PRIMER BAT – LA CONFIANZA: CLAVE DE LA VIDA ÍNTIMA Y COLECTIVA

Posted on julio 24, 2017, 12:22 pm

ERNESTO RAMÍREZ

Este texto trata sobre “La confianza” como cualidad inmensamente virtuosa. Alrededor de esta virtud superior del comportamiento del género humano, único capaz de expresarlo a través del lenguaje articulado (y otros lenguajes), ya que los animales también son capaces de “confiar” pero no lo dicen con palabras, trataré de imaginar y escribir qué sería de la humanidad si algunos aspectos fundamentales de la realidad individual y colectiva funcionaran verdaderamente basados en los códigos que exigen y practicamos a través de ella en nuestras vidas.

¿Qué es la confianza?

Según la definición del Gran diccionario usual de la Lengua Española Larousse del año 2006,  éste vocablo tiene varias acepciones:

  1.             Esperanza de que una cosa o persona funcione o se comporte según está previsto.
  2.             Seguridad que uno tiene en sí mismo.
  3.             Trato familiar o íntimo entre personas.
  4.             Familiaridad o libertad excesivas.

En el caso del que escribe, me viene muy bien valerme de estas expresiones para confirmarme a mí mismo y llenarme de confianza en el objetivo de que se consuma esta utopía:

“Tengo esperanza en que la humanidad algún día funcione según está previsto, en que el trato familiar o íntimo sea aplicable a todos y sobre todo entre todos, y que la familiaridad o libertad excesiva no sea un problema a erradicar o a temer”.

A priori uno podría pensar que estoy trastornado, y no le faltan razones; pero aquel que así lo haga es porque no cree en la confianza. Y con toda confianza me diría: “Tú estás como una cabra, abre los ojos, eso es imposible”.

Bueno, eso ya es un primer paso para la discusión y la dialéctica constructiva.

CONFIANZA Y SUPERVIVENCIA

Una de las mayores incógnitas de nuestra existencia es la naturaleza del género humano. Todavía hay mucho que descubrir respecto a la lógica y la razón de ser de nuestra especie en este mundo, si es que tiene que tener lógica y razón de ser.

Más allá de las aportaciones y adelantos que se conseguirán desde el punto de vista científico en un futuro, es un hecho bastante demostrado que nuestro origen como especie no es el que pensaba hace 150 años. Esto no quiere decir que Dios no exista porque eso no está demostrado, (ni tampoco que existe) pero lo que sí se sabe y no es un engaño de ninguna secta o grupo determinado buscando un perverso interés, es que el hombre procede de un proceso evolutivo de unos 5 millones de años que ha dado como resultado, después de mucha confianza en sí mismo, lo que somos: el homo sapiens sapiens.

Éste asombroso éxito evolutivo no hubiera sido posible si los hombres no hubieran confiado unos en otros. Dicho más claramente: si los miembros de los primeros clanes de homínidos no hubieran establecido códigos basados en la aprobación de unos hacia otros y, por tanto, confiado en sus semejantes, la especie humana se habría extinguido. Puede resultar una conclusión un poco simplista, pero no por simple carece de sentido.

¿Cómo se origina la confianza? Podríamos argumentar que se basa en una premisa básica: la reciprocidad. “Yo confío en el otro y el otro confía en mí”. Sin este silogismo aparentemente sencillo no se puede producir reciprocidad. En este caso la confianza es algo que surge en mi interior pero que sabemos que existe en el otro y por el otro, o al menos se puede propiciar mediante el acto comunicativo.

Lamentablemente no podemos determinar con precisión científica qué grado de confianza establecieron entre sí nuestros más remotos antepasados en sus diferentes clanes y sociedades primitivas, pero lo que es seguro, es que algún grado de confianza tenían entre sus miembros.

Desde mi punto de vista todavía estamos en un nivel “muy primitivo” de lo que entendemos hoy por confianza. Aquí la confianza es entendida como aprobación en un grupo, la creencia en una comunidad, como el sentido común de pertenencia a un mismo sentir y a una misma cosmovisión que solo será transgredida por elementos ajenos a la misma, por individuos a los que no “conocen” y hacia los que no sienten confianza por no pertenecer al grupo o clan.

