PRIMER BAT – LA NOCHE ESTRELLADA, DE VINCENT VAN GOGH

Posted on diciembre 11, 2017, 7:00 am

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

Es el arquetipo del pintor maldito. El símbolo moderno de la bohemia artística, cuando ésta era la verdadera bohemia. Vincent Willem van Gogh (1853-1890) fue un pintor postimpresionista, cuyo trabajo, notable por su belleza natural y sinceridad emocional, tuvo una trascendencia tardía, pero de enormes proporciones, sobre el arte del siglo XX. Tras muchos años de profunda ansiedad y enfermedad física y mental, murió a los 37 años -como el renacentista Rafael- a causa de una herida de bala autoinfligida.

Vincent pertenece a ese linaje de grandes genios marginales como Poe, Baudelaire, Wilde, Kierkegaard y Nietzsche, hombres atrapados por sus fantasmas mentales, tocados en el corazón por la noche y las estrellas, que no regresan, o no regresan bien al mundo de los normales. Como dijo el poeta, escritor y actor Antonine Artaud, la noche del 23 de diciembre de 1888 fue probablemente la fecha en que van Gogh se desvinculó de la sociedad para no volver más. Esa noche no sólo perdió para siempre el lóbulo de su oreja derecha, sino también su cercanía con su amigo también pintor Paul Gauguin y, sobre todo, su precaria posición en el tablero del mundo ordinario.

La vida de van Gogh es aún más difícil de separar de sus obras que la de Gauguin, porque aun en el caso de que sus pinturas no tuvieran ningún valor, su historia seguiría llamando la atención. Fue una aventura a la vez trágica y dramática la que vivió y describió en sus 755 cartas a su hermano menor Theo -fiel mecenas, cuidador y cómplice permanente- en las que pueden leerse como un diario ininterrumpido todas sus ideas y esperanzas. Estas cartas escritas por un hombre humilde, un artista casi autodidacta, que no tenía ni idea de la fama que iba a alcanzar, figuran entre las más emocionantes y sugestivas de toda la literatura. En ellas podemos percibir el sentido de la “misión” de un artista, sus luchas y triunfos, su desesperada soledad y su anhelo de camaradería, así como llegar a darnos cuenta del inmenso esfuerzo que desarrolló trabajando con febril energía: en un periodo de sólo 10 años, pintó 910 cuadros y 1,100 dibujos. Es decir, más que toda la producción pictórica junta de los tres grandes genios del Renacimiento, Leonardo da Vinci, Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buonarroti.

Nacido en Holanda, en 1853, hijo de un pastor protestante, fue por ello un hombre profundamente religioso que durante su juventud había actuado como predicador laico en Inglaterra y entre los mineros belgas. De las lecciones aprendidas desde el púlpito de su padre y de su propia concepción de la caridad cristiana, creía que el mejor arte era el que expresaba el sufrimiento de los pobres y la búsqueda de lo absoluto.

De los pintores del “sentimiento”, al menos de algunos, aprendió bastante sobre cómo pintar un cuadro: de Rembrandt, de quien sería el sucesor más grande en la pintura holandesa. Quedó enormemente impresionado por el arte de Jean- Francois Millet por su mensaje social, que contribuyó en gran medida a desarrollar su propia concepción de los aspectos heroicos de la vida rural, decidiendo hacerse pintor cuando ya contaba con 27 años. Su hermano Theo, que trabajaba en una tienda de arte, le puso en relación con los pintores impresionistas y puntillistas.

Jean-Francois Millet. El ángelus. 1859.

Jean-Francois Millet. El ángelus. 1859.

Millet. Las espigadoras. 1857.

Millet. Las espigadoras. 1857.

Las pinturas de van Gogh no deben verse como simples ejercicios técnicos. Cada una tenía su propio propósito como declaración de sus propias creencias y de su estado mental en esa época. Los problemas de su arte son, desde luego, distintos, tanto en esencia como en intensidad, a los de sus contemporáneos franceses. Su función era, intencionalmente, menos artística que social y menos social que personal. Respondía a su necesidad de comunicación entre él y los otros, en la cual esperaba siempre encontrar el amor que siempre se le rehusó y de cuya ausencia murió.

Puesto que justificaba su arte por la verdad de sus sentimientos, su arte es completamente expresión de sí mismo, de ahí que en muchos sentidos se le considere no ya un impresionista, sino una de las principales fuentes de la corriente expresionista europea. Pero también deseó que sus cuadros poseyeran los efectos vigorosos y directos de los grabados y las estampas japonesas (el ukiyo-e) que tanto admiró.

Utagawa Hiroshige, Copetudos y camelias, 1833.

