PRIMER BAT – ¿LA MUERTE DEL CINE?

Posted on julio 31, 2017, 1:47 am

ERNESTO RAMÍREZ

Una de las mayores contribuciones de la humanidad ha sido el arte y, en particular, el séptimo arte. Quizá ya todo el mundo sepa cuáles son las seis bellas artes precedentes, pero no está de más recordarlas: arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y danza-teatro. (Yo añadiría la fotografía, que además es una clara precursora del cine).

Uno de los secretos de nuestra habitual fascinación por el cine, además de su onírico y catártico escenario envuelto en oscuridad, es que en él se encuentran las 6 bellas artes a la vez, aunque no sea en todo momento ni de manera simultánea. Es una de sus grandes potencialidades. Claro, un purista me podrá reprochar que al final de tanto abarcar, el cine banaliza todas las demás, y puede ser; pero en fin… es el séptimo arte y se acabó la polémica.

No hay que olvidar, a pesar de que hay sujetos que defienden a ultranza el cine independiente -qué término tan resbaladizo- que el cine es una industria. Y un negocio. Cómo dijo Alfred Hitchcock, “es un lugar con butacas que hay que llenar”. Si no, ¿qué sentido tiene proyectar una película en una pantalla gigante que nadie ve ni escucha? La televisión, por el contrario, no tiene pudor en invadirnos con cualquier cosa durante las 24 horas, la miren o no. Quizá sea porque se sustenta de la publicidad.

Una vez reconocido su carácter marcadamente capitalista, nos encontramos con que el arte del celuloide curiosamente no es únicamente burgués; es decir, destinado a satisfacer el gusto de las clases acomodadas como habían sido, y son, por lo general, el teatro o las pinturas expuestas en los museos o dirigidas a pudientes coleccionistas privados. Nacía la primera expresión cultural para las masas, popular, para todos, allá por los años 20 del siglo pasado.

Los primeros espectadores quedaron verdaderamente asombrados con las primeras proyecciones. Llegaban a salirse de la sala en no pocas ocasiones porque pensaban que lo que se proyectaba era real. Lo mismo le pasa a los niños cuando ven sus primeras películas: perciben el cine como algo verdaderamente viviente que está dentro de una pantalla. Y sí, ciertamente, esa sensación de inmediatez y cercanía, el movimiento, el tiempo, el sonido, los gestos… es lo más parecido -en cuanto al arte- a una experiencia real.

No cabe duda, no obstante, de que es mucho más poderosa y sugerente la imaginación que surge de la lectura de un libro, ya que para imaginar no hay límites espaciales, temporales o estéticos. Pero el cine, es el arte que más se aproxima a la vida por su apariencia de verosimilitud, de realidad, de realismo, aunque se trate del más absurdo de los argumentos.

La pregunta que intitula este artículo -¿La muerte del cine?- va encaminada en dos direcciones. Una se refiere al cine como industria y la otra al cine como arte. En cuanto al cine como industria, quizá todos pensamos como algo impensable la desaparición de las salas de cine. Y sí, es difícil pensar en esa posibilidad. Porque el cine, ir al cine, sigue siendo, de momento, un acto social. En nuestra infancia íbamos con nuestros padres o familiares. En la adolescencia con los amigos o novi@. O podemos ir solos, cómo no. Yo personalmente siempre fui con alguien hasta los 25 años. No por miedo, sino por la placentera sensación de compartir la experiencia antes, durante y después de la película.

Es curioso que desde que vivo en México, desde hace una década, sólo me ha tocado ver una película con la sala absolutamente llena hasta los topes. Se trataba de El orfanato (2007), en una sala de la capital. Después, nunca más.

¿Se debe esto a que la gente ya no va al cine como antes? Pues en parte sí, y en parte no. Hay películas que llenan todavía a rebosar las salas, aunque para algunos no tenga importancia porque se trata de films para niños o adolescentes. Es decir, que en ese sentido, el cine sigue siendo el cine. Es una industria que sigue generando miles de millones de dólares, pesos o euros. Eso sí, sus precios cada vez más impopulares y menos equivalentes a lo que verdaderamente ofrecen después en cuanto a resultado final para las tarifas que tienen. No digamos ya si alguien quiere palomitas, más caro que el boleto.

Aunque nos parezca extraño, el cine hoy tiene todavía más alcance potencial para llegar a los consumidores. Plataformas como Netflix o Internet, que ya se pueden disfrutar en nuestros teléfonos inteligentes con una conexión de datos o de Wi-Fi -siempre que tengamos el poder adquisitivo para ello, claro- permiten que veamos una película en cualquier momento y en cualquier lugar, aunque sea en una pantallita que no le llega ni a la suela del zapato a las condiciones de imagen y sonido de una auténtica sala de cine.

El asunto es que, como en otras parcelas de la vida moderna, la tecnología por sí sola pretende hacernos creer que el arte ya es arte porque tiene formato digital última generación, sonido IMAX, y navega por las redes del ciberespacio. Otra gran trampa de la cultura de plástico que nos quieren imponer donde el envase importa más que el contenido: el entretenimiento inofensivo importa más que la distracción intelectualmente activa.

