PRIMER BAT – PROGRESO, DESARROLLO Y ESTADO DEL BIENESTAR EN AMÉRICA LATINA

Posted on julio 11, 2017, 11:42 am

ERNESTO RAMÍREZ

Generalmente, la idea de “progreso” se asocia a algún aspecto de la realidad que tiene un comportamiento funcional; es decir: “positivo”. “Vamos progresando”, “progresa adecuadamente”, o “es esencial para el progreso de la sociedad”… son expresiones comunes de nuestra vida cotidiana. Pero esta idea, así como la de “desarrollo”, tiene una génesis histórica localizada concretamente en la dinámica histórica de la cultura occidental. ¿Qué es el desarrollo? ¿Según quién? ¿Qué intereses esconde esta concepción? ¿Desarrollo de qué? ¿Desarrollo para quién?

Para ser más concreto, dicha génesis habría que ubicarla en el contexto socioeconómico que surgió de la Segunda Guerra Mundial, a partir de los intereses hegemónicos, sobre todo, de Estados Unidos; pero baste recordar, como ejemplo temporal anterior, aquella máxima decimonónica de “Orden y progreso” (lema vigente de la bandera nacional de Brasil) de época porfiriana, cuando hipnotizadas las élites del poder por la visión positivista del mundo, se depositaba una fe ciega en el “progreso” encarnado en la mecanización y/o modernización tecnológica de todos los aspectos de la riqueza social.  

La progresión del tiempo es indiscutible. Que las sociedades y los seres humanos en muchos aspectos somos producto de la evolución, también lo es. Lo que es más discutible es si el progreso, entendido desde la cosmovisión occidental como una constante “mejora” que sobre-entiende que lo anterior es “errado” o atrasado, sea el único destino aceptable de las sociedades regidas por la lógica del progreso material, científico y tecnológico.

No podemos despreciar que ha habido, en la evolución de la historia humana, progresos y mejoras sustanciales en el funcionamiento de muchas facetas de la existencia. En este sentido, con el tiempo se fue consolidando en el ámbito económico de corte keynesiano (Keynes) y en el político socialdemócrata europeo, la idea y la búsqueda del llamado Estado del Bienestar.

Esta última concepción –Estado de Bienestar– sería enormemente satisfactoria si se hubiera convertido en una realidad tangible y sobre todo de larga duración tanto en los países considerados “centrales” como en los “periféricos”. Es más, en los segundos, entre los que incluiríamos los países latinoamericanos en su conjunto tradicionalmente asociados a la indigesta noción de Tercer Mundo, aún no se ha logrado una situación socioeconómica generalizada y plena que admita tal categoría. De ahí el por qué aún se les considere periféricos.

Se haya logrado o no la panacea engañosa del Estado del bienestar, el neoliberalismo globalizante sigue promoviendo su destrucción o al menos impidiendo claramente que se avance hacia él, tanto en los principales países europeos que lo lograron en diversas etapas a partir de una convivencia eficaz entre políticas sociales y crecimiento económico, como en los de nuestra región. Cabe señalar además, que los países excomunistas del Este europeo -Rumania, Hungría, Bulgaria, Serbia, Bosnia & Herzegovina, República checa, Eslovaquia, etc.- tampoco han conseguido una situación socioeconómica de “bienestar” bajo el Tratado capitalista de Maastrich (1992) tras de la caída del bloque soviético.

En América Latina, con el arribo de los llamados gobiernos progresistas en la primera década del siglo XXI, la legítima aspiración al Estado del bienestar emerge con intensidad en el sentir de los pueblos, pero al mismo tiempo, algunos sectores de esos pueblos -de arraigo popular o clases medias- en países como Perú, Colombia o México se han sentido profundamente decepcionados (quizá de manera involuntaria influidos por las campañas de derechización de los medios) por las promesas de las retóricas de corte “populista” en el sentido negativo de la expresión.

Sin duda, salvando las distancias geográficas y temporales de cada país, el sector social más afectado por esta retórica ha sido -y es- el de las comunidades indígenas u originarias, pero también, la masa urbana -ocasional o constantemente según el nivel de indignación- ha expresado diversos malestares precisamente por la poca certeza de “bienestares”. Cuando esto ocurre, se atribuye desde el análisis sociopolítico a la traición de los populismos o a la demagogia, ya sean de derecha o de izquierda.