Utagawa Hiroshige, Copetudos y camelias, 1833.

Vincent van Gogh, Flores de almendra, 1890.

Vincent van Gogh, Flores de almendra, 1890.

La noche estrellada

Es enormemente difícil escoger solo una obra de este artista. Todos conocemos Los girasoles, La habitación de Arlés, El café de noche, La silla, Terraza de café, Carretera con cipreses, Campo de trigo con cuervos, La iglesia de Auvers…y algunos de sus magníficos retratos y autorretratos.  Quizá porque es una de las más personales. Quizá porque transmite una sensación que no despiertan otros. Quizá porque es una de sus últimas pinturas. Quizá porque estoy viendo su reproducción colgada en la pared de la sala. Porque es una obra maestra. La verdad no lo sé.

La noche estrellada, hacia 1890.

La noche estrellada, hacia 1890.

En este cuadro combina dos de los elementos que más le apasionaban durante esta época de su vida: los cipreses y las estrellas. Van Gogh ya había pintado varios nocturnos, con deslumbrantes estrellas, como La noche estrellada sobre el Ródano. Los cipreses, aunque ya habían aparecido en algunos cuadros (por ejemplo en El puente de Langlois) le empezaron a obsesionar durante su estancia en el psiquiátrico de Saint-Rémy.

Vemos cómo el sometimiento a la subjetividad del artista de la pincelada impresionista se convierte en una asombrosa caligrafía del color, que vale tanto para un fragmento pintoresco como para el sobrecogedor panteísmo de esta obra. Los rit­mos sinuosos de la materia pictórica en ese cielo exaltado y fantástico enlazan con el espíritu decorativo del modernismo del momento, al tiempo que avanzan una libertad de eje­cución expresionista sin precedente en la pintura de su tiempo. Es a la vez impresionista, modernista, expresionista, japonesa. Figurativa, pero en la frontera de la abstracción.

Las pinceladas son pastosas y alargadas. Las líneas son predominantemente curvas, ondulantes, como si fueran los motores visuales de la compulsión y de la inestabilidad emocional. Los círculos, espirales y los intensos pero fríos tonos amarillos y azules parecen brasas ardientes de una explosiva jaqueca espiritual y de un desequilibrado retorcimiento psíquico, que sin embargo, expresan la asombrosa apariencia de una alucinación coherente y real, similar a los sobrecogedores delirios mágicos de los niños que nos perturban pero a la vez nos conmueven de verdad.

La composición de este cuadro está marcada por la presencia de los cipreses, que se alzan como dos llamas negras sobre un cielo estrellado con la luna en cuarto menguante al fondo.

Los cipreses me preocupan siempre (…) me sorprende que nadie los haya pintado todavía como yo los veo. En cuanto a líneas y proporciones un ciprés es bello como un obelisco egipcio.

Vincent a Theo

El cuadro se divide claramente en dos partes, el cielo estrellado y el pueblo, presidido, como tantos otros, por la larga aguja de la iglesia. La línea del horizonte está baja, dando el protagonismo al cielo. La imponente presencia de los cipreses a la izquierda queda equilibrada por la de la luna, a la derecha. La pincelada en esta etapa seguía siendo pastosa y alargada, pero ya había evolucionado hacia grandes espirales y remolinos, que intensificaban la sensación de dramatismo en sus obras.

Hay un contraste entre la verticalidad de los cipreses y la horizontalidad predominante en el cielo estrellado. Interpretaciones aparte, los cipreses cumplen la función de dotar al cielo estrellado de su verdadera profundidad y dimensión. Las montañas también serpentean y parecen unirse con el cielo. A van Gogh no le preocupó representar la perspectiva clásica tridimensional, prefirió construirla como lo hicieron los primitivos: a base de planos superpuestos.

Se ha comentado que esta obra quizá se refiera al episodio bíblico del Génesis (37,10) en el que José tiene un sueño con once estrellas, el sol y la luna (en el cuadro ambos parecen unidos). Un investigador español, José Navarro, ha demostrado que la constelación que aparece es la de Aries, visible desde el sur de Francia en las noches del 14 al 19 de junio de 1890, que es cuando se estima que se pintó el cuadro. Además, por esos días la luna estaba, como en la pintura, en cuarto menguante y el pintor gustaba de pintar in situ, al aire libre. Aunque también es posible que lo ejecutara de memoria basándose en la vista que tenía desde la ventana del sanatorio.

