PRIMER BAT – LA CARA SINIESTRA DE ESTADOS UNIDOS

Posted on agosto 21, 2017, 7:00 am

ERNESTO RAMÍREZ

Desde sus orígenes, una de las fortalezas históricas de la cultura “estadounidense” ha sido la intensa convicción ideológica con la que han ocultado sus propias debilidades a partir del nacionalismo y del racismo supremacista justificado por la ley divina -y por la ley del beneficio a través del capital.

En apenas 250 años, un inmenso país se ha creado a sí mismo desde la voluntad emprendedora, la negación cultural y el exterminio genocida de sus enemigos tanto internos como externos. Esa es, en realidad, la esencia del liberalismo emancipador de los Padres Fundadores y de los Padres Herederos de la patria blanca, de la supremacía blanca.

Usualmente, se crea una ideología para responder o crear una necesidad –social, cultural, económica- colectiva. Su objetivo es proveer un conjunto de opciones, principios o preferencias, que represente la mejor manera en que, de acuerdo con los forjadores de dicha ideología, se puede saciar dicha necesidad. El objetivo final de una ideología, de hecho, es ofrecer una visión preferente de una “buena sociedad”.  En este sentido, la ideología yankee ha sabido construir muy bien una filosofía del egoísmo capitalista que se puede reducir en la leyenda que aparece en un dólar: In God We Trust.

El nacimiento histórico de Estados Unidos responde a una de las urgencias elementales de todo impulso expansionista, que no es sino la construcción de una ideología y de una ética que ampare todas las atrocidades que van a acometer en nombre de lo más sagrado: la verdad de un pueblo, además, elegido por Dios. En resumen eso es lo que contiene la Ley del Destino Manifiesto de principios del siglo XIX.

La bandera de las barras y las estrellas se asocia desde su nacimiento a la dinámica de la expansión de la frontera del este hacia el oeste durante aproximadamente 100 años. Como todo proceso de conquista y colonización, la historia de los Estados Unidos -de América- ha sido una historia de individualistas, pioneros, terratenientes, ganaderos, comerciantes, vaqueros, ambiciosos sin escrúpulos, hacenderos, algodoneros, tabaqueros, forajidos, sheriffs, banqueros, petroleros, rancheros, especuladores, buhoneros, zarrapastrosos, nostálgicos caballeros, vendedores de whiskey, proselitistas cristianos e ilusos soñadores de la tierra prometida. Los westerns cinematográficos dan buena fe de ello. Y los indios siempre eran los malos salvo en un par de ocasiones. ¿No es así?

Pero sobre todo es una historia escrita por los blancos. Ni siquiera por los mestizos blanqueados como en gran parte ha sido escrita en América Latina. El criollo de origen británico -vale para toda la isla europea- en su empresa colonizadora, ni se molestó en fusionarse biológica o culturalmente con los seres vivos precedentes en esas tierras. Esto es, los indios. Ha preferido exterminarlos, o como mínimo, violarlos o confinarlos en indignantes “reservas”.

El colono de origen británico -da igual protestante que católico- no se ha mezclado. Recuerden que en la enorme y verdadera INDIA tampoco. ¿Para qué? Es como restar proteínas virtuosas a una raza superior según su racista y clasista lógica. Esto no quiere sugerir que el colonizador y conquistador latino-castellano no haya cometido atrocidades iguales o mayores. Es solo un matiz histórico que llama la atención.

Creo que la Historia es siempre digna de reescritura -como lo han hecho historiadores como Howard Zinn- en favor de los oprimidos, subalternos, explotados y desaparecidos. No se trata de hacer versiones idílicas y maniqueas de buenos y malos, sino recuperadoras de la memoria de los que no han tenido voz en nuestra sangrienta trayectoria histórica occidental. Y los indios de Norteamérica -afortunadamente en el resto de América aún existen indios– han sido una de las civilizaciones -entendidas como naciones indias- más abyectamente ¿cuándo no es abyecto? borradas de toda la historia. Recuérdese que indios es una palabra que han inventado los blancos.

Bueno. Pues unos 20 años después de redactar la Constitución, los fundadores -por supuesto hombres– de la nueva patria inventaron la Doctrina Monroe, que aplican con pulcritud para los asuntos de la política continental para la defensa y protección de los americanos de verdad. Sin embargo,  “América para los americanos” en realidad quiere decir “América para los Estados Unidos”. Curiosa noción geopolítica de todo y para todo un continente. Hasta los habitantes que viven en América -y en España, Inglaterra o Francia- les dicen americanos solo a los gringos, síntoma de que en el aspecto cultural sus aspiraciones hegemónicas han tenido eficacia.

