“Dios, aliado nuestro, no del virus”

Staff/GC
Posted on abril 10, 2020, 8:11 pm

Imágen del Papa Francisco durante la misa de Viernes Santo en la Basílica de San Pedro. Foto: Andrew Medichini, Pool

La tarde del Viernes Santo, día en el que la Iglesia católica recuerda la crucifixión y la muerte de Jesús, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión de Cristo en una Basílica de San Pedro vacía, sin la presencia física de los fieles a causa de la pandemia del coronavirus que ha forzado el aislamiento de millones de personas en todo el mundo.

El encargado de pronunciar la homilía fue el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia. A continuación, compartimos el texto integral.

Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia,

“San Gregorio Magno decía que la Sagrada Escritura del Evangelio expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da”

La prensa vaticana destacó este relato que refiere al “mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra, el del Coronavirus. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos. Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» . La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna!

Asimismo, el padre Raniero hizo hincapié en que Jesús murió por todos y no solo por los que tienen fe, con lo cual el plan de Salvación de Dios fue pensado para toda la humanidad, sin excluir a nadie.

En alusión al actual contexto de sufrimiento e incertidumbre que viven millones de personas en todo el mundo, recluidas en sus hogares cumpliendo con la cuarentena para evitar que se siga extendiendo el Coronavirus, el predicador de la Casa Pontificia lanza una pregunta: ¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad?

“También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No solo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que solo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia”.

Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. El hombre en la prosperidad no comprende, es como los animales que perecen. ¡Qué gran verdad!

Igualmente, en su homilía, el padre Raniero puntualizó que en medio de esta pandemia, “¡Dios es aliado nuestro, no del virus!”… «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice Él mismo en la Biblia.

“El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios sufre, como cada padre y cada madre. Un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra Él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

“¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» . Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado”

Al concluir, el Padre Raniero, recurriendo a la exhortación del Santo Padre Francisco, recordó que no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.

“Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga, un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad”, concluyó.

Más tarde, en una plaza vacía de San Pedro, Francisco iba a presidir una procesión nocturna para rendir homenaje al sufrimiento de Jesús. Normalmente, miles de peregrinos y romanos habrían acudido en masa al Coliseo de Roma para presenciar la procesión del Camino de la Cruz, iluminada por antorchas y presidida por Francisco, pero eso fue cancelado debido a la pandemia y se mudó a la vasta plaza del Vaticano.

Durante el servicio en la basílica se ofrecieron oraciones por aquellos que contrajeron o sucumbieron al virus, así como por el personal de atención médica que atiende a los enfermos.

El canto de un pequeño grupo de clérigos al interior de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén se escuchaba tenuemente a través de las pesadas puertas de madera, mientras algunas pocas personas se detuvieron y arrodillaron afuera para orar. La iglesia centenaria, construida en donde los cristianos creen que Jesús fue crucificado, enterrado y resucitó de la muerte, suele estar atiborrada de peregrinos y turistas.

Después, tres monjes en sotanas marrones y mascarillas quirúrgicas azules oraron en las estaciones de la cruz a lo largo de la Vía Dolorosa, la antigua ruta a través de la Ciudad Vieja en donde se cree que Jesús cargó la cruz antes de que lo ejecutaran los romanos. Bordea una decena de tiendas, cafés, restaurantes y hoteles, prácticamente todos cerrados.