Hay muchas interpretaciones posibles y para todos los gustos: en términos del regreso de Vincent a sus convicciones religiosas de juventud, o como una sacralización de la naturaleza, que así queda deificada. Otros autores excluyen la interpretación religiosa sin negar que van Gogh pretendiera expresar sentimientos relacionados con lo eterno, lo cósmico. Otros apuntan a que este paisaje es una imagen de la muerte, pero no un momento mori pavoroso ni un apocalipsis donde el cielo se viene abajo, como a veces se ha dicho.

¿Qué enfermedad padeció Vincent?

Más de 150 médicos han propuesto una enorme variedad de diagnósticos para la enfermedad que aquejaba a Van Gogh. Dentro de las múltiples afecciones consideradas, se encuentran, además de la epilepsia del lóbulo temporal y el trastorno bipolar, la enfermedad de Ménière, la neurosífilis, la intoxicación crónica por plomo y por digitálicos, la meningoencefalitis tuberculosa, la esquizofrenia y el tumor cerebral. Actualmente el reto diagnóstico sigue siendo fascinante.

Gastaut, en 1956, identificó la enfermedad de van Gogh como epilepsia del lóbulo temporal del cerebro, precipitada por el abuso del consumo de ajenjo, bebida popular entre los artistas parisinos de finales del siglo XIX, en presencia de una lesión límbica preexistente. Es posible que la enfermedad neurológica se relacionara con una personalidad pre-mórbida y un trastorno anímico del espectro bipolar. Van Gogh presentó, de forma previa al inicio de las crisis epilépticas, dos episodios depresivos mayores que fueron seguidos de un ánimo exaltado prolongado y una pasión excesiva, primero por la religión y después por el arte.

A la edad de 16 años Vincent vivía cerca de su familia, en La Haya, en donde trabajaba como aprendiz de vendedor de arte; posteriormente fue trasferido a Londres, ciudad en la que sufrió su primer desamor y cayó consecuentemente en una severa depresión. Vincent pasó los siguientes meses retraído de la sociedad, con el ánimo desolado. Durante ese periodo se vio cada vez más interesado e involucrado con el pensamiento religioso. Conforme aumentaba su pasión por la religión, iba perdiendo interés en bienes como el dinero y en las relaciones sociales. Finalmente perdió su empleo y empezó a trabajar como predicador. Vincent no logró obtener un grado de teología y terminó trabajando como evangelista en Borinage, un precario distrito minero de Bélgica, en donde regaló las pertenencias que le quedaban. Su conducta de extremo altruismo no era percibida como digna de su oficio por parte de sus superiores y, en consecuencia, fue expulsado de la Iglesia. Por segunda vez, Vincent cayó en una profunda depresión, abandonó sus creencias religiosas y empezó a adoptar ideales agnósticos y socialistas. Fue en ese momento cuando decidió dedicarse al arte, desarrollando una pasión de intensidad similar a la mostrada en su primera fase de hiperreligiosidad. Este momento crítico de su vida esté quizás representado por la contradictoria pintura Naturaleza muerta con Biblia, obra ataviada de símbolos, en donde, junto a una Biblia abierta, yace una copia de la novela La alegría de vivir, del escritor liberal Émile Zola.

Después de estos dos eventos, la personalidad de Van Gogh se tornó tempestuosa e impredecible, como describía una carta que su hermano Theo envió a su hermana Wilhemina:

“Pareciera que fuera en realidad dos personas: una maravillosamente talentosa, tierna y refinada; la otra, egoísta y de corazón despiadado. Se presentan en turnos, como si una escuchara a la otra para después dar una réplica. Es una lástima que Vincent sea su propio enemigo, puesto que hace la vida difícil no sólo a los demás, sino también a él mismo”.

Datos familiares apoyan el hecho de que Vincent tuviera una predisposición intrínseca a las enfermedades mentales. De todos los diagnósticos probables, el de Gastaut es el que cuenta con mayor evidencia histórica. La  neurología moderna ha dedicado múltiples esfuerzos a entender la fisiopatología de la epilepsia y los fenómenos biológicos y neuroquímicos responsables de las alteraciones neuro-psiquiátricas que frecuentemente se asocian.