Aquí es donde el cine sí creo que presenta preocupantes síntomas de entrar en un estado de coma que a veces llega a ser nauseabundo. No pretendo dar la imagen -ni ser- un tipo snob al que solo le emocionan esas películas infumables que por pretenciosas, complejas y rebuscadas ya son dignas de ser consideradas obras de culto y para cultos. Al contrario, estoy abierto al cine considerado tradicionalmente como comercial. El punto es que cada vez cuesta más encontrarse con películas en los que se conjuga equilibradamente la calidad artística con el compromiso de transmitir valores humanos y sociales.

Si miramos con detenimiento la historia del cine, esa máxima se cumplía en muchísimos casos. Todos los años se estrenaban auténticas obras maestras que no necesitaban ser necesariamente barrocas en su forma de expresar los mensajes y tenían una factura visualmente encomiable. ¿Ejemplos?

Miles, por decir algunos, solo uno por década: La quimera del oro (1925); La diligencia (1939); Casablanca (1943); Viva Zapata (1952); 2001, una odisea del espacio (1968); El padrino I y II (1972, 1974); Gandhi (1982); La lista de Schindler (1993); Bailando en la oscuridad (2000)… son obras maestras porque tanto su factura visual como los valores que transmiten son dignos de permanecer en nuestros recuerdos y son, normalmente, inmunes al paso del tiempo que las convierte en clásicos, sean de “culto” o no.

¿Ahora no se hace cine de esta calidad? Pues sí, claro,… pero a mi modo de ver… no tanto. Y menos en la proporción que se hacía por lo menos hace 20 o 30 años. Incluso Hollywood, cuna del cine estrictamente lucrativo, estrenaba películas, diez o quince películas -al año, ojo- dignas para la emotividad inteligente. Hoy, solo basta ver la ceremonia de los Oscar para convertirse en un nostálgico. Es muy raro que la película ganadora lo sea porque sea una obra maestra. Para mí, en los últimos 15 años, sólo hay una excepción en estas ceremonias mediáticas: Birdman (2014), precisamente de un mexicano. Las demás no pasan de ser productos dignos, pero de un visionado y nunca más -o dos como mucho-: esto en mi exigente opinión.        

Las razones del acelerado desprestigio artístico del cine pienso que responden más a una estrategia del circuito cultural y económico global que a una escasez de ideas y talento, que a veces uno pensaría que también. Se siguen haciendo buenas películas, pero casi siempre hay que buscarlas fuera de la órbita estadounidense. Esto es, el cine europeo o incluso algunas buenas muestras en el cine hindú, latino o, a veces, coreano. El problema es que para ver este tipo de películas sí hay que ponerse en el papel de detective en los márgenes o algo por el estilo.

Después de más de 100 años de vida, es normal que este arte presente muestras de agotamiento, pero que no nos engañen. De que se puede hacer buen cine, se puede. Otra cosa es que los guionistas, los productores, los distribuidores, los exhibidores e incluso los espectadores se estén infantilizando a pasos supersónicos de manera sospechosamente repetitiva y monótona.

Cuando tenía alrededor de 15-18 años, ya veía películas -en el cine- como Terminator, Pelotón, Wall Street, La chaqueta metálica, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Cinema Paradiso, Memorias de África, Uno de los nuestros, El cabo del miedo o Los puentes de Madison. Hoy, con esa edad -años más años menos- vería films como Crepúsculo, 50 sombras de Grey, Rápido y furioso o alguna de zombis que tan de moda están. No es que sean del todo malas, pero hay un abismo artístico considerable, ¿no creen?

El cine no debe, ni puede como lo hace, reducirse a simples historietas de súper-héroes redentores de la inmundicia humana -¿hay otra?- que aunque de vez en cuando nos distraigan, finalmente nos embrutecen si sólo vemos esas increíbles e inverosímiles narraciones como única alternativa cultural. Algunos dirán, con todo derecho, que van al cine sólo a distraerse, que ya hay mucho en qué pensar en la vida cotidiana. Y sí, puede que tengan razón. Pero al menos para mí es mucho más terapéutica una película que no sólo me entretiene, sino que me aporta algo más y sobre todo que me hace crecer como ser humano, aunque solo sea un poco. Y en eso, para mí Batman, sea de Burton o de Nolan, no es suficiente.

Algunos pensarán que esos ejemplos de Crepúsculo y demás le aportan mucho a su vida. Ojalá, y qué bueno… pero eso es porque no han tenido la oportunidad –todavía- de ver las otras películas u otras muchas maravillas.

Ya es cansina- hasta el hartazgo- la mega tendencia al cómic, al remake, a la secuela de la precuela de la secuela, a la saga infinita, al romanticismo de chicle, al insulto a nuestra inteligencia, a la estupidización constante de las conciencias mediante fuegos pirotécnicos que te dejan sordo, ciego y mudo. O quizá es que eso es lo que quieren. Anestesiarnos para que no molestemos. Convertirnos, literalmente, en zombis. Y más: en zombis que ni siquiera dan miedo a las estructuras sociales del poder como lo suelen dar en las películas a esas mismas estructuras.

En fin, el establishment, ese poder fáctico visible e invisible, normalmente sabe lo que hace. Lo que no sabe es que a este paso las salas de cine se convertirán en melancólicos y abandonados mausoleos de aquello de que el pasado siempre fue mejor. ¿Será?…

Pues hay un millón de clásicos que les están esperando desde hace tiempo aunque no estén en las salas.

The End

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

Leave a Reply

  • (not be published)