PRIMER BAT – LAS SEÑORITAS DE AVIGNON, DE PICASSO

Posted on febrero 05, 2018, 7:00 am
Un amigo y colega me ha pedido que escriba sobre esta pintura. Y así lo he hecho. “El arte es una mentira”. El que ha dicho esto es el mismo artista: el gran Pablo Ruiz Picasso (Málaga, España, 1881- Mougins, Francia, 1973). Y así pensaba también el escritor griego Plinio, el cual para demostrar la maestría de un pintor llamado Zeuxis contó la siguiente anécdota:
“Una vez pintó unas uvas tan perfectas que los pájaros acudieron rápidamente a picotearlas”.

ERNESTO RAMÍREZ VICENTE

La mentira, es decir, la verdad inventada, cumplió así su función. La ficción y la realidad se confundieron; de hecho, los pájaros quisieron comerse las uvas que estaban pintadas. El Arte, entonces, es verdaderamente una mentira. Pero mentir de esa forma es, también, un arte difícil y a la vez fascinante.

Naturalmente, Picasso no tuvo la intención de imitar la realidad para engañar. Ya los impresionistas (Manet, Monet, Renoir…) y sus sucesores (Gauguin, Van Gogh…) habían socavado ese dogma heredero de la supuesta veracidad renacentista tridimensional o la teatralidad artificiosa del periodo barroco. Sin embargo, a Picasso le estaba reservado derribar definitivamente lo tradicional por medio de la invención del cubismo. Sin olvidar, claro, otros artistas que cultivaron ese estilo como Paul Cezánne o George Braque.

El cubismo es un movimiento artístico que valora la expresión primaria del volumen y la forma -reducidos a conos, cubos, cilindros, esferas- frente al descuido en que este aspecto había llegado a incurrir el impresionismo, atento sobre todo a la superficie y a la apariencia momentánea de la realidad. Se aparta de esa representación y busca de diferentes maneras mostrar la geometría esencial, pura, de la misma naturaleza.

Para comprender esta nueva manera de comprender-se para el artista, sirva como muestra la comparación de dos autorretratos.

Autorretrato: Yo, Picasso (1906). Óleo sobre lienzo, col. Particular.

Autorretrato: Yo, Picasso (1906). Óleo sobre lienzo, col. Particular.

Autorretrato (1907) óleo sobre lienzo. Galería nacional, Praga, Rep. Checa.

Autorretrato (1907) óleo sobre lienzo. Galería nacional, Praga, Rep. Checa.

El primero es de otoño de 1906. El comienzo del cubismo era inminente; sin embargo no se puede encontrar  alusión alguna. Es todavía un cuadro de su etapa llamada “rosa”. El realizado poco después, en primavera 1907, la línea es el medio de conformación dominante. Las pinceladas gruesas y rápidas marcan los rasgos de la cara. También delimitan las restantes superficies que están llenas de color casi sin modelado.

En la misma época, Picasso trabaja en nuevos bocetos para el cuadro “Las señoritas de Avignon”. Pero no solamente se ha transformado la forma de representación, sino que también la forma de verse a sí mismo ha cambiado. En un boceto de “las señoritas” la mitad inferior del cuadro está sin terminar. Aquí se manifiesta la forma de trabajar de Picasso: primero dibuja los contornos muy rápidos, después rellena las superficies con colores chillones y finalmente marca otra vez los contornos angulosos con negro. El cuerpo y la cabeza se descomponen en planos quebrados.

En la versión definitiva de Las señoritas de Avignon, Picasso tomó el motivo del croquis arriba mencionado para la mujer situada en el centro del cuadro. La pose es ambiguamente provocativa. Más bien lo contrario por medio de los brazos deformes, los codos puntiagudos y la masa de carne donde está encajada la cabeza.

Las señoritas de Avignon, 1907. Óleo sobre lienzo, Museo de Arte Moderno de Nueva York, MOMA.

Las señoritas de Avignon, 1907. Óleo sobre lienzo, Museo de Arte Moderno de Nueva York, MOMA.

Con todo, esta mujer y la que se halla a su izquierda, que parecen hermanas o gemelas, son una belleza comparadas con las restantes figuras femeninas, cuyos cuerpos y cabezas están deformados como si estuvieran cortados a hachazos. Estos tres rostros misteriosos son un claro homenaje al mundo primitivo africano.

La imponente, estática e inexpresiva figura del extremo izquierdo tiene el cuerpo y la cabeza de perfil pero el ojo de frente al espectador. ¿Les recuerda a algo? Su postura y posición remiten a las primeras esculturas de la Grecia antigua todavía no clásicas (los kourói) y el juego de la mirada nos transporta inequívocamente a la pintura del Egipto faraónico.