En general, se acepta que la epilepsia tiene una incidencia anual de 50/100,000 habitantes y la prevalencia de la epilepsia activa se encuentra en el rango de 5 a 10/100,000 casos; sin embargo, estimar la verdadera epidemiología de este trastorno ha sido metodológicamente desafiante. La epilepsia de inicio focal representa alrededor del 69% de los casos y de este grupo, la forma más común es la epilepsia mesial del lóbulo temporal, enfermedad propuesta como diagnóstico para Van Gogh. Este padecimiento se ha asociado con múltiples alteraciones mentales. Los pacientes con epilepsia del lóbulo temporal tienen incidencias más altas de depresión, trastorno del espectro bipolar, episodios psicóticos agudos, alteraciones transitorias de la personalidad y alteraciones cognitivas inespecíficas. Dentro de los mecanismos fisiopatológicos epileptogénicos que podrían tener un papel en este fenómeno se han descrito, entre otros, circuitos neuronales alterados con formación de conexiones excitatorias aberrantes, estructura anormal de las espinas dendríticas neuronales, alteraciones neuroquímicas como la síntesis disminuida de ácido -aminobutírico (GABA), receptores GABA-érgicos mal expresados, exceso de neurotransmisores excitatorios como glicina y alteraciones en los canales de potasio con una subsecuente repolarización anormal. Se piensa que estas alteraciones funcionales, aunadas a las múltiples conexiones del lóbulo temporal con la amígdala, el hipocampo y otras áreas de asociación, son elementos causales compartidos en la disfunción neuro-psiquiátrica frecuentemente observada en estos pacientes.

Se ha descrito que los epilépticos del lóbulo temporal son esquizoides sin ser esquizofrénicos; no pierden el afecto, característica que corresponde al fenómeno esquizofreniforme.

“Transcurro por la vida, y mi estado mental no sólo es, sino ha sido, abstracto, tanto que no creo que lo que han hecho por mí pueda regresar el balance perdido a mi vida. Cuando tengo que seguir reglas, como las de este hospicio, me siento tranquilo; lo mismo me sucede en el servicio. Por supuesto que aquí me arriesgo en demasía, lo que hace que los demás me rechacen, porque me saben enajenado al menos epiléptico (he escuchado que hay 50,000 epilépticos en Francia, de los cuales han hospitalizado a 4,000, así que no es tan inusual…)”.

Si Vincent hubiera vivido en el siglo XXI, en la era del conocimiento sobre la fisiopatología de las crisis convulsivas y los desórdenes neuro-psiquiátricos asociados, y la variedad de los métodos diagnósticos para dilucidar la etiología de la epilepsia, probablemente la mayoría de sus síntomas estarían bajo control y con seguridad habría experimentado menos crisis convulsivas y episodios psicóticos, hubiera recibido un soporte psicoterapéutico más adecuado que el que obtuvo en Auvers, donde se encontraba bajo el cuidado del Dr. Gachet.

Pero surgen varias preguntas: ¿quién podría garantizar que, tras controlar su enfermedad y su estilo de vida, hubiera producido más de 410 pinturas creadas en su último año de vida? ¿Cómo hubiera sido capaz de pintar de esa manera que mueve los sentidos y los sentimientos, y de esa forma que algunos psicoanalistas llaman prototipo del inconsciente colectivo?

Un artista puede sobrellevar el sufrimiento con sus actos creativos, pero es cierto que también el sufrimiento es capaz de sobrepasar al artista. Cuando nadie lo esperaba, en julio de 1890, van Gogh muere de un disparo de un revólver. Actualmente, se cree que el disparo pudo ser accidental, y fue efectuado, sin querer, por dos muchachos a los que Vincent conocía. Para no delatarles, nunca desveló quién le había disparado. Así nos dejó con la duda para siempre… Sobrevivió a las heridas durante dos días. Su hermano Theo estuvo junto a él. Finalmente, Vincent murió apoyando su cabeza sobre la mano de su querido hermano.

Su fama creció rápidamente después de su muerte, gracias a la promoción de la su cuñada, Johanna, la esposa de Theo que, aunque no tuvo una buena relación con Vincent, resultó ser la única heredera de toda su obra tras la muerte de su esposo, ocurrida poco después de la del pintor. De hecho, debe señalarse que a ella se debe la única venta de un cuadro de Van Gogh en vida del artista.

El único cuadro vendió en vida, por 400 francos: El viñedo rojo.

El único cuadro vendió en vida, por 400 francos: El viñedo rojo.

El mayor impulso de su obra vino especialmente después de una exposición de 71 de sus pinturas, en París el 17 de marzo de 1901 (11 años después de su muerte).

“Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que la gente reconozca que valen más que el dinero que costaron los colores para pintarlos”.

Vincent van Gogh

La galería Christie´s subastó hace muy poco, en noviembre de 2017, esta pieza, llamada Trabajador en un campo y que terminó de pintar un año antes de su muerte, alcanzó un precio cerca del récord del artista, que es de 82.5 millones de dólares por Retrato del Dr. Gachet (1890), subastado también por Christie’s en mayo de 1990. Qué ironías que tiene la vida. Si Vincent levantara la cabeza, se vuelve a dormir.

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*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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