indiana Jones, Único Testigo, A propósito de Henry, Presunto inocente, La costa de los mosquitos, Armas de mujer, Juego de patriotas, Peligro inminente, Sabrina, El fugitivo, Air Force One, Enemigo íntimo, Revelaciones, y claro…Blade Runner 2049, entre otras, dan fe de la destacable trayectoria artística de un actor que, curiosamente, fue actor por casualidad y no por vocación.

La banda sonora del helénico Vangelis (Carros de Fuego; Desaparecido; 1492 la conquista del paraíso; Motín a bordo, Lunas de hiel…) está más allá del alcance de aquellas injustas críticas de quienes no tienen la música por su oficio y varias de las piezas que compuso para Blade Runner se han convertido en clásicas. Los momentos de mayor intensidad argumental y filosófica siempre están reforzados por las notas de unos sintetizadores electrónicos tipo new age que una vez penetran nuestros oídos ya no las dejamos escapar.  

Blade Runner no solo nos hace pensar en escenarios posibles y desquiciados por el capitalismo, sino también en la esencia de la identidad humana sostenida de soledad, recuerdos y sentimientos. Contiene, además, meritorias escenas de pura acción y una trama construida bajo los parámetros de lo que se conoce como cine negro (film noir) o thriller, con la presencia de un policía-detective, de una replicante (Young) con reminiscencias de las mujeres fatal de los 40 y 50, asesinatos, y villanos que están a la altura actoral y argumental de los protagonistas.

Blade Runner 2049

Sinopsis: ubicada treinta años después de la película original, la historia describe a un blade runner replicante llamado K descubriendo los restos de una mujer replicante que en algún momento del pasado estuvo embarazada, lo cual es aparentemente imposible. Para evitar una posible guerra entre las especies, K se encarga secretamente de encontrar al niño y destruir toda evidencia relacionada con él, llevándole a descubrir que éste está vinculado al desaparecido blade runner Deckard.

El 6 de octubre de 2017, día del estreno mundial de la película Blade Runner 2049 (Dennis Villeneuve, 2017) curiosamente fecha importante en el desarrollo de la trama, fui a ver la esperadísima secuela de esta película de culto.

Las segundas partes siempre son complicadas pero al cine actual no le importa. Nunca antes ha habido una tendencia tan cansina al remake, a exprimir una idea que ya dio lo que tuvo que dar. En este caso 25 años después aparece esta continuación, y quizá por eso no ha tenido el éxito esperado porque hay una generación de por medio. Es demasiado tiempo.

Ahora bien, los fans de la primera fuimos como locos a verla. El problema con las expectativas muy elevadas es que se arriesgan a que puedan decepcionarse con algunos aspectos del argumento (varias inconsistencias de guion y vacíos explicativos bastante caprichosos y frustrantes); la duración (más de dos horas y media de metraje se hacen un poco lentas con una media hora final desbocada sin razón) o al rol que cumplen los homenajeados Ford y Young tanto en el desarrollo argumental como en sus propios papeles dentro de la historia, que son centrales, dejan la sensación de apariciones puramente comerciales e insustanciales y que convierten dos personajes míticos en simples caricaturas de sí mismos.

Un nuevo villano, también perverso como el empresario Tyrell de la primera parte -por momentos excesivo y gratuito en sus monólogos- aparece aquí, interpretado por un Jared Leto, totalmente desaprovechado que no tiene ni la fuerza ni el carisma del precedente. Igualmente ocurre con el papel policíaco de Robin Wright, bastante esperpéntico. El protagonista, Ryan Gosling cumple, pero le falta transmitir el misticismo y la ambigüedad mostrada por Ford. No es una excusa de que se trate de un replicante mejorado. Solo el personaje digital de Ana de Armas es verdaderamente llamativo, y aun así, no deja de ser un arquetipo de mujer sexualizada como mero objeto que no ha gustado nada, con razón, a las feministas. El cine negro siempre fue algo machista, pero aquí se quiere remarcar demasiado que en el futuro también va a haber machitos pero ahora, además, feminizados o asexuados. O si no, personajes femeninos, como la villana subordinada de Leto (Sylvia Hoeks) que no tienen entrañas y son tan malas malísimas que rozan el ridículo.

No obstante, la impactante dirección artística y fotográfica de la película de Villeneuve es merecedora de la estatuilla. Aquí es donde sí se encuentra verdadero quorum entre las críticas: una atmósfera desasosegante, geométrica, fría, obsesivamente simétrica, pero deslumbrante, de una gran potencia expresiva. Por su parte, la música del maestro Hans Zimmer no puede dejar de ser una imitación de la anterior, pero al menos cumple.

Es una digna película si consideramos el gran desafío artístico y comercial que supone prolongar una obra maestra indiscutible producida, por lo demás, por el padre artístico de la primera. Tiene varios aportes y momentos de autenticidad propia. Tendré que volver a verla, pero esta vez olvidando, en lo posible, la primera parte.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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