La Merced, mercado de ciencia y magia

Staff/GC
Posted on marzo 09, 2019, 3:45 am
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Apenas asoman los primeros rayos del sol y en el barrio de La Merced el ir y venir de la gente es ya una constante. Por todas las calles que confluyen hacia el popular mercado de Anillo de Circunvalación en pleno centro de la Ciudad de México, mujeres y hombres de todas las edades conviven e interactúan con el lenguaje del comercio y la salud.  Ni la prostitución en las zonas aledañas, la proliferación del comercio informal, la delincuencia o los accidentes han conseguido acabar con su gran mercado, que más de medio siglo después de su construcción conserva la magia de sus colores y sabores en una de las zonas más activas del comercio de la capital mexicana.

En La Merced hay ruido y vida que emanan de los productos del campo mexicano, que pueden conseguirse a un precio mucho más bajo que en las tiendas comerciales.

La albahaca, demostró tener más propiedades medicinales. Foto: GC

Pero hay algo más. Aquí, los “marchantes” son viejos sabios que en su afán por vender comparten sus conocimientos sobre las propiedades mágicas de hierbas y plantas. La congorosa, se muestra aterciopelada y casi blanca. La vendedora, nos dice que es un remedio mágico contra la acidez estomacal y la gastritis, casi tan efectiva como la acelga o el quelite.

En enormes pilas redondas, se acomodan los nopales, en todos los tamaños. La gente sabe que son un buen alimento para prevenir la diabetes y por algo los compra. Conforme se introduce uno hacia el interior del mercado, la apariencia de las hojas verdes se diversifica en nombres con su propio remedio: la hierbabuena favorece las digestiones lentas, las inflamaciones del hígado y vesícula; el escancel cuyas rojas y ramas se aplican para combatir enfermedades de los pulmones, resfriados y neumonía y por último la congoja para calmar dolor de oído, úlceras sangrantes y heridas de la flora intestinal y de la garganta.

Y como ellas, están la cancerina, para problemas gastrointestinales, úlceras en el  estómago, gastroenteritis; tiene efectos antiinflamatorios y bactericidas; el abedul que alivia las molestias en las manos por la atritis; la pingüica que se usa para curar enfermedades de los riñones, o la ruda, que no solo alivia las molestias de la gripa, que también puede ayudar a las mujeres con su ciclo menstrual. Cualquier cantidad de hierbas con nombres y formas extrañas, no son precisamente para brujería sino más bien para preparar tés o remedios medicinales, algunos de ellos quitan desde el acné hasta el cáncer.

En  los pasillos del mercado es muy común encontrar curanderos, chamanes, brujos y adivinos ofreciendo sus servicios entre los que se encuentran la lectura de cartas o de cigarro o las populares “limpias”, procedimiento que asegura despojar al cuerpo de la energía negativa a partir del contacto con ramos de diferentes hierbas, huevos y animales.

En el corazón del mercado, un altar confiesa las devociones originales: la Virgen de la Merced, una Guadalupe y una Inmaculada, un Cristo crucificado, una Santísima Trinidad y dos Niños Cieguitos, con las cuencas de los ojos vacías y escurriendo sangre. Estas imágenes ven desfilar diariamente a otras que a veces les arrebatan la veneración, a veces la comparten, pues la fe no suele reconocer fidelidades.

El esoterismo, es toda una experiencia en La Merced. Foto: / GC

La actividad comercial de la Merced es ensordecedora al filo del mediodía. El bullicio es cada vez mayor y confunde a quienes poco la visitan, aunque su tradición se remonte a decenas de años. En este mismo lugar, existió un terreno en donde tradicionalmente ya se concentraba el comercio, puesto que hasta allí llegaban los antiguos canales o acequias por los que llegaban los comerciantes.

Con el paso de los años, los mercados del centro como el del Parián en el Zócalo o el antiguo de La Merced se colapsaron y los comerciantes fueron desplazados de esta zona, en la que se acabó construyendo este centro que toma el nombre del cercano convento de Nuestra Señora de la Merced.

Al caer la tarde, la actividad disminuye; los comerciantes cubren con sábanas blancas sus puestos y acumulan los productos de nuevo en enormes bodegas para resguardar la salud, la esperanza y la fe ciega que los consumidores profesan a este gran mercado y sus productos.

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