Para crear la gran nación blanca tuvieron, entonces, que quitarse de en medio primero a los defensores de las colonias de la República francesa que andaban por ahí; después a los defensores y favoritos de la Corona británica que tenían todo el poder político y económico de las colonias inglesas, y después, claro, a los indios. Y cómo olvidar a los mexicanos, ya independizados, que perderían en pocos años, a partir de 1834, lo que hoy es –hectáreas más, hectáreas menos- California, Texas, Arizona y Nuevo México. De hecho, la capital de México fue gringa por unos días allá por 1847. Menos mal que no se quisieron quedar con todo y se conformaron con el equivalente a un tercio del país. Eso lo saben en México desde primaria.

Seguidamente, había estados americanos que eran más esclavistas que otros. ¿Esclavistas hacia 1850? Por supuesto, esto es ya del dominio público, pero parece que se olvida fácilmente que el germen histórico de la nación más poderosa del mundo está en el sistema esclavista mezclado con la alucinación capitalista.

¿Cómo puede describirse la esclavitud? Quizás resulte imposible para los que no la hayan experimentado. La edición de 1932 del libro más vendido de dos historiadores liberales del Norte, veía la esclavitud como una posible «transición necesaria hacia la civilización» del negro. Los economistas y los historiadores estadísticos han intentado evaluar las proporciones de la esclavitud con una estimación de la cantidad de dinero que se gastaba en la comida y el cuidado médico de los esclavos. Pero… ¿puede esto describir la situación real de la esclavitud para los seres que la vivían desde dentro? ¿Son tan importantes las condiciones de la esclavitud como su mera existencia?

Otro de los grandes oprimidos históricos en este terrible cuento estadounidense han sido los seres humanos de raza negra. La llegada de esclavos negros a América principalmente africanos está bien documentada desde la llegada de Cristóbal Colón. Paréntesis: como casi todo el mundo sabe, el nombre de América no lo acuñó él, sino el navegante y descubridor italiano Américo Vespuccio, qué fue coetáneo del genovés (¿o portugués, o español?).   

El apoyo de los Estados Unidos a la esclavitud estaba basado en un hecho práctico incontestable. En 1790, el Sur producía mil toneladas anuales de algodón. En 1860, la cifra había subido ya a un millón de toneladas. En el mismo periodo se pasó de 500,000 esclavos a 4 millones. El sistema, auspiciado por las rebeliones de esclavos y las conspiraciones desarrolló en los estados sureños- desde Virginia a Florida pasando por Carolina, Tennesse, Arkansas, Kentucky, Luisiana, Missisippi, Alabama, etc.- una red de controles, apoyada por las leyes, los tribunales, las fuerzas armadas y el prejuicio racial de los líderes políticos de la nación.

Para acabar con un sistema tan profundamente atrincherado se necesitaba una rebelión de esclavos de proporciones gigantescas o una guerra en toda la regla. De ser una rebelión, podía escapárseles de las manos y ensañarse, más allá del mundo negrero inmediato, con el sistema de enriquecimiento capitalista más formidable del mundo. En el caso de que fuera una guerra, los que la declaraban podrían preveer y organizar sus consecuencias. Por eso fue Abraham Lincoln quien liberó a los esclavos, y no John Brown. John Brown fue ahorcado en 1859, con la complicidad federal, por haber intentado hacer, con el uso limitado de la violencia, lo que unos años después haría Lincoln con el uso de la violencia a gran escala: acabar con la esclavitud.

Con la abolición de la esclavitud por orden del gobierno -ciertamente, un gobierno fuertemente presionado a tal fin por los negros, libres y esclavos, y por los abolicionistas blancos— su fin podía orquestarse de tal manera que se pudieran poner límites a la emancipación. La liberación, concedida desde lo alto, sólo llegaría hasta donde lo permitieran los intereses de los grupos dominantes. Por lo tanto, mientras que el fin de la esclavitud llevó a la reconstrucción de la política y la economía nacionales, no fue una reconstrucción radical, sino segura y, de hecho, económicamente beneficiosa.

Entre 1860-1870, la oligarquía blanca del Sur usó su poder económico para organizar el Ku Klux Klan (KKK)  y otros grupos terroristas. Los políticos del Norte empezaron a sopesar las ventajas que tenía contar con el apoyo político de los negros pobres – mantenido sólo en votos y cargos por la fuerza- contra la sólida situación de un Sur que había retornado a la supremacía blanca y que había aceptado el predominio republicano y la legislación empresarial. El que los negros se vieran reducidos de nuevo a unas condiciones rayanas a la esclavitud tan sólo era cuestión de tiempo.

