PRIMER BAT – OTRA POLÍTICA ES POSIBLE

Posted on julio 17, 2017, 3:02 pm

ERNESTO RAMÍREZ

35 años después de su aparición, se reafirma la certeza- que ya se avizoraba desde los años 90- de que el neoliberalismo es un sistema económico fallido y en profunda crisis. Pero lo que es más preocupante: el llamado capitalismo “salvaje”, como única opción política y económica, puede llevar al fin de la humanidad por el impacto ecológico y social de una lógica que cada vez más resulta inaceptable desde un punto de vista ético.

Si el Estado, por sí solo, no es la solución para resolver esta crisis multisistémica, mucho menos lo será el mercado y sus ignominiosas leyes disfrazadas de libertades. Subordinar el Estado al mercado conduce a subordinar la sociedad a las relaciones mercantiles y a la egolatría individualista de un mundo obsesionado por la productividad sin “sentido”.

Lejos de una economía sobre-determinada por las relaciones mercantiles, hay que promover, como lo hacen nuevas constituciones políticas, una relación dinámica y constructiva entre mercado, Estado y sociedad.

Ahora bien, la creación de riqueza es consustancial a las sociedades. No se puede prescindir ni del mercado -¿ni del Estado?- y menos en un mundo globalizado, pero es preferible, desde mi punto de vista, construir una sociedad “con mercado” a seguir sufriendo una sociedad “de mercado”.

Más allá de lo que defiende el llamado neo-institucionalismo, una búsqueda de equilibrio entre economía y política, me parece más necesario un neo-estructuralismo; es decir: la política debe estar por encima de la economía. El capital y la ganancia no pueden estar por encima de las personas. Es absurdo. ¿Es que acaso un día comeremos dinero?

Es plausible, en efecto, una economía no controlada por monopolistas, especuladores bursátiles y oligopolios transnacionales a partir de las condiciones generadas por países con una soberanía político-jurídica “real”, sin que se conviertan necesariamente en prácticas con una visión estatista (Estado) a ultranza de la economía y el desarrollo.

Siguiendo el pensamiento de Karl Polanyi “el mercado es un buen sirviente, pero un pésimo amo”. El Estado deberá, en definitiva, ser mucho más ciudadanizado mientras que el mercado habrá de ser mucho más civilizado, lo que en ambos casos requiere de una participación colectiva creciente, incluyente y efectiva de la sociedad en las decisiones políticas y económicas. En este sentido, la posición ideológica que me parece más coherente es la que trate de fusionar el eco-socialismo con la filosofía del Buen vivir que se impulsó desde Ecuador a partir de 2008- año del apocalipsis financiero global.

Pero… ¿cómo se sale de la ilógica de la productividad capitalista en un escenario neoliberal? Como les comenté en el artículo de la semana pasada, es muy satisfactorio que en América Latina hayan surgido nuevos movimientos sociales que puedan adoptar progresivamente el papel que antes tenían los partidos políticos. Si estamos frente a nuevos sujetos que se constituyen al margen de la arena electoral y del proceso institucional, es fundamental plantearse cuál es la estrategia de poder que tienen estos movimientos. Porque un movimiento que no se plantee una estrategia de poder, más allá del debate que pueda darse acerca del poder, no puede transformar este tipo de sociedad.

La dificultad esencial, además, estriba en la contradicción que supone que nuevos movimientos sociales que tienen una gran capacidad para dinamizar la política luego deben insertarse en la dinámica del poder dominante ya institucionalizado en el Estado capitalista.

¿Opresores y oprimidos para siempre? ¿Cómo reconstruir el consenso? Siempre hay olvidados y élites que se consolidan con la explotación. Muchos procesos de cambio no pasan por el Parlamento o el Congreso, pasan por las calles de la indignación y la injusticia o por las comunidades rurales e indígenas que son despojadas de sus territorios. La cuestión central es construir un verdadero proyecto de reemplazo del modo de producción que devenga en una nueva sociedad.

Para muchas personas el socialismo no se entiende como un sistema económico sino como una cuestión de principios (equidad y justicia social) que puede materializarse en distintas formas. Incluso puede ajustarse al capitalismo en forma de desarrollo local en los espacios locales de la estructura de poder formada dentro y sobre la base del sistema capitalista general.