Como ha demostrado la historia, la frontera entre el nacionalismo, el populismo, la demagogia y el totalitarismo es más tenue de lo que uno podría pensar. La cuestión, entonces, apela a considerar que a pesar de la existencia de una cierta voluntad política desde algunos partidos gobernantes que proclaman en nombre del pueblo “el progreso y el desarrollo” en sus programas sociales, en casi todos los países latinoamericanos parece que en la práctica esa máxima no aplica si nos atenemos a la desigualdad crónica y la reducción de la pobreza a números puramente anecdóticos.

No hay que olvidar el hecho tan recurrente de que difundir cifras macroeconómicas de crecimiento que solo entienden los expertos y los organismos internacionales y locales subordinados al capital no significa que exista verdadero desarrollo social y económico. Hay que ser muy prudentes. No es lo mismo el discurso de un tecnócrata que el discurso de un político.

Cuando pensamos cómo se logra una cabal y coherente redistribución social de la riqueza, debemos pensar también que hay intereses corporativos dentro y fuera del poder que están absolutamente en contra de concebir la redistribución de la riqueza como objetivo prioritario de las políticas públicas.

El objetivo histórico de la izquierda siempre debe ser la justicia social, lo cual está radicalmente en contra de toda forma de explotación u opresión. De allí que un gobierno que sea indiferente a esto no puede ser un gobierno de izquierda. Para el sociólogo argentino Atilio Borón, gobiernos de izquierda en América Latina ha habido sólo dos: la Cuba de los Castro y la Venezuela de Chávez. Aunque en ambos países hay fuertes contrastes y los tentáculos del capital los atenazan hoy cada vez más, comparto su opinión. Lo demás son híbridos, camaleones o  simplemente cuentistas.

Salvo que tengamos una gran desorientación, no se pueden confundir las expectativas populares que han despertado gobiernos progresistas como los de Ecuador o Bolivia no ya con los discursos, sino con la conducta concreta de los mismos. La “polarización des-politizante” de la izquierda es y ha sido siempre, uno de los peligros de que todo siga igual.

¿Qué es ser de izquierda en América Latina? ¿El famoso giro a la izquierda que luego gira al centro? No se trata de una pirinola, es la rutina a la que nos condenan, elección tras elección, las clases políticas. Y en ello reside gran parte de la exitosa continuidad monolítica de la derecha, inflexible a la apertura ideológica y por ende, más práctica para la consecución de sus intereses elitistas que perpetúan la desigualdad social, económica y cultural.

Aristóteles -para dejar por un momento de lado a Marx y todo el debate de los siglos XIX y XX- decía que el gobierno democrático era el gobierno de los pobres en defensa de sus intereses -que además, eran la mayoría. Entonces, ¿cuántos gobiernos de esos tenemos hoy en América Latina, gobiernos de pobres que combaten la pobreza y en los que la promoción de los intereses de los pobres y las grandes mayorías sean el objetivo número uno de la política económica?

Cuando lo primero que hace un gobierno al asumir el poder es negociar durante dos meses con el Fondo Monetario Internacional (FMI), estamos frente a un gobierno que, en el sentido estricto de la palabra, no es democrático. Convencionalmente hay elecciones, pero eso no es prueba de nada. Lo que sí es muy importante rescatar de algunos procesos políticos como el boliviano, ecuatoriano o venezolano es, con sus particularidades, la novedad histórica que supone una alianza interclasista que no solo se instala en lo gubernamental y en las instituciones, sino que esa alianza transita hacia un vínculo político de compromiso entre los movimientos sociales que sirvieron de plataforma a los partidos y los partidos que responden desde el poder a las demandas de la sociedad civil. Esta sería una dinámica explicada desde lo “nacional-popular” para la acción congruente hacia una democracia no sólo representativa, sino verdaderamente participativa.

Ahora bien, hay un factor que vendría a mostrar que aún estamos en un momento seminal de la verdadera democracia participativa: el comportamiento de las clases medias, sobre todo urbanizadas, una vez que se establece la alianza entre gobierno y la sociedad civil. Es decir, que se fracturaría el vínculo político-social y las clases medias asumirían una mentalidad básicamente conservadora basada en el consumismo. Ésta es una de las razones por las que no podemos hablar radicalmente de sociedades anticapitalistas.