Las legislaciones demócratas trataron, indudablemente, de abrir el panorama legal que normalizaba la equiparación de derechos fundamentales, pero el triunfo final para los negros libres no llegaría hasta -apenas- los años de 1960 del siglo XX con las luchas por los derechos civiles encabezadas por Martin Luther King y Malcolm X.

Pensemos en esa horquilla temporal de 500 años de esclavitud. ¿Es tan fácil que desaparezcan los prejuicios raciales dadas estas condiciones históricas? Ni siquiera la simbólica llegada de Barack Obama a la Casa Blanca supuso el fin de las hostilidades y desigualdades defendidas por los supremacistas, que como ya sabemos forman parte de la camarilla inmunda que ha votado por ese repugnante blanquito llamado Donald Trump.

Estados Unidos de América se ha apropiado, a su peculiar manera, de la idea de libertad. ¿Con qué derecho? Pero es una libertad específica y genuinamente “americana” que finalmente provoca ganas de vomitar. Debemos reflexionar todos los días sobre la historia de este país mayoritariamente imperialista, soberbio, intolerante, fundamentalista y racista.

Es delicado etiquetar de este modo a 323 millones de personas, ya que hay una gran parte de la sociedad estadounidense que es coherentemente antiamericana, pero al menos las cúpulas de Washington, el Pentágono, Wall Street, la OTAN, los lobbies empresariales o el Fondo Monetario Internacional representan una idea de la libertad muy engañosa y hay que estar alerta, porque esa libertad que nos venden como la “adecuada” con sus poderosas plataformas de comunicación quita vidas, bombardea con drones hospitales de niños, ahoga soberanías nacionales con deudas comerciales injustas y tratados comerciales condicionados y cómo no, adoctrina con modelos educativos globales impuestos según su absurda filosofía de la vida.

Siempre me gustó -y a la vez asustó- la teoría de la auto-conspiración para justificar las intervenciones militares en el exterior. El hundimiento del barco Maine supuestamente por los españoles que provocó la acción en Filipinas, el hundimiento del submarino por los alemanes para entrar en la Primera Guerra Mundial, el ataque a Pearl Harbour para hacer lo propio en la Segunda, el magnicidio de JFK, y hace nada, el ataque a las Torres Gemelas para iniciar la interminable guerra contra el nuevo enemigo musulmán tiene que hacernos pensar de qué más estrategias perversas son capaces de inventar para seguir manipulando al mundo a su antojo. La buena noticia es que cuando un imperio solo se basa en la fuerza bruta y tiene las dificultades económicas mundiales que tiene, solo le queda sufrir su propia decadencia y posterior derrumbe. ¿Lo veremos?

La aberración nazi aparece como especialmente odiosa, pero no hace sino aplicar esas teorías nacionalistas, racistas y fascistas surgidas en el interior de la raza blanca proclamando la superioridad de la llamada pureza aria; es decir, germánica. Es importante no olvidar que antes de Hitler hubo acciones consentidas por el Estado que experimentaron química y físicamente -prácticas de esterilización o eugenesia- con seres humanos con discapacidad, homosexuales y otros, en algunas clínicas “americanas” porque eran considerados débiles mentales por su raza o rasgos e incluso los comportamientos delictivos se demonizaban desde la genética y se les tachaba de inferiores desde la supremacía blanca, siempre tan casta como pura. Este neodarwinismo que justifica atrocidades en nombre de los más aptos es la semilla del Holocausto que vendría poco después y del que los nazis tomaron buena nota.

La doctrina nazi no es sino el paroxismo sin matizaciones de valores peligrosamente difusos de las democracias europeas burguesas, por eso no debemos menospreciar actos tan deleznables como los ocurridos recientemente en la pequeña localidad de Charlottesville (Virginia) que han supuesto la muerte a manos de un psicótico neonazi de una mujer, curiosamente, de ideología anarquista que secundaba una manifestación en contra del fascismo, y que acabó con más de treinta heridos con los gritos de “Heil Trump” de fondo. El Ku Klux Klan vivito y coleando. Terrorífico.