En este contexto, algunos elementos del movimiento de resistencia simplemente están buscando un mayor trozo del pastel. Es más, el hecho de que estos movimientos frecuentemente sean anticapitalistas no necesariamente implica que busquen conservar las relaciones anacrónicas sociales y de producción; tampoco significa que intenten derrocar al sistema capitalista dominante. Simplemente significa que su proyecto consiste en distribuir de manera más equitativa la riqueza y compartirla.

Los procesos del pasado en Latinoamérica (y el mundo) han demostrado que ya no es suficiente la guerrilla, la rebelión espontánea de las masas o el derrocamiento vía presión popular de una élite que inmediatamente es sustituida por otra del mismo corte, o de un corte más progresista pero que se escuda en retóricas nacionalistas, progresistas o populistas. No es mi intención negar taxativamente los avances y logros de ciertos gobiernos, lo que es necesario es una transformación radical del sistema político, económico, educativo y social.

Sin embargo, aunque es saludable, no todo es “desde abajo”. Aunque en ocasiones nos disguste, el Estado sigue siendo, a día de hoy, una institución imprescindible y las transformaciones pasan necesariamente también por ahí. Pero también deben pasar por una búsqueda real de la igualdad en todas sus facetas. Si el Estado es el proyecto de una clase-en esto caso, la capitalista- no puede haber democracia. Si hay ricos cada vez más ricos y hay pobres cada vez más pobres es que algo no funciona. El Estado debería ser la plataforma democrática para la defensa de la igualdad cívica, jurídica y económica donde desaparecen los conflictos de clase. Eso es lo que nos dicen hoy los falsos demócratas, pero no es cierto. Y lo sabemos.

Suena a utopía, suena a comunismo, pero es la única manera. ¿Acaso es que no somos una comunidad? El capitalismo nunca va a ceder ni a regalarnos nada, su currículum de cinco siglos de “progreso” lo confirma. La gestión de los recursos públicos nacionales no debe depender más de organismos financieros hegemónicos o de una minoría de representantes ficticios y escandalosamente corruptos, sino de una verdadera voluntad soberana que proteja los intereses de sus ciudadanos, sean del ámbito social y económico-e incluso racial y de género- que sean. Un problema gravísimo es además la cotidianidad de que los políticos piensen que lo público es suyo y los ciudadanos, por su parte, crean que lo público es gratis. Esa es, precisamente la inercia irresponsable de la corrupción: una cuestión moral.

Otro aspecto clave de una democracia más auténtica es la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones de los gobiernos: es la asignatura pendiente -desde la Antigua Grecia, o sea hace 2.500 años, 25 siglos- para dejar hablar de democracias representativas y dejar paso definitivamente a democracias participativas. Esto claro, a los neoliberales no les gusta y lo tildan de radicalismo, comunismo y cuando hace falta, de terrorismo.

¿Decidimos alguna vez como ciudadanos los niveles de salario y las oportunidades de trabajo? ¿Los gastos, los impuestos y los presupuestos para salud, educación, vivienda o medio ambiente? ¿Las tasas de interés bancario? ¿La recaudación y distribución de la renta extractiva petrolera? ¿Decidimos las intervenciones militares en otros países o los tratados internacionales de comercio? ¿Decidimos los contenidos que estudiamos en la escuela? Rotundamente no. No decidimos la acumulación como patología implacable sino que se debe buscar políticamente la des- acumulación originaria del capitalismo. Tarea titánica, sí, pero necesaria.

Nuevos actores sociales, sí, que no son más que los viejos oprimidos pero con otros atuendos y otra conciencia, se requieren para este nuevo “teatro”: un mundo ecológicamente sustentable y por fin políticamente coherente. Una pista muy clara la ofrecen los neo-zapatistas de Chiapas y su “mandar obedeciendo”. Otra pista, los sectores subalternos indígenas, campesinos y obreros, que convierten la indignación en Buen vivir y desarrollo multidimensional. Las clases medias, fragmentadas y a menudo cómplices del “entreguismo” y la indiferencia hacia lo rural, no pueden seguir en el limbo del consumo como proyecto de existencia. El opio principal de las sociedades ya no es la religión como decía Marx, es el consumo compulsivo y por supuesto, la creciente analfabetización cognitiva. Solo el equilibrio de una convivencia comprensiva inter-clases y una conducta ética gubernamental ya lo justifica como epítome para el cambio.