En la figura situada en el primer plano a la derecha ni siquiera se puede reconstruir la posición exacta del brazo apoyado. La cabeza y el cuerpo están facturados de forma totalmente diferente, se ven al mismo tiempo la cara y la espalda, los ojos y la parte de la boca contradicen todas las leyes naturales. El flequillo del cabello pegado a la frente se parece al del pintor en el autorretrato de 1906.

Detrás de ella, otra mujer entra en la habitación descorriendo hacia un lado la cortina de azul gélido que sugiere una especie de “biombo”, otro plano espacial. Su cabeza está deformada como si fuera un hocico de perro. El rostro está dividido por un rayado verde-rojo y el cuerpo está cortado en pedazos que no se acoplan entre sí.

No es extraño que para un espectador -letrado o iletrado- de 1907 o incluso para un observador de hoy esto les pueda parecer poco menos que un capricho incomprensible, un insulto artístico y una falta de respeto. Solo un carácter como el de Picasso podría haber tomado esa actitud a la vez provocadora, poco sutil y juguetona que buscaba, sin embargo, destruir a su modo toda la historia del arte occidental desde el Renacimiento. Ese era el audaz objetivo del cubismo: inaugurar el arte moderno y una nueva forma de representar y percibir la realidad.

¿Quiénes son las señoritas?

El título del cuadro (Avignon) encubre ortográficamente de manera intencional la alusión a una casa pública, o sea un prostíbulo, de la calle Aviñó, en Barcelona, y ésta sería una de las estancias que Picasso visitó, pero cuya atmósfera exótica y sexual parece representada por el artista como si se tratara de un harén de mujeres típico de un café oriental.

La belleza de las mujeres es muy particular, pero no significa que no la posean. El arquetipo tradicional e idílico de mujer es completamente reinterpretado, y además no son mujeres de la realeza, la aristocracia, la burguesía o del pueblo llano. Son profesionales del oficio más antiguo e invisibilizado del mundo y de la historia junto con la esclavitud, lo que le confiere al asunto de la obra un aspecto igualmente valiente e innovador. Nadie se había atrevido hasta entonces a mostrar de manera tan cruda -y a la vez delicada- un retrato de grupo donde las protagonistas fueran eso, prostitutas. Que las llame “señoritas” es toda una declaración de intenciones.

Aquí considero que hay un elocuente llamado de Picasso a la reflexión. No de la prostitución en sí como algo moralmente negativo, sino a la condición de las mujeres que se prostituyen, que en la inmensa mayoría de los casos no se caracteriza por ser un remanso de felicidad.  Fijémonos en sus rostros, aunque algunos sean puras máscaras: ¿son felices estos seres?

El gran salto

Más allá de esta lectura humanizada de los personajes, el auténtico logro artístico de Picasso en esta obra maestra es menos visible pero está presente: la representación de la cuarta dimensión: el tiempo. Lo consigue con la superposición de planos desde diferentes perspectivas. Rostro-espalda; cabeza-ojos; perfil-frente, uvas-mesa… Lo tridimensional aparenta, y lo logra, convertirse en lo cuatri-dimensional, el paso del tiempo en una superficie que sigue siendo, realmente, de dos dimensiones, no de tres. No sé si me estoy explicando bien. Veamos.

En obras muy anteriores podemos encontrar en una misma composición diferentes momentos de un mismo relato, como por ejemplo, en El tributo de la moneda del italiano Masaccio, pintado nada menos que en 1427.

Masaccio, el Tributo de la moneda, 1424-1427. Capilla Brancacci, Florencia.

Masaccio, el Tributo de la moneda, 1424-1427. Capilla Brancacci, Florencia.

El tributo representa uno de los episodios de la llegada de Jesús con sus apóstoles a Cafarnaum, narrado por San Mateo. En él se cuenta el milagro que se produce cuando el recaudador de impuestos exige a Jesús el pago del impuesto del tributo. Éste pide al apóstol Pedro que saque la moneda con la que pagarlo, del vientre de un pez que tenía que pescar en el río que se ve en la escena. Podemos ver las tres escenas. A la izquierda, en el centro, y a la derecha, pero ¡no se lee de izquierda a derecha! Sino desde el centro, luego a la izquierda, y finalmente a la derecha. Una obra maestra de la narrativa para aquellos tiempos.

En “las señoritas”, Picasso altera todavía más todas las convenciones narrativas visuales y figurativas en simples pedazos de tiempo geométrico y nos obliga a mirar y percibir el tiempo de forma más fragmentada, más desordenada, más caótica, pero sin que pierda el significado de conjunto. Y ni siquiera está contando una “historia” como Masaccio. Ésta es la ruptura fundamental.

No es casualidad. Precisamente 1907 es el año de la teoría de la relatividad de Albert Einstein, que Picasso, intelectual de su tiempo y de todo el siglo XX, conjugará en su lienzo para que picoteemos como pájaros esas uvas que se encuentran en una mesa que no tiene perspectiva lógica. Ni falta que hace.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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