El capital y el aumento del poder adquisitivo “seduce” a las mayorías y se refuerza una continuidad del sistema desde las clases medias. No obstante, el camino está abierto y los mecanismos para un cambio sustancial en la dinámica del poder se han activado desde el progresismo de izquierda, que desde mi punto de vista, para que se convierta en una realidad debe ser más contundente en aras de evitar un reformismo finalmente moderado procedente de líderes oportunistas vulnerables y complacientes con la corrupción macro-estructural. El ascenso de las derechas en Guatemala, Colombia, Chile, Brasil, Argentina y Venezuela así lo indican.

La vigencia del Consenso de Washington (neoliberal) en América Latina parecería que está en extinción, pero las tensiones continúan. La firma del Tratado Transpacífico (TTP) lo confirma y la búsqueda de un nuevo acuerdo neoliberal de libre comercio entre Estados Unidos y Europa (TTIP) también.

Los Estados-Nación, y menos sus ciudadanos, no pueden posicionarse claramente en dirección a una salida de estos acuerdos que son auspiciados desde Washington y aunque lo hagan, a pesar de los discursos proto-nacionales progresistas y las resistencias civiles a esos acuerdos son desoídas e ignoradas. Baste recordar por ejemplo la labor diplomática de Rafael Correa en el Parlamento Europeo respecto a su propuesta del Buen Vivir en el asunto de la Amazonía ecuatoriana: a los parlamentarios les encanta la idea, como abstracción, pero al Banco Central y al FMI no creo que les agrade.

En América Latina hay polarización ideológica entre tendencias, sí, pero el sistema financiero internacional que se rige bajo los esquemas del beneficio de unos cuantos a toda costa sigue intacto y al parecer blindado contra las demandas de la ciudadanía global. ¿Alguna vez escuchan las élites financieras en sus reuniones G20 o en los Foros de Davos las voces anti-sistémicas que claman en las calles desde hace dos décadas? Esto me lleva a pensar que todavía no se vislumbra claramente un modelo pos-neoliberal de desarrollo y sí un nuevo imperialismo del siglo XXI. Con algunas fracturas, pero imperialismo en definitiva.

¿Cómo lograr la verdadera democracia basada en una participación real de la sociedad en la toma de decisiones políticas y en la toma de decisiones macro y micro económicas? ¿Cómo lograr superar la dependencia de las economías latinoamericanas respecto a las inversiones extranjeras directas (IED) y las exportaciones petroleras como palancas fundamentales y prioritarias de desarrollo? ¿Se puede transformar la gestión de la economía sin la injerencia del capital trasnacional? ¿Se respeta la soberanía nacional? ¿El Estado global puede convivir con el estado nacional sin que este se convierta en un cómplice de las Empresas Socialmente Responsables que no cumple con las expectativas del interés general de los países? ¿Cómo superar las imposiciones y restricciones del FMI respecto al ingreso y egreso permanente que tienen que ver con las partidas presupuestarias públicas y privadas destinadas al gasto social?

La estrategia comienza por repensar el desarrollo mediante un papel renovado del Estado en el robustecimiento del mercado interno, la reducción de las importaciones, la dinamización de la agricultura, la mejora de la distribución del ingreso, la aplicación de una reforma educativa integral y la industrialización nacional para que las exportaciones tengan más valor agregado. Todo ello en un proceso deliberado y planificado a largo plazo en base a la concertación de intereses entre las fuerzas políticas, los sectores sociales y los sectores productivos. Hay que desmitificar de una vez por todas el “crecimiento hacia afuera”.

Progreso, desarrollo, estado del bienestar… son conceptos vacíos si no se diseñan y -sobre todo- aplican bajo la óptica humanizadora de la ética y una concepción política de la justicia -en su sentido más amplio- verdaderamente democrática. En el siguiente artículo reflexionaré sobre más alternativas posibles de cambio en este sentido.

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*  Ernesto Ramírez Vicente. Ernesto Ramírez Vicente nació en Madrid, España, en 1973. Es licenciado en Geografía e Historia con especialidad en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha sido profesor de Historia del Cine y del Arte en su tierra natal a fines de los 90 y desde 2008, de Ciencias Sociales, Prehistoria, Historia Universal, Historia de España, Historia del arte, Cine, Sociología y Metodología de la investigación en México a nivel universitario…

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