¿Ese criterio cultural no sigue siendo actualmente un poderoso motivo para los enfrentamientos violentos entre miembros de la misma especie?

“Los clanes” actuales de la mafia o el narcotráfico manejan unos códigos que primera, y fundamentalmente, se apoyan en la lealtad y en la confianza entre sus miembros, aun sabiendo que en este caso la mayoría de las relaciones se construyan mediante el pago de esa lealtad y esa confianza.

En términos de lo que quiero exponer, este tipo de confianza resulta condicionada por criterios económicos o materiales, y aunque muchas veces son consanguíneos,  deberían ser, a mi juicio, y en el contexto de lo que voy a tratar, desechadas como “semilla auténtica” de progreso espiritual o social de nuestra especie.  Esta autenticidad se trata de una reciprocidad indirecta en términos de negocios que protegen, sobre todo, un patrimonio tangible, o intangible, unos intereses específicos que nos remiten también a ciertas prácticas del ámbito político.

Lo que quiero decir en este punto es que la violencia y el enfrentamiento no tienen fundamento en sí mismos para que una sociedad sea funcional completamente, dada nuestra conciencia de ello, dado que nuestra moral y nuestra obligación ética es evitar esas conductas. ¿Conocen a alguna especie que sea capaz de auto-extinguirse en términos globales? Ustedes también: la nuestra.

Es aquí donde se puede decir que una de las razones de tal sinsentido es que no todos los miembros de la misma “tribu”, “grupo”, “patria”, hasta “planeta” -y menos hoy en día que sobrepasamos los 7 mil millones de seres sapientes- se tienen confianza los unos a los otros. Es evidente que vivir en un mundo así es poco menos que imposible, pero mi argumento es: ¿y si todos esos seres vivos tuvieran el grado de confianza de un amigo hacia otro o de un familiar hacia otro? Pues sencillamente no sería tan sencillo matarse unos a otros. Pensemos sólo en la posibilidad.

Una de las características de los conflictos bélicos, tan específicos de los seres pensantes, es que no se “conoce” a los enemigos; son, como decía el personaje de Harry Line en la película “El tercer hombre”, “pequeños puntitos insignificantes”. O estadísticas para los Estados civilizados.

¿Sería tan sencillo moralmente matar a otra persona si la conocieras? Y cuando digo conocer no me refiero a conocer a un grado elevado de intimidad, sino simplemente haber tenido alguna convivencia anterior. Este dilema ético en muchos casos se resolvería o desertando de las filas o asumiendo un grado de culpabilidad cercano al que comete un homicidio. Pero no, los conflictos bélicos son homicidios en masa socialmente aceptados y legalizados por gobiernos, cuyos miembros, que deciden dichos conflictos (no los ciudadanos), justifican los motivos patrióticos y nacionales por encima de los particularismos éticos personales.

¿Cómo es que en una democracia la ciudadanía no es consultada para entrar en guerra o dejar de entrar en ella? ¿Por qué los presidentes no luchan en el campo de batalla como los demás? Si lo hicieran y experimentaran el horror de la guerra en sus venas probablemente no declararían invadir ni atacar a ninguna otra nación o región geográfica, ¿no creen?

O mejor aún, si el presidente, político o grupo de poder que luchara desde su cobarde escritorio supiera que su hijo o sus hijos van a ser asesinados legalmente… ¿aprobarían resoluciones tan viles? Claro, lo normal es que eso no suceda y a los gobernantes (al no tener ningún tipo de confianza con extraños y extranjeros y menos aún ni un mínimo de reciprocidad empática hacia ellos) no les provoque ningún trauma psicológico el decidir muertes colectivas, o, por su inacción, permitir que perezcan millones de personas en una hambruna en África, Asia, o dondequiera que fuere que no sea “su patria”. Y si me lo permiten, hay casos en los que también en “su” patria.

La supervivencia de algunos privilegiados se autoimpone el dudoso privilegio democrático de quitar la vida de los que no son privilegiados. ¿Estarán algún día estos sectores “eternos” de las sociedades condenados a entenderse a través de la confianza? Dulce condena si se cumple.

CONFIANZA Y AMOR

Entra en escena otra de las claves que nos atañe como seres humanos extraordinarios. ¿Un animal es capaz de amar? ¿Una planta es capaz de amar? A su modo si, quizá sí. Pero la mayoría no nos imaginamos a un perro o a un cocodrilo escribiendo y sintiendo poemas de amor o dudamos de que un insecto perciba el mundo desde una perspectiva poética.

La naturaleza de esta increíble virtud todavía se está investigando, y hay quienes opinan que el amor no existe, que es una invención. Pero la invención ya es otra forma de existir. Todo lo ideal, lo procedente de la idea, es humano, Platón dixit.

Aunque pueda haber discrepantes, lo que está en nuestra mente, los seres humanos lo percibimos como real. Y el amor y el cariño de un familiar o de otro congénere hacia nosotros y de nosotros hacia ellos, la mayoría lo ha experimentado en algún momento de su existencia. Lo ha corroborado en la experiencia vivencial con el otro. Y si no ha sido así, desgraciadamente en el entorno que creció no hubo condiciones para que surgiera la confianza y a partir de ella, el amor recíproco.

Sin confianza puede haber amor, pero no verdadero amor si no hay confianza: desde los vínculos más primitivos que demanda un bebé hasta el más desaforado sentimiento romántico del platónico que ama a una persona que no le corresponde o que incluso, ni conoce. En las relaciones monogámicas o poligámicas no tiene porqué existir amor, pero si este se produce, o nace, no puede tener sustento en sí mismo si los que cultivan ese amor no profesan confianza entre ellos.

¿Y cómo se mide en estos casos la confianza? Hay variados factores que se deben reconocer para que se pueda considerar como eficaz: la libertad, la no dependencia, el intercambio verbal y físico sincero, la tolerancia y la aceptación del yo sin necesidad de la aceptación del otro. Y hay otros factores que no deberían fundamentar el amor: el interés material o afectivo, el narcisismo, los sentimientos de posesión o propiedad, los celos, y uno muy importante ad hoc con lo que estoy exponiendo: la desconfianza. Cuando aparece esta circunstancia, ya sea en una relación de pareja, ya sea en las relaciones amorosas paternofiliales, se resquebraja todo el edificio. Cuando sientes que NO puedes confiar en el otro…las cosas no funcionan.

Uno de los mayores problemas aquí es cómo se negocian los términos de lo que cada uno entiende por amor, de lo que cada uno entiende por libertad, por dependencia, etc. De ahí que sean tan difíciles y complejas las relaciones amorosas. Pero lo que me interesa es enfocarlo desde la cuestión de la confianza. ¿Si hay una relación de confianza construida mutuamente no será más exitosa esa aventura?

CONFIANZA Y FAMILIA

Muy al hilo de la cuestión anterior está la cuestión del amor en la familia. Hay personas que dicen que el mejor familiar lo puedes encontrar en un amigo y que el mejor amigo lo puedes encontrar en un familiar. Puede ser. Y también los que piensan que el mayor enemigo lo puedes encontrar en la familia. También puede ser. Pero en cualquiera de las dos situaciones es seguro que es por exceso o por falta de confianza. En el equilibrio de la confianza se vuelve a sustentar la funcionalidad de este tipo de vínculos.

Por ejemplo. Un hijo no tiene confianza con sus padres como para expresar ciertas, o muchas, inquietudes. Suele ser muy habitual que esa confianza la encuentren en los amigos. Lo terrible viene cuando ni en un ámbito ni en otro se dan las circunstancias que permiten la confianza. Según esta afirmación, es lógico pensar que debe haber o existir confianza en la familia y en los círculos sociales. Sin embargo, no se prodiga tanto como quisiéramos. Los padres parecen siempre olvidar que fueron jóvenes y los jóvenes tienen miedo al tabú cultural o al reproche social. Evidentemente aquí las barreras y estigmas son poderosos enemigos de la confianza entre las personas.

Una de las razones es que la propia sociedad estimula esa represión por miedo a que el excesivo sentimiento de confianza entre los seres humanos desborde las condiciones mínimas de convivencia. La sociedad no cree en una absoluta libertad. Se auto-reprime. Quizá sea herencia evolutiva, de supervivencia, pero a mi modo de ver, es una cuestión de inmadurez y de conservadurismo mental.

¿Entonces cuándo podremos hablar de sociedades tolerantes y maduras? Vuelvo a caer en una formulación que se antoja utópica o de muy compleja consumación, pero ya les avisé.

No obstante, es un hecho que la familia es uno de los pilares culturales más importantes de la sociedad independientemente de las creencias religiosas y sexuales particulares. A partir de este núcleo se construye un micromundo en el que la confianza se convierte en el valor fundamental de equilibrio y entendimiento básico. Es muy reconfortante sentir que puedes confiar en los miembros de tu familia, ya sea la familia directa o la indirecta, pero somos conscientes de que hasta en las mejores familias nacen conflictos y malos entendidos, muchas veces, para nuestro dolor, de carácter permanente e irresoluble.

Sólo con un vínculo fundamentado en términos de alta confianza es posible que se puedan resolver o al menos reconducir dichos problemas. La ausencia de confianza en este punto refuerza nuevamente la importancia de su presencia en los derroteros y caminos de lo estrictamente humano. Los criterios de la familia deben cambiar, evolucionar, adaptarse a las nuevas formas de pensar que se generen y hacerse flexibles y permeables para que la convivencia pueda considerarse sana y funcional.

Evidentemente, las familias son a la vez producto del contexto o entorno en el que se forjan. Si ese ambiente de alcance más amplio o si la sociedad impone valores y conductas que no respetan los canales mínimos para procurarse confianza real unos a otros, podemos dar la bienvenida a la frustración y a la hipocresía legalmente aceptada como la mejor de las corazas anti-confianza y que tan arraigadas están en cualquiera de las culturas del orbe “civilizado” moderno.

CONFIANZA Y EDUCACIÓN

Indudablemente “civilización” se supone que es equivalente de “educación”. Hay todavía quienes piensan y verbalizan que las etnias primitivas del Amazonas, de las regiones del África subsahariana, de la selva monzónica, de las regiones polares y montañosas o los indígenas de cualquier geografía que conviven con los citadinos de la globalización, “no son civilizados, no están civilizados por la sabiduría de los modelos avanzados”. Doy fe de esta frase, que se puede escuchar en una charla o plática de cualquier ser humano intoxicado de esa falsa superioridad de la que nos creemos investidos los “cultos”.

Este prejuicio tan nocivo tiene un origen incontestable: un origen educativo. A estas personas les han hecho pensar y entender que nuestra civilización es la cumbre de todo, el germen de todo lo que es más bonito, más moderno, más artístico y más poético. Sin nosotros no hubiera nacido la civilización. Gracias a nosotros ha sido posible el progreso. ¡Oh, el progreso!

Recuerdo lo que me dijo un amigo mío marroquí de ascendencia berebere (nómadas del desierto africano, aun no extintos). Cuando uno de los miembros del clan ve pasar un avión por el desierto a la sombra de una palmera exigua y comiendo unos dátiles:

“Qué rápido vuela. ¿Y cuando llegue que hacen el resto del tiempo?”

Creo que nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo y el espacio, y sobre todo sobre cierto absurdo en la prisa moderna, ¿no creen?

Es evidente que han habido avances maravillosos para la humanidad, que se ha llegado a la Luna, que podemos navegar por el océano digital y aprender multitud de cuestiones antes impensables para cualquier hijo de vecino. Sin embargo, mi percepción es que culturalmente aún no hemos rebasado a grandes pensadores que ya vivieron hace miles de años.

Una de las razones por lo que lo creo que esto ocurre es que la educación sigue siendo un gran problema. No porque en sí mismo lo sea, que también lo es, sino porque los países civilizados y también, porque no, los “no civilizados” lo convierten en un problema. Y lo que es más grave, de manera en muchos casos alevosamente deliberada. ¿Por qué?

Porque los estratos o capas más altas del poder y de los medios de comunicación desconfían por naturaleza del género humano. Y las escuelas y universidades no son ámbitos en lo que se cultive la confianza, sino la imposición, el miedo y la intolerancia. Ya lo avisó Eric Fromm, “tenemos miedo a la libertad”.

¿Se han preguntado por qué siempre nos aburrió la escuela? ¿Por qué la universidad desde lo académico ha sido y sigue siendo tan vertical, donde nunca se podrá cuestionar a la autoridad de mayor grado académico, el doctor, el honoris causa, etc.?

Creo que de nuevo nuestra amiga la confianza nos ayuda a encontrar la respuesta. La autoridad, precisamente para mantener su estatus de entidad moralmente “superior”, teme o “desconfía” que los aprendices se rebelen contra esa misma “auctóritas” y si verdaderamente se democratiza el conocimiento se democratiza el poder y la relación ya no es vertical, sino horizontal. Esto es un lastre para la educación liberadora y para toda civilización que pretenda considerarse como tal.

En fin, que la educación formal y no formal (ya es una jerarquía) debe transformarse radicalmente y construirse en términos de confianza para que se produzca un verdadero cambio en las mentalidades y en los espíritus. Mientras las barreras del poder basadas en la desconfianza continúen predominando en estos procesos, desde mi punto de vista no podremos considerarnos seres “civilizados”.

CONFIANZA Y GENEROSIDAD

¿Les darían todo su dinero a todos los pobres de la tierra si tuvieran la posibilidad? Quizá no, pero con mucha probabilidad no negaríamos darle hasta la última moneda a un hijo si tuviéramos la obligación. Ese es el abismo que hay entre sentir confianza verdadera o no sentirla. Si a toda esa masa de humildes les conociéramos y amáramos sería intolerable para nuestra conciencia no prestarles nuestra ayuda, pero obviamente no los conocemos y en el fondo nos vamos a dormir sin mayores quebraderos de cabeza.

Nuestra civilización cada vez es más consciente y está más informada de las desigualdades del mundo. ¿Estarán informados los dioses? Pero salvo algunos quijotes y otros idealistas de las ONG y piadosos de corazón de este jardín del paraíso, lo que predomina es la más absoluta indiferencia hacia el sufrimiento humano. Y esa indiferencia está sustentada en que son desconocidos. Les vemos en las noticias o en la calle, sí, pero es como si esos seres fueran de otro planeta. Si el ciudadano corriente lo procesa en su mentalidad de esa manera, imaginen lo que piensan al respecto los miembros del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, o los inversores de Wall Street y la gran mayoría de los políticos de este circo.

Es cierto que la caridad existe y que se practica, muchos seres de este mundo sienten verdadera compasión por el sufrimiento ajeno, pero conectando esto con las instituciones religiosas, ¿ustedes creen que la iglesia de Cristo es cristiana de verdad? Yo creo que Dios, a este paso, va a dejar de ser cristiano.

Los medios de comunicación, los gobiernos, la iglesia, los banqueros, los abyectos… tratan de vendernos la idea de un mundo sin pobreza, pero no hay quien se lo crea. En ellos sí que no podemos depositar por más tiempo nuestra confianza.

CONFIANZA Y POLÍTICA

Ésta en una de las cuestiones más importantes para intentar conseguir pensar que las condiciones sociales, materiales y las mentalidades se modifiquen, que en definitiva es de lo que se trata plantear, ¿no?

En pocos ámbitos de la existencia la cuestión de la confianza es tan importante, tan decisiva para la vida humana y natural. Cuando insertamos nuestro voto en una urna depositamos nuestra confianza en una propuesta política de este o aquel grupo político. Los líderes piden nuestra confianza, que creamos en ellos, que creamos en sus principios.

Cada vez es mayor la indiferencia que sentimos hacia los líderes porque ya nos han engañado demasiado. Los políticos no conocen a las personas que votan por ellos, y la brecha entre el poder y los ciudadanos se agiganta con cada nueva elección, porque la relación, como en la escuela, no es horizontal, sino de arriba a abajo.

¿Acaso los ciudadanos deciden los presupuestos del estado, las inversiones en educación o en sanidad, los precios de las cosas, los contenidos que ha de tener un programa educativo de cualquier nivel, el entrar o salir de una guerra, en aplicar tarifas al alcohol o el tabaco? No.

Como comenté en el artículo anterior estamos en una democracia representativa, no es una democracia directa. Las clases que están el poder, que gobiernan en nuestro nombre, no son demócratas. Jamás se consulta nada con el pueblo. Y aunque el pueblo esté en contra de ciertas decisiones que se aprueban en los parlamentos y lo manifieste pacíficamente, rara vez consiguen que se rectifiquen algunos decretos. Los decretos-ley son antidemocráticos porque no se pueden cuestionar o revocar, ni siquiera por otros partidos en las cámaras representativas.

Si los políticos mostraran su cara más humana y conocieran a sus electores o a los ciudadanos sus legislaciones tendrían mucha más generosidad y serían mucho más prudentes en la toma de decisiones. Pero no, para el político y para el Estado, el ciudadano es un número, una cifra, una estadística. Ya dijo Borges hace 30 años o más que las “democracias son las dictaduras de la estadística”.

Mi impresión al respecto es que la democracia es un sistema que ya está en una grave crisis de fundamentos. El poder no es del pueblo, el poder lo ejercen los gobernantes como propietarios del mismo en su propio beneficio. El bien común, el estado del bienestar, el  estado de derecho, el progreso, todo lo que nos venden los medios de comunicación es una grotesca manipulación.

Y lo que es más grave, los gobiernos se están plegando a la dictadura de la especulación financiera y de la banca mundial. Una minoría, una élite, decide los destinos de todo un país, o varios, o de toda una comunidad, sin que podamos realmente hacer nada. Lo único que podemos hacer es tratar de transformar esas relaciones sociales, que no existen, ya que no conocemos a los políticos ni ellos a nosotros.

La verdadera democracia aún está por venir, y esa es sólo la aplicación precisa de lo que significa esa palabra: democracia significa poder del pueblo, no poder de una minoría. Son ellos los que tienen que obedecernos y rendir cuentas, no nosotros a ellos. Al construirse el poder se construye la jerarquía, los de arriba y los de abajo. El poder es una abstracción real que finalmente somete la voluntad general a una ideología o a una forma concreta de entender el mundo. Y entre los que representan esa ideología y los ciudadanos, ya la compartan o no esa ideología, NO hay una relación de confianza. El poder y todo el aparato del poder generan esa diferencia y donde hay diferencia no puede haber confianza de igual a igual.

Una de las formas de que esta utopía se haga una realidad es cambiando las formas de entender el poder. Ya no se trata de alcanzar el poder para sustituirlo por otra forma de poder que va a acabar transformándose en lo mismo. Se trata de alcanzarlo por la propia destrucción y poca legitimidad del sistema y después destruirlo para convertirlo en otra cosa más humana.

Bueno y ustedes pensarán, ¿y quién va a tomar las decisiones? Muy sencillo: todos. En una sociedad donde las relaciones de confianza ya están consolidadas el ejercicio del poder es de carácter horizontal y no hay privilegiados, ni oprimidos, ni explotados. Todos se benefician y pueden ver por el interés comunitario sin dejar de velar por los intereses particulares. Estas macro-asambleas serían vigiladas y gestionadas por todos y ningún individuo puede jamás estar por encima del interés general. Ningún miembro podría estar exento de ser sustituido por otro y la participación es consultada constantemente.

¿Será la confianza la verdadera clave de la democracia verdadera?  Confiemos que sí.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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