Suscribo y comparto completamente estas palabras de la profesora y activista Jane Elliot, estadounidense:

Odiamos porque se nos enseña a odiar. Odiamos porque somos ignorantes. Somos el producto de gente ignorante a la que le han enseñado una cosa ignorante de que hay cuatro o cinco razas diferentes. No hay cuatro o cinco razas diferentes, hay solamente una raza en toda la Tierra y todos somos miembros de esa raza: la raza humana. Por eso hemos separado a la gente en razas, de manera que algunos de nosotros podamos vernos superiores a otros. Supongo que pensamos que iba a funcionar pero no ha sido así, ha sido malo para todos. Es tiempo de que superemos este asunto. No hay ningún gen del racismo. No hay ningún gen de la intolerancia. No naces intolerante, tienes que aprender a ser intolerante. Cualquier cosa que aprendes la puedes desaprender. Es tiempo de desaprender esta intolerancia. Es tiempo de superar esta situación y es mejor que lo hagamos pronto. Soy una educadora y es mi misión como educadora sacar a la gente de la ignorancia. La ignorancia de pensar que eres mejor o peor que alguien por la cantidad de pigmento en tu piel. La pigmentación de tu piel no tiene nada que ver con la inteligencia o tu valor como ser humano. Ya es tiempo de superar eso”.

Para acabar, hablaré de otro aspecto muy importante que caracteriza la cultura norteamericana estadounidense: la ausencia de una tradición ideológica izquierdista consolidada. Han puesto todo su empeño en aparecer como los liberales verdaderos en una falsa posición intermedia entre el comunismo y el nazismo. A pesar de que los vientos del socialismo penetraron con fuerza en el territorio yankee a finales del siglo XIX y principios del XX empujados por los coletazos de la Revolución Rusa y hubo una verdadera movilización sindical nacional muy interesante, lo cierto es que en pocos años cualquier atisbo de consolidación del socialismo fue aplastado y reprimido sin compasión tanto desde los gobiernos demócratas como los republicanos. El único político que se presentó con ideas más claramente de izquierda socialista en las últimas elecciones ha sido Bernie Sanders.

Lo más cerca que estuvo Estados Unidos de un gobierno de izquierdas fue el periodo del presidente Franklin D. Roosevelt. Y para eso tuvo que ocurrir un cataclismo de las dimensiones del crack de 1929 y la Gran Depresión posterior de los años 30. Las políticas sociales del llamado New Deal (nuevo trato) impulsaron el inicio de una interesante concepción política y económica del Estado dentro del sistema capitalista, conocido como Estado del Bienestar, quizá el logro más grande de la socialdemocracia en el mundo, y que desgraciadamente el neoliberalismo hoy quiere enterrar para siempre porque es demasiado “izquierdoso”. Estas políticas para ellos tan “radicales” no son sino mayor inversión pública en salud, educación, vivienda, prestaciones laborales e infraestructuras. Vaya pecado esto del socialismo.

Mucho se habla o se ha hablado de las purgas ideológicas estalinistas, deleznables sin duda. Pero poco se habla de la Caza de Brujas y la paranoia que se desató en Estados Unidos durante la Guerra Fría con la expulsión, destierro, encarcelamiento o mancillamiento público en ridículas y humillantes comparecencias -sobre todo actores de Hollywood- de todo aquel que fuera simpatizante de los principios de la hoz y el martillo o sospechoso de serlo.

Aquella infamia la organizó el senador Joseph McCarthy, pero el fundador del FBI, John E. Hoover, ya había marcado la ruta política a seguir desde los dorados años 20. Por ende, los comunistas, lo no americanos, fueron víctima de una persecución que recuerda a la que hizo el emperador Nerón con los cristianos. Ya no hay Caza de Brujas porque no les hace falta, pero como les encanta perseguir y prohibir a muchos les seduce la idea de acabar con todos los musulmanes e impedir que los latinos les arrebaten el predominio de su lengua imperialista y prepotente.

Por otra parte, sabemos que es una realidad la numerosa y legítima migración de mexicanos y centroamericanos a los Estados Unidos. Pero el coste de la irregularidad migratoria es demasiado alto para los logros reales posteriores de esas épicas decisiones. La mayoría de los que consiguen pasar de mojados o son deportados o no consiguen el estatus social ni el nivel de vida que esperan con todo derecho desde que parten. Las razones son obvias: no se promueven políticas públicas de integración, sino de segregación y explotación. ¿Es extraño?

Quizá la clave esté en dejar de pensar en que el sueño americano, el american way of life sea el objetivo existencial a lograr e imitar y concebirlo mejor como una pesadilla a evitar. ¿Let´s make América great again? Es lo de siempre: grande para los de siempre, los blancos descerebrados.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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