En este sentido, otra arena fundamental de lucha es el que se juega en el mundo académico y educativo en lo que se refiere a la transformación de las mentalidades sociales. ¿Se va a reducir por sí mismo el patrón de consumo? ¿O el nivel de violencia? ¿O la obsesión por la competitividad? Nunca desde la lógica del “consumismo”. Es una cuestión de ética y sobre todo, de educación. Con un sistema educativo que no sea forzosamente centralizado, ni manipulado ideológicamente, ni alineado con los intereses del poder, ni dependiente de una anacrónica lógica unidimensional de los procesos de enseñanza-aprendizaje, se pueden transformar profundamente las conciencias hacia otro camino. Obviamente esto requiere sacudirse más de 500 años de imperialismo cultural, pero es otro de los escenarios clave que se necesitan como protagonistas del cambio.

Las universidades deben, por su parte, tener un papel mucho más activo y comprometido, ser socialmente “orgánicas” y motivadoras/receptoras de demandas sociales, pero se la quiere encerrar -aún más- en sus cubículos, bibliotecas o en breves espacios de difusión que se diluyen en el océano de la diversidad inmensa que ofrecen las bases de datos o en la abstracción teórica inofensiva.

Un buen ejemplo de lo que puede conseguir la academia en este sentido es la influencia que tuvo la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) en las políticas económicas de los 60 y 70 en Latinoamérica, que coadyuvaron a comprender mejor los procesos productivos latinoamericanos y emprender acciones que buscaron una mayor coherencia en las políticas de estado. Y cuando digo coherencia me refiero a pensar en la gente y no en las insensibles minorías oligárquicas.

Por último, un aspecto positivo de la globalización a considerar para la transformación social son las tecnologías de la información. Las redes sociales pueden ser un gran aliado a la hora de plantearnos la gestión de la toma de decisiones. Ya hay experiencias de iniciativas políticas- por ejemplo en Estados Unidos- que han salido adelante gracias al voto digital en las redes sociales e internet.

Si dos pilares básicos de la democracia son la consulta y la participación, las tecnologías pueden facilitar la expansión de una verdadera cultura democrática, inclusiva y eficaz. ¿Dónde queda si no el impacto de la participación civil si solo queda como protesta en la defensa del territorio o la aspiración creciente digital-virtual de una sociedad más justa que se observa en la sensibilidad expresada en las redes sociales?

Vinculado a esto, otro protagonista esencial en toda la difusión de la protesta social y su impacto en la transformación de ideologías y de acciones son los medios de comunicación. Estos requieren igualmente una gestión desintoxicada de ideologías dominantes que tienen una gran influencia en los hábitos de pensamiento y de conducta propios de la cultura neoliberal y capitalista-como el consumo irracional y la hipertrofia del fetichismo de la mercancía. Con medios de información verdaderamente flexibles y que respeten pulcramente la libertad de expresión es más viable pensar en una realidad plural y democrática. Asimismo, los contenidos televisivos, cinematográficos, teatrales, musicales y culturales en general a los que nos condenan en lo que se supone que es de acceso a la cultura popular es muy mejorable.

Es una tortura ver la televisión abierta y la cartelera artística suele ser muy mediocre porque a la mentalidad neoliberal no le interesa que la masa, la mayoría, piense, se concientice y sea potencialmente subversiva.

…La idea entonces es que no es imposible dignificar la vida de la mayoría de las personas y lograr una justicia social realista que supere las condiciones de mediocridad, corrupción e impunidad endémicas. El “desarrollo” y el “progreso” se deberían entender y encauzar solo en esa dirección. Una verdadera transición del individualismo- egoísmo a la comunalidad empática y solidaria desde abajo y para todos…y entre todos.

Total, soñar y amar es lo único que sí es gratis.

***

*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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