PRIMER BAT – LA CONQUISTA ESPIRITUAL DE MÉXICO

Posted on diciembre 04, 2017, 12:41 am

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

Hoy se asume, de manera natural, que México es el segundo país con mayor número de católicos hispanohablantes y practicantes del mundo. Quinientos años después de que la bota, la espada y la cruz españolas se clavasen en tierras mesoamericanas, si algo pervive de la herencia castellana con una presencia análoga -incluso mayor- que en los siglos de la conquista y colonización son, en primer lugar, la lengua mayoritaria y en segundo, la religión católica, sin olvidar, paralelamente tanto la diversidad de lenguas autóctonas como la laicidad del Estado, todo recogido en la Constitución mexicana de 1917.

Vayamos a la historia. En la Península Ibérica, la presencia judeo-árabe, durante más de 700 años, fue sin lugar a dudas, la principal causa de que otra religión monoteísta, también revelada por un profeta y relatada en un texto sagrado, la cristiana-católica, justificara la imposición de su hegemonía y exigiera la asimilación a su mesías y a sus dogmas a las otras dos.

A mediados del siglo XV, a partir de 1469, una de las obsesiones de los monarcas Isabel y Fernando, desde el inicio de su gobierno bicéfalo –conocido popularmente como Tanto monta, monta tanto– fue la búsqueda y consecución de la homogeneización territorial, fiscal e ideológica en sus reinos. Así lo demuestran la unión de las dos Coronas (de Castilla y Aragón); la reforma disciplinaria dentro de la Iglesia Católica; la creación regional del Tribunal de la Santa Inquisición y de la Santa Hermandad (corporación militar); la imposición del castellano como lengua oficial.

Hasta la propia denominación jurídica auspiciada por el Papa Alejandro VI: “los Reyes Católicos”, pioneros de la construcción del llamado “estado moderno” español; moderno” porque este hecho se considera, junto al (re) descubrimiento de América, entre otros, como el Renacimiento- la inauguración histórica de la Edad Moderna en Europa.

El largo proceso de uniformización espiritual culminó formalmente con la expulsión de los reinos cristianos -ordenada en el Edicto de Granada o Decreto Real de la Alhambra de 1492– de todos los hebreos (llamados a partir de entonces sefardíes o sefarditas) y de todos los musulmanes que no se convirtieran al cristianismo a través del bautizo.

Los musulmanes, al ser mucho más y por intereses económicos de la Corona ya que ocupaban una parte considerable de la población agraria continuaron por un tiempo en la península, pero sufrieron otro éxodo masivo y definitivo entre 1609-1613, aunque fueran ya en gran parte moriscos supuestamente “cristianos”.

Una vez “resuelto” el problema de la Reconquista, los Reyes Católicos buscaron la expansión comercial en el Atlántico, conocedores de que el contexto mediterráneo era codiciado por cada vez más rivales por su vitalidad comercial aún pujante y su vínculo con las rutas y mercaderías orientales, en especial por parte de los “infieles” musulmanes otomanos (actuales turcos), que por su posición estratégica representaban un gran obstáculo para las pretensiones del incipiente imperio que se estaba gestando a ambos lados del Atlántico.

Obviamente muchos judíos y sobre todo árabes habían continuado viviendo y practicando sus ritos religiosos de forma clandestina en una Península que todavía no era la “España” que conocemos hoy. Pero la herejía, como en la Edad Media, que todavía no había desaparecido, era un terrible delito severamente perseguido y juzgado por el Tribunal del Santo Oficio. Esta circunstancia, además de la expulsión oficial, explica la nula presencia judía y musulmana en los recién descubiertos e inmensos territorios americanos a partir de 1492. Hasta el punto de que el islam y el protestantismo no empezaron a ganar adeptos hasta hace bien poco en lo que confiere a México y en zonas muy específicas.

En 1492, las Islas Canarias serán el primer laboratorio que, después, el Nuevo Mundo obligará a trasplantar, y no solo desde la perspectiva empresarial sino también, y más que nada, la espiritual. En América, el sentimiento de “cruzada medieval” renacía con la aparición del idólatra indígena, pero con matices importantes, ya que no bastaba con el bautismo para una verdadera conversión. Las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos primero, agustinos, carmelitas y jesuitas después) asumirán con paralelas dosis de entusiasmo y fe el despertar de su espíritu medieval y la inmensa tarea evangelizadora cristiana del continente americano que se inició en las Antillas caribeñas. Hoy quedan muchas evidencias arquitectónicas de todo aquello: basta con recorrer las rutas conventuales de Puebla, Oaxaca o Michoacán para percatarse, o darse un paseo por el centro de Puebla o Cholula, de la que la leyenda dice que tiene una iglesia para cada día del año.

Los Reyes Católicos pusieron especial cuidado en que la administración de todos los asuntos de gobierno, ya fuera en Europa o en América, incluidos los eclesiásticos, quedaran bajo su mandato, registrados los términos del mismo en el Consejo de Indias y en la Casa de Contratación de Sevilla y, paralelamente, la Iglesia reforzó su posición como un órgano político más del nuevo Estado, ya que a pesar de las apariencias, su presencia ideológica sería incuestionable bajo la protección real.

El llamado Regio Patronato fue el acuerdo bilateral del poder temporal con el poder terrenal, con el objetivo primordial de que todos los fieles del Orbe rindieran obediencia política a la Corona de Castilla y sumisión espiritual a la máxima jerarquía eclesiástica: el Papa. Jamás el protestantismo alcanzó tales niveles de preeminencia político-social en sus territorios, exceptuando Inglaterra y Holanda un par de siglos después, coincidiendo con la progresiva incorporación del estamento burgués a las estructuras hegemónicas del poder civil, económico y religioso.

Pero no todo fue tan sencillo. La cuestión del trato y la explotación al que fue sometido el indio por parte del colonizador alarmó y escandalizó a varios miembros de la Iglesia desde la legalización de la encomienda en 1509, y se convirtió en una de las cuestiones más delicadas en el ejercicio del poder estatal.

Por ello se aprobarían las Leyes de 1512 y posteriormente las Leyes Nuevas de 1542. Estas legislaciones, a priori, protegían a los indígenas de los abusos de los conquistadores, que sin interrupción se producirían hubiera encomiendas o no.

El acuerdo tácito entre Iglesia y Estado debería seguir intacto en las Indias pero sin que los intereses económicos y políticos dieran al traste con la labor evangelizadora, fenómeno que el desastre demográfico antillano puso de manifiesto y la Iglesia era más consciente de esto a medida que se ampliaba la conquista y colonización del centro y sur de todo el continente.

La introducción, recreación y consolidación de la iglesia católica en México en la primera etapa de la Conquista española, se puede delimitar entre los años de 1523 y 1572, con la llegada de los jesuitas. Los verdaderos artífices de esta vasta empresa fueron los miembros del clero regular, muy por encima de la labor del clero secular, a pesar del relevante papel de obispos como Zumárraga, Quiroga o Montúfar. La orden de San Ignacio de la Compañía de Jesús será la encargada, después de iniciar la subordinación de la labor del clero conventual a la labor del clero papal u obispal.

Paréntesis: algo que no es fácil de entender es la diferencia entre clero regular y secular. Regular se refiere a los miembros de la iglesia que se rigen bajo la regla de su orden, observadas rigurosamente en los monasterios o conventos. Secular alude etimológicamente a “seculo” o “seculorum”: siglo, lo que dura siglos, tradición de siglos: son los sacerdotes, obispos u otras dignidades eclesiásticas que no viven en un monasterio o convento, son seglares.

Las principales cuestiones entre las muchas a las que tuvieron que hacer frente a estos apóstoles y quijotes de la evangelización son por sí mismas meritorias para tener un panorama de la compleja labor que supone incorporar una cultura y unas creencias a otros grupos humanos: del politeísmo al monoteísmo, de la poligamia a la monogamia, de la concepción del castigo a la noción de pecado, la aceptación de la divinidad y humanidad de Cristo, la presencia e intercesión de la Virgen María y de los Santos, la existencia del cielo, del purgatorio y del infierno, el paso del sacrificio ritual comunitario al sacrificio interior y confesado a una autoridad sacerdotal…

Para toda esta vasta transformación cultural el historiador francés Robert Ricard, estima que se necesitaron por lo menos dos o tres generaciones de convivencia para que empezara a erradicarse la idolatría, considerada blasfema e inaceptable para la mentalidad ibérica cristiana, según la cual había que “salvar” a como diera lugar el alma de esos pobres descarriados. Pero a la vez eran explotados, sometidos y agrupados según la dinámica material de dominación de la conquista imperialista. En la etapa de la construcción o fundación de las “comunidades cristianas” las herramientas evangélicas fundamentales giraron en torno a la administración de los siete sacramentos tanto a los niños como a los adultos: el bautismo, el matrimonio, la confesión, la comunión, la penitencia, la confirmación y la extremaunción.

Por eso se necesitó elaborar toda una estrategia educativa, apoyada en una indomable fe y una ejemplificación constante a través de los votos de pobreza, castidad y obediencia y de otras virtudes que los indígenas pudieron percibir de los frailes. Aquí, en concreto, los desmanes y excesos de los conquistadores resultaron ser en ocasiones un valioso aliado para la causa proselitista apostólica, que ciertamente servía de refugio espiritual y legal en las leyes aludidas de la Corona de Castilla.

Los principales métodos de los franciscanos, dominicos y agustinos para lograr “la metamorfosis cristiana del indígena” fueron arduos y diversos, y necesitaron realizar un gran esfuerzo por adquirir habilidades lingüísticas y etnográficas de intensidad variable según la etapa de fundación o la etapa de consolidación, los espacios, las condiciones y las rivalidades logísticas entre las tres órdenes, pero se pueden organizar de manera algo jerárquica.

Por lo que se refiere a la fase de consolidación de la Iglesia, las labores espirituales pudieron ir fluyendo para dejar paso a otras de carácter organizativo, pero sin olvidar que estaban basados en los conceptos y comportamientos que se predicaban constantemente en los sermones y en las misas, ahora apoyados por los propios indígenas. La catequesis fue el pilar fundacional de los programas educativos junto con las enseñanzas técnicas, sin olvidar, claro, su tendencia a establecer distinciones socioeconómicas para el acceso a los mismos. Porque una cosa era la educación que recibían los españoles y otra la educación que recibían los indios. Pero en cualquier caso el monopolio absoluto del saber lo ejercía la Iglesia sin ningún problema, como lo hizo en Europa hasta las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII.

Así, comienzan a dispersarse, como lo estaban también los pueblos de indios, las iglesias, monasterios, conventos, capillas, hospitales o acueductos, que reforzaron la percepción en el indígena de que se trataba de un sistema económico, social y cultural del que podían salir “beneficiados” en un grupo congregado, comunal o repartido al margen de las repúblicas de españoles, que eran la viva imagen de la codicia, el saqueo, la maldad y la crueldad.

El esplendor artístico del culto y de la propia devoción, que buscó un equilibrio entre la extrema humildad y el fasto dispendioso en lujos al menos en la primera etapa, sirvió durante todo el siglo XVI para reafirmar el interés del indio por la nueva fe. Algunos de los mecanismos pedagógicos más habituales y comunes, enormemente eficaces para la edificación espiritual, fueron, entre otros: el teatro sacramental, las procesiones coloridas y sonoras, las misas desde los púlpitos y en los enormes atrios construidos para las conversiones (capillas posas), la música conventual, los santorales y el canto místico, las fiestas conmemorativas, así como la profusa representación pictográfica de los dogmas cristianos que servían para adoctrinar a los naturales con máxima incomprensión lingüística.

En este sentido, no se debe olvidar el papel de las cofradías (asociaciones reconocidas por la Iglesia católica que algunas personas religiosas forman con fines piadosos) en las comunidades para la organización de múltiples actividades de proselitismo, convivencia y comunión espiritual, que fue creciendo con los años y todavía hoy se observa activo en muchos municipios del país.

Lógicamente, todo este complejo proceso estuvo caracterizado por enormes dificultades: internas y externas del apostolado, las intromisiones u omisiones del Papado y la Corona, las resistencias y comprensibles negligencias del indio, pero una de las conclusiones más importantes es que verdaderamente a finales del siglo XVI el mundo prehispánico desciende de manera clara a las tinieblas de su propio olvido para que emerja una nueva iglesia, que por otra parte, nunca llegará a ser verdaderamente “mexicana”, sino hispanizada según los parámetros vinculantes entre la Corona y la Curia que se establecieron desde el siglo XV y que se consolidaron en el periodo colonial.

Un asunto común en historiadores como Robert Ricard, Antonio Rubial o Josep Barnadas es el tema del acceso y la movilidad del clero indígena en las jerarquías parroquiales, sacerdotales u obispales novohispanas. Coinciden en que la mayoría de los eclesiásticos eran blancos y españoles de absoluta preferencia y en la total ausencia de indígenas, si bien discrepan ligeramente en cuanto al número de clérigos mestizos que se fueron incorporando a la estructura de la Iglesia Católica.

Efectivamente, la incorporación del indígena a los gobiernos eclesiásticos como obispados o provincias capitulares, al igual que en los gobiernos de carácter civil, pasará a ser asunto sobre todo de peninsulares, criollos y en menor medida mestizos, durante todo el periodo novohispano. Hoy resulta muy extraño ver a indígenas en el gobierno de la Iglesia, lo que me hace reflexionar en lo siguiente: ¿se ha recompensado de alguna manera en la tierra la devoción impuesta y el inmenso sacrificio de los indígenas por aceptar un nuevo y único Dios y asumir la destrucción de su naturaleza cultural prehispánica?

En mi opinión la discriminación y la europeización en este sentido fue aún más radical que con el sistema de cargos civiles al que tan restringido acceso tuvieron los miembros criollos, que ya es mucho decir. Llama asimismo la atención de la postura de la Iglesia respecto a la población negra esclava: les evangelizaban si les quedaba tiempo, ya que lo importante aquí sin duda era su capacidad para que trabajaran al máximo de sus fuerzas. ¿Dónde queda aquí la doctrina del fraile dominico Bartolomé de Las Casas en contra de la esclavitud?

Los estatutos de limpieza de sangre (codificación de la clase social, cargos políticos y legalización de los cristianos puros basada en criterios genealógicos) quizá no fueran tan estrictos como en la península ibérica, en los sectores civiles del poder político por lo que hemos comentado con las conversiones; sin embargo en los órganos de gobierno eclesial la discriminación, el racismo e incluso el sexismo soterrados y silenciosos como si fuera una misa gestual, estaban tan instalados y funcionaban implícitamente que hoy en día resulta extraño pensar en un clero mayoritariamente indígena, negro, latinoamericano y menos aún… femenino.

Y… a pesar de la gran Sor Juana Inés de la Cruz, amiga y amante personal de la virreina de la Nueva España, la condesa de Paredes. ¿Podrá imaginar o asumir la Iglesia católica actual un Papa indígena? Esto me hace pensar que hay dos o más iglesias dentro de la Iglesia.

Como vemos, el papel administrativo de la Iglesia en el Nuevo Mundo corrió paralelo al que ejerció el poder real. Si en primera instancia fue el clero regular el encargado del establecimiento y la consolidación de la Iglesia, con la llegada de los jesuitas en 1572 quedaba claramente definida la labor del clero secular como la más influyente en el terreno eclesial, por encima del regular. Los obispos y sus diócesis serán fundamentales en la segunda etapa de la colonización, en el último tercio del siglo XVI.

El historiador Josep Barnadas, saca a colación la poca relevancia que la historiografía tradicional otorga al Concilio de Trento (1548-1563) en América y en contraste lo coloca en el lugar que debe corresponderle, fundamental en cuanto al control de la observancia y la difusión de la piedad cristiana; es decir, un lugar prioritario con un impacto cultural decisivo en la conformación de una sociedad que se acaba de transformar “de indígena en cristiana”. Sin olvidar, además, que lo seglares desempeñaron un papel no menos importante desde el punto de vista económico y del régimen de propiedades.

A nivel local las órdenes religiosas primitivas y otras que llegaron después -en los siglos XVII y XVIII- como los carmelitas, los jerónimos o los capuchinos, continuaron su labor, que aunque ya subordinada, siguió resultando de gran significación histórica en una doble vertiente: las diócesis en el siglo XVII necesitaban de las parroquias no ya tanto para el control y evangelización del indígena sino para la reafirmación y vigilancia de la fe cristiana entre los españoles y españolas de los territorios americanos a partir de otra hábil y eficaz telaraña educativa y moral. Los colegios y las universidades van resultar claves en la consolidación de la Iglesia española en América. La aristocracia criolla y peninsular e incluso los reyes eran formados, instruidos y asesorados por los religiosos, principales preceptores y consejeros de los poderosos hasta, al menos, la expulsión de los jesuitas de los territorios del imperio español en 1766.

¿Acaso no pervive hoy en día la presencia de la educación religiosa en muchos lugares de México? Pensemos en la considerable cantidad de instituciones educativas gestionadas por religiosos metodistas, jesuitas, agustinos, franciscanos, o lasallistas como la Universidad Anáhuac, la Universidad de La Salle, La Universidad Iberoamericana (UIA), el Instituto Mexicano Madero (IMM), la Universidad Popular Autónoma de Puebla (UPAEP) y un gran número de colegios privados dirigidos por curas, monjas y si no, por directivos de clara y activa confesión religiosa.

El impacto cultural, social e incluso económico de estos espacios es más importante de lo que uno a primera vista podría imaginar. Piensen en ello. La verdadera conquista española no fue la de la espada, fue la de la cruz